«Todo parece indicar que suceda así, pues que la deducción, como es sabido, parte de un juicio universal para llegar a uno singular; de lo abstracto, pues, a lo concreto, de lo que se presenta como verdad de razón a algo vivo envuelto en lo concreto, de lo que se presenta como verdad de razón a algo vivo envuelto en lo universal sometido a ello, confinado haciéndonos sentir y saber que este algo, concreto y viviente, no podrá nunca trascender esta envoltura abstracta que lo sostiene ciertamente y lo envuelve. Tal como si lo concreto y viviente no pudiese mantenerse por sí mismo, no encontrar en sí mismo, en lo que él es, reposo y razón de ser. Al partir, en el ejemplo clásico de las Escuelas, de que “Todos los hombres son mortales” para concluir que Sócrates lo es —uno más como todos— ¿no se rebaja en cierto modo, o no se le borra a la hora de su muerte que en este caso —infeliz ejemplo— es bien suya, nítidamente señaladora de su distinción como individuo? Todos los hombres mueren y Sócrates por ende también, más no todos mueren como Sócrates. Y entonces se dibuja una cierta incompatibilida de ánimo para aceptar tamaña verdad, obtenida de esta deductiva manera, y se insinúa en el ánimo del estudiante la necesidad de una reparación, de una operación de la mente que extraíga a Sócrates de la verdad común, de un tiempo, pues que la reparación comienza siempre con un detenerse del ánimo y del pensamiento entregado a su morir, mínima ofrenda, y de con un percibir con los sentidos interiores antes de formularse juicio alguno que la envuelva, el latir de su muerte, la vida de su morir, la indicación de la flecha que nos envía a través de los tiempos históricos.»
María Zambrano: Claros del bosque. Ediciones Cátedra, págs. 151-152. Madrid, 2025.
TGO
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