A callar.
Solo vengo a este espacio a escribir lo que mi mente habla, con la esperanza de que baje la voz.
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A callar.
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Paradoja
En un mundo de "razonamiento", mi paradoja eres tú, que me hiciste perder la razón para amarte con locura.
Amarte no duele
Así es. Hoy no duele. Después de pasar mareas de dolor, esta vez se siente diferente.
No me malentiendas, pues te amo de verdad. Aunque aún tengo heridas que sanar, no me siento enloquecida, al borde de la desesperación, no me siento ansiosa ni alerta por tu amor.
Es un amor en paz, acompañado de calma, como si todo mi mundo hubiera estado flotando en el espacio y tú trajeras la gravedad de nuevo, esa que asienta el desorden y acalla los susurros incesantes de una mente perturbada.
Hoy mi herida dejó de sangrar, sigue abierta, pero se detuvo el pálpito, suena a que pronto quedará solo una cicatriz y un mal recuerdo.
Ahora ya no me atormenta el pasado, ni me asusta el futuro, aunque todavía sea incierto, lo cierto, es que me emociona verte en el.
Aún con heridas viejas, se siente bien, este amor que me apacigua y me trae tranquilidad, llegó en esta forma en el momento preciso, aunque yo me hubiera resistido en un inicio, estaba listo para mí. Para nosotros.
Y si tuviera que elegir un momento que corone mi 2025, elegiría el momento en el que te conocí.
Beso.
Si tuviera un último deseo, desearía darte un último beso.
Porque con ese beso volvería a la vida, al menos por un momento.
Volvería a sentir dicha, aunque la muerte me tenga en la mira.
Volvería a latir mi corazón, aunque me encuentre en agonía.
Estaría gloriosa de besarte en mi lecho, rodeada de rosas en mis aposentos.
Abrazaría a la muerte al final del cuento, le susurraría al oído que ni muerta apagaría lo que siento.
Y así, con lágrimas sonriendo, me despediría de la vida mientras respiro tu aliento.
Presente.
Quizás el aroma que emanaba su cabello ya no puede volver; con el tiempo se van disipando esos recuerdos, aunque fervientemente se aferre uno a ellos como quien pretende no caer a un barranco. Rascando cada rastro palpable en la memoria. El sonido de su risa, el timbre de su voz, la calidez de su abrazo y hasta la suavidad de sus manos.
Todo eso está presente, como si también se aferrara a quedarse, a permanecer aquí, aunque desgarre por dentro. Están tan presentes los inevitables recuerdos que hasta cuesta creer que de verdad ya no están más.
Aunque el corazón se empeñe a permanecer latiendo, una parte lentamente muere. Se apaga, así como se apagó el brillo de sus ojos, así como se fue el color de su piel y su cabello. Hasta que esta ausencia aplasta, sofoca.
Quisiera que ayer fuera el presente, tan solo por unos segundos siquiera, para recargar mi mente de su aroma, de su risa, de su brillo. Esos que, a pesar de ya no estar más, siguen más presentes que nunca.

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Cuando ni la sangre ni el amor son suficientes, ¿Qué me queda?
Resplandor
Quisiera borrar las huellas de ese pasado que ya no existe, pero aún duele.
Quisiera no haberlo vivido, para hoy no sentirlo.
Quisiera despertar un día antes al día que te conocí, y quedarme ahí.
Quisiera jamás haberte encontrado, ni en esta, ni en otras vidas.
Lo que queda
Muchos días fuimos, estuvimos. No sé cuántos, perdí la cuenta, dejé de contar cuando comencé a sentir. Ahora me pasa, que cuento los días esperando que deje de doler.
Este hartazgo es denso, casi tanto como lo es mi pesar; me la paso las horas que inventamos en pensar, en cuestionar, en lamentar. Al final, no hay respuestas, solo más ansias de parar, de llegar, pero, ¿A dónde? ¿De verdad será que me espera algo chingón? Ya ni sé, no me quedan tantos ánimos para ser optimista.
La única certeza que tengo hoy, es que cala. Muy adentro algo arde, todo el tiempo hay una llama que no cesa, que sigue quemando incluso las cenizas. Todo quema dentro de mí y nadie se alerta, ya ni siquiera yo.
Y todo eso que fuimos, ya no es más. Todo que lo que sentí seguro, jamás lo fue. Ni siquiera la sangre es tan fuerte, ni siquiera el amor lo es. ¿A qué me aferro? ¿Quién me espera? ¿Qué me espera?
Perra vida sin propósito, pero sí con un chingo de dolor. Me quiero convencer a mi misma de que hay algo más, que debe valer la pena, me fuerzo a tratar de ver lo positivo en todo, pero cada vez que intento visualizar mi futuro, se ve más y más oscuro, lo veo menos lejos. Me siento cada vez más pinche vacía por dentro. ¿Qué me queda?
Abrazar a la nada
Este vacío regresó. Fuerte, el cabrón.
Ahora me obligo a ocupar espacios de tiempo con cosas que "me hacen sentir bien", con trabajo y más trabajo, aunque sé que, de entrada, no cuento con nadie. Nadie me espera al regresar a casa. Casi nunca hay nadie que me abra los brazos cuando me siento podrida por dentro. O sea, casi siempre.
Nadie con un interés genuino de compartir intimidad conmigo. Nadie con quien llorar, ya ni siquiera reír.
Así pasan las horas, los días. Y extrañar se volvió mi nuevo talento, extrañar la compañía que se sentía auténtica, aunque al final terminó siendo efímera.
Ningún apetito llena esta hambre, ningún llamado es suficiente, ningún abrazo me espera. Y en esperar se me va la vida, solo en esperar de nuevo la terapia, para sentir que alguien de verdad me escucha. Aunque al final del día, tenga que abrazar a la nada.
Mis melodías
Este cantar muchas veces se escucha triste. Es una melodía sobria que se siente vacía y otras ocasiones se siente muy cargada de emociones, saturada. Muy intensa.
Así suena mi soundtrack, cada día. Con matices drásticos, a veces con solos de guitarra que hacen estremecer; otras con notas de piano que sumergen; a veces a capela, que desgarra.
Puedo ver en tus ojos que no te cuadra mi sonata, que te parece ajena, turbia y desgastante, te desorienta y te da escalofríos de vez en cuando. Y sí lo es. Puedo ver en tu mirada desencajada que solo escuchas ruido, en dónde yo logro escuchar música. Mi música. Mis melodías.

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Espectro universal
Desde que era una niña me ha gustado mirar el cielo de noche. Esa sensación de profundidad y de inmensidad me llevaba a viajar lejos con mi mente, saltando de constelación en constelación. Navegar en la majestuosidad del espacio ha sido de mis cosas favoritas desde que medio comprendí que estamos flotando en un punto minúsculo de color azul. Esto, en muchas ocasiones, me ha dado perspectiva sobre mis propios problemas y hasta he encontrado la paz al salir del planeta mentalmente.
Me gusta pensar que hay otras realidades sucediendo en otros planos, en otros universos. Me gusta imaginar que hay más versiones de mí misma haciendo cosas totalmente diferentes, pensando cada una a su manera; también, que en esas otras vidas, aún viven personas que en este plano ya no, me reconforta pensar que en alguna de esas "verdades" aún puedo abrazarles.
Bajo este espectro de realidades alternas, también me gusta pensar que no existe tiempo ni espacio, quiero creer que puedo tener algún tipo de contacto con mis versiones de este mismo plano, pero en diferentes tiempos. Me gusta hablar con mi yo del pasado y mi yo del futuro.
Me parece gratificante pensar, que si esta noche salgo a mirar las estrellas, de alguna forma podré conectarme con mi versión niña que está mirando las estrellas fascinada en alguna de esas tantas noches del pasado. Le diría que sí puede, que sí seguimos siendo así, que tenemos las mismas metas y deseos que ella, que ese carisma sigue aquí, pero que nada ha sido tan sencillo.
Al mismo tiempo, tengo la sensación de que ella puede sentirme y también me habla de regreso, pidiéndome intensamente que no lo haga, que no acabe con nuestra vida.
Ayer
Cayó la noche. Una vez tras otra, durante casi 11,000 días. Imposible recordar cada uno de ellos.
Pero lo que sí logro recordar, es la sensación de esperanza e incluso de emoción, esas ganas locas por vivir intensamente y experimentarlo todo. Recuerdo bien como rugia mi alma por el hambre de comerme al mundo. Todo era nuevo, todo era asombroso y todo tenía propósito. Tenía un porqué. Tenía sentido.
Mis ansias por ser autónoma y ejercer mi libertad, me calcomían cada día, haciendo que ideara un plan sobre otro y tomara cada oportunidad que se me presentara, ese ferviente deseo me empujaba a entrar en cada puerta que me era abierta.
"Antes todo era mejor" una frase tan usada que me incita a rascar en el pasado para rescatar las cosas que de verdad lo hacían mejor. Esas mañanas sin prisas ni preocupaciones, saboreando el desayuno casero en compañía de la familia, las travesuras de hermanos que hacían enojar a mamá pero que al final la hacían reír con nosotros, la búsqueda constante de una identidad propia, los hits del momento, los comerciales de TV, ir al cine con papá era tan emocionante, la sensación de las vísperas decembrinas, el despertar en la mañana de navidad... Definitivamente, sí era mejor.
Al mismo tiempo que pasaba cada día, mi reflejo cambiaba, mi ceño se fruncía y mi palpitar desaceleraba. Es cierto, el tiempo apremia y si bien no lo cura todo, de verdad hace que todo pase.
Más temprano que tarde, llegó una experiencia detrás de la otra y de repente, ya había vivido más de lo que había podido imaginar. Todos esos planes y expectativas no estuvieron ni cerca de la verdad. Dejando atrás esas ganas inquebrantables de vivir. Ahora queda la nostálgica sonrisa del pasado, esa que surge inevitable al mirar ayer.
Violencia al corazón
De los golpes que me has dado, vida, ¿Cuáles te han gustado más? ¿Esos dónde tiras con el puño y escondes la mano? ¿O quizás esos directos con frialdad y hasta frivolidad?
Sea cuál sea tu favorito, yo llevo todos ellos impregnados en mi ser, como cicatrices que forman un memorial. Un álbum de recuerdos violentos.
A veces, me quiero convencer de que ya no me tomarás por sorpresa, pero siempre encuentras la manera. Tú siempre ganas, ¿No es cierto? Sabes cómo golpear, sin tocarme. Sabes cómo golpearme el alma.
Después de tanto resistir tus agresiones, voy por la vida entumida. Aprendí a poner la otra mejilla cuando me das una bofetada. Si de todas formas me vas a volver a dañar, ya que más da si me opongo.
Este juego de resistencia en el que estoy inmersa sin haber sido voluntaria, cada vez aumenta de nivel, ¿Quieres saber hasta donde puedo soportar?
Bueno, entonces, veamos.
Ojalá te quedes.
A pesar de lo difícil que puede ser lidiar conmigo a veces, y lo lastimoso de mi situación.
Ojalá elijas estar, acompañarme aunque no digamos nada, pues en ocasiones, el silencio habla por si solo.
Espero que jamás me falte tu abrazo, ese que me das al menos a la distancia, pero que igual se siente de corazón. Real.
No quiero que hagas nada por mí, no quiero que intentes sanar o cargar algo que no te corresponde, no lo mereces. Tampoco quiero salpicarte de mi mierda. No es justo.
Yo solo quiero sentir que estás aquí. Es todo. Pero si un día, te rebasa esta situación y elijes marcharte, lo entenderé y no voy intentar detenerte, pues no te forzaré a lidiar conmigo.
Tienes la plena libertad de irte cuando quieras, pero desde el fondo de mi alma, siempre te susurraré: ojalá te quedes.
Herida que no sangra
Dejó de sangrar hace tiempo. Dejó de ser "escandalosa". Sin embargo, yo que aún la tengo palpitante en mi alma, sé que no ha sanado.
Esta herida siempre está abierta, y cualquier pequeño toque la hace doler como si se volviera a engendrar. Jamás deja de doler, más bien me acostumbré al dolor, hasta podría decir que ahora puedo tomarle un poco de gusto, pero eso no me ha vuelto inmune, porque en efecto, aún duele la hija de puta. Y duele mucho.
¿,Y cómo es que sanará, si siempre existe algo que la lastima más? Siempre hay algo que mantiene el dedo en la yaga, haciéndola incurable. Está bien, ya sé cómo es tener esta herida, pues la he tenido por años. Sé que pueden pasar muchos años más y seguirá viva. Ya simpaticé con la idea.
No importa si estoy sola o acompañada; no se trata de eso, pues nadie puede sanarla. Ni siquiera yo. Aprendí a vivir con ese dolor y ahora comprendo que está bien. No me va a matar este dolor.
Aprendí a sonreír encima de este malestar, es muy diferente a sanar. Y está bien, ya no me acongoja esta pena, solo me acompaña. Es mi compañera, podría decir, de vida. Y está bien.
Esta compañera disfruta ver de lejos el disfrute de otros, sabiendo que jamás podrá disfrutar así. Y está bien. Ya hice las paces con la idea. Con la realidad. Mi realidad.
Aunque el sol salga en el cielo de otros, mientras aquí siempre llueve, se sigue en pie. No por fuerte, ni mucho menos por valiente, sino por costumbre, esa que se acomoda en la oscuridad cuando menos lo imaginas.
Soy experta en mantener esta herida abierta, ya no me flagela, ya no me ensordece, solo me sacude de vez en cuando, pero sin sorpresa. Espero nada de nadie, espero nada de mí.
Sí, estoy mal. Pero, ¿Y qué? Si de todas formas, no conozco otra forma de vivir: sola, desolada y herida, pero sin sangrar.

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Verte de lejos
Prefiero no tenerte.
Si el deseo de estar contigo me gana hasta las ansias, si dejo de dormir esperando soñarte, si cada momento de mi día deja de ser mío... mejor no. Prefiero no tenerte.
Porque en el andar, es fácil perder el control de lo que se disfruta y se aprecia. Existe una línea tan delgada entre amar y poseer, hasta que esa posesión se vuelve un tormento, un fastidio y un error. Atesorar se volvió fácil, y más fácilmente se ha confundido con amar; de pronto, todos nos convertimos en piratas que resguardan ágilmente sus más preciados tesoros.
Comenzamos a poseer sin darnos cuenta, a pretender que algo o alguien nos pertenece, cuando, en muchos casos, ni siquiera dominamos lo que pasa con nosotros mismos. Ese deseo de control, de poder... es una dosis de autoenvenenamiento, hasta que dejamos de ser cuerdos y comienza la locura, la paranoia y el terrible temor de perder aquello que consideramos "nuestro".
En primera instancia, el miedo de perder, podría no existir al no poseer nada, dejando que todo sea por si mismo sin ejercer ningún tipo de nombramiento de propiedad. Que vida tan pesada para quienes van recolectando cosas o personas, la carga se vuelve cada vez más grande e insostenible.
El dolor de la pérdida es proporcional al que tan adjudicados nos sentimos de la pertenencia de lo perdido. Por eso, prefiero evitar dolores, elijo ya no perder nada ni a nadie, si el precio es perderme a mi misma, prefiero no tener nada.
Por eso, prefiero no tenerte. Prefiero verte de lejos y aprender a gozar cada momento de tu apabullante compañía, sin poseerte, sin buscarte, dejando que el momento llegue solo, para que, cuando solo se vaya, no perderte.
Relatos de una mente perturbada Vol. II
La cama comenzó a quedarme grande. Era solo un efecto del vacío que sentía por dentro. Sola ahí, vagando con mis pensamientos en un sin fin de preguntas, interminables como mis ganas de ya no estar.
¿Qué será hoy?, ¿Música, series, podcast?, ¿Con qué intentaré rellenar el silencio de mi soledad? Me preguntaba, prácticamente todos los días. Me resultaba ensordecedor aquel silencio, no soportaba la persistencia de mis propios pensamientos. Las mismas voces que viven en mí, me aturdían, dejándome sin métodos para silenciarlas, solo algo externo lograba bajarles un poco el volumen, más nunca se callaban.
Los días se me iban en cuestionarme y reprocharme a mí misma, en sobre pensar. Cualquier asomo de lejanía de alguien de mi alrededor, ya me sonaba a culpa. Volviéndome a ese torbellino de dudas y autoseñalamientos. Tomaba el teléfono, revisaba mensajes, pero nada. El último mensaje siempre era el mío, el que me dejaba en espera de una respuesta que tardaba horas en llegar, a veces días. Ese lapso de tiempo se volvía eterno para mí, y dejaba la puerta abierta de par en par para que mi mente volara hacia la misma incertidumbre de siempre...
Ya no quiere hablar conmigo. Se aburrió de mí. Seguro piensa que soy estúpida. Quizá tiene charlas más interesantes con otras personas que le generan mayor emoción. Se olvidó de mí. ¿Porqué escribiste eso? Te estás viendo demasiado intensa, ¿Ves? Es tu culpa.
Luego, esos mismos reproches escalaban a pensamientos e ideas más turbios.
Ni siquiera tiene caso que lo intentes, perdiste. Nadie nota tu ausencia. A nadie le interesas realmente. No haces falta. Solo causas molestias e incomodidades. No eres tan interesante, ni tan importante. Eres tan ridícula y patética. No tiene caso que sigas aquí. El mundo estaría mejor sin ti.
Interminables días, con esos incansables pensamientos. Solo por unos cuantos mensajes de texto, una palabra o un gesto. ¿Cuándo se volvió tan complicado e hiriente andar por la vida?, ¿Cuándo se volverá "fácil" de nuevo?