Las flores del jardĂn y los rosarios de la casa
Las flores del jardĂn siempre supieron mĂĄs de Dios que yo.
CrecĂan en silencio, sin preguntarse si merecĂan el sol.
Yo, en cambio, dentro de la casa,
contaba los misterios del rosario
como quien intenta ordenar el corazĂłn
con cuentas pequeñas entre los dedos.
como si cada cuenta pudiera convencer a Dios
de no soltarme.
Afuera, las flores abrĂan sus pĂ©talos sin miedo.
Adentro, yo abrĂa mis dudas.
Ellas rezaban con perfume.
Yo rezaba con palabras.
Y sin embargo, habĂa algo igual en ambas:
la esperanza callada
de que alguien, en algĂșn lugar del cielo,
estuviera escuchando.
Porque hay dĂas en que la fe se parece mĂĄs a un jardĂn:
crece lento,
se riega con lĂĄgrimas,
y aun asĂ⊠florece.


















