Tomó asiento en uno de los tantos bancos que estaban repartidos por los interminables pasillos de Hogwarts con una caja de chocolate en su falda. A pesar de estar decorada con motivos de San Valentín, la joven bruja se la había comprado a sí misma como premio por haber terminado una larga pila de deberes. Comenzó a devorarlos con avidez y pudo sentir la presencia de alguien que tomaba asiento a tu lado—. No voy a convidarte nada —anticipó, sin quitar la vista de aquellos deliciosos manjares.
















