"Los fantasmas fueron creados cuando el primer hombre se despertó en medio de la noche."
— J.M. Barrie.
— Hay que ser idiota, idiota con todas las letras — se quejaba la copiloto con impaciencia.
— Ya, ya, no te esponjes, una avería así no es algo que se pudiese haber previsto y tampoco prevenido, culpa a tu viejo, esta cosa bien podría haber llevado a George Washington a la batalla de Yorktown — respondió la chica que tenía la cabeza bajo el capó, algo de aceite había salpicado sus mejillas y le daba aires de tener todo bajo control pese a no tener idea de lo que hacía.
— ¿Eres tonta? No había coches en 1775 — rió el rubio teñido desde el interior del vehículo, asomando la cabeza por la ventana.
— Tú deja de reírte, ¿ya llamaste a una grúa? — preguntó la primera mientras dejaba a su pareja explorar las metálicas entrañas de su transporte. Baco miró la brillante pantalla de su teléfono, sin embargo las rayas en la esquina superior derecha que las comunicaba con el mundo seguían vacías. Negó, evidenciando su resignio mediante un suspiro.
— Aún no hay señal... — el sonido del capó interrumpió sus lamentos.
— Pues menuda gracia, ya solo falta que nos atraque un oso.
— Aquí no hay osos — corrigió al apagar el móvil.
— No tientes a la suerte, ¿no te ha dicho tu mami que es caprichosa? — le respondió la aceitosa novia de su amiga.
Resignados a su "caprichosa suerte", el trío ocupó su respectivo lugar en el vehículo; Lía y Mérida, la pareja que celebraba su tercer aniversario e invitaba al viaje, se sentaban en los asientos de piloto y copiloto respectivamente, una con la cabeza sobre el regazo de la otra para ser consolada por los mágicos dedos que se perdían en su esponjosa cabellera, tan simple método era capaz de calmar los nervios en ambas direcciones, por otro lado el solitario "violinista" lidiaba con su aburrimiento según sus propios métodos; un juego en el llavero de su mochila para el que aún no lograba encontrar solución. Horas más tarde la iluminación a sus espaldas, heraldo de gloria, les hizo girar la cabeza en dirección al vehículo que se aproximaba. Rápidamente sacaron los brazos mientras otra salía torpemente a detener el vehículo.
— ¡Lía, joder! ¡Pensará que lo quieres asaltar! — le chilló la copiloto.
— ¿¡Quién carajo asalta en una carretera perdida en la nada!? ¡Por aquí no pasa ni Dios! ¡Hey! ¡¡Hey!! — la crespa agitaba sus manos en el aire frenéticamente, forzando al camionero a detener el vehículo. La confusión en su rostro se hacía evidente, pero tan pronto explicaron la situación el caballero se mostró comprensivo, les explicó que lo máximo que podía hacer por ellos era desviarse un par de kilómetros de su ruta y llevarles a un motel hasta que alguien pudiese ir a ayudarlos. Dicho y hecho abandonaron el vehículo y llevaron consigo lo indispensable, y pasada media hora de trayecto el conductor les agitaba las manos de vuelta, no en una llamada de auxilio, sino una despedida.
El lugar no era ninguna maravilla, poco más de lo que podía esperarse de un lugar desolado pero necesario. Mientras la pareja pedía dos habitaciones la tercera pata terminaba la llamada con la grúa, finalmente, después de tan extenuante incidente, pudieron ir a sus respectivas habitaciones.
— Por fin... — suspiró el chico al tirarse sobre la cama, Lía y Mérida se miraron, no muy seguras de cómo decirle que no era esa su habitación. Mérida tomó la llave de la habitación individual que habían pedido y la tiró junto al individuo sobrante. Baco.
— No creas que dormiremos juntos en nuestro aniversario — le sonrió apremiante, levantando las cejas.
— Tres son multitud — una sonrisa ladina advirtió de los planes nocturnos de la pareja mientras Lía tomaba de la cintura a su novia. Exhausto como para maquinar cualquier broma de rebote, el menor de los tres tardó un poco en captar la indirecta, levantándose de la cama tomó la llave y caminando hacia la salida con su mochila colgando del hombro se detuvo bajo el marco de la puerta, repentinamente preocupado por su suerte, se volvió al mismo tiempo que formulaba la pregunta.
— ¿Me habéis reservado la habitación junto a la vues-?
— ¡No! — lo interrumpieron al unísono, echándolo de un portazo al pasillo que daba al cutre patio exterior. Allí se detuvo brevemente. El agua de la piscina se reflejaba en su rostro, ondeante, mientras la música subía de volumen en la habitación a sus espaldas. Bajó la cabeza lo suficiente como para encontrar con los ojos la llave que sostenía en la palma de su zurda. "402". En un último intento por despabilarse empezó a jugar con el aro del llavero, tarareando la canción de camino a su no muy acogedora pero definitivamente habitable habitación de motel.
— And all the ways I've been torn, stripped my heart to the core, all of my feeears combined walking the thiiiinnest of lineeees~♪hm hm-hm hm...
Ya en su habitación cerró la puerta, dejó la mochila sin cuidado y tomó el mando de la televisión que había sobre la mesita de noche casi al mismo tiempo que se tiraba a la cama, desde donde empezó a hacer zapping. Los canales variaban, entre películas antiguas y modernas, series de niños, de no tan niños y del punto intermedio y uno que otro anuncio, nada interesante, nada que llamase su atención hasta detectar el curioso patrón. La misma entrevista repetida en más de dos canales y cuya transmisión infectaba a los adyacentes. La transmisión de emergencia nacional. Las palabras "pandemia" y "aislamiento" brillaban en la pantalla de la oscura habitación cual título del éxodo.
"El gobierno declara el estado de alarma en todo el país tras el primer caso nacional de un virus de origen desconocido. Se ruega a los habitantes que se encierren en sus casas durante cuarenta días o hasta que el gobierno sea capaz de controlar el brote. Todo ciudadano visto fuera de su residencia sera escoltado a un centro de cuarentena obligatoria o disparado en el acto. Actúen con prudencia. El gobierno declara el estado de alarma en todo el país tras el primer caso nacional de un virus de origen desconocido. Se ruega a los habitan-"
Baco casi se olvida de abrir la puerta antes de atravesar el marco de la prisa con la que abandonó su cuarto. Corrió por los pasillos, vigilante de cada rincón oscuro hasta alcanzar la habitación de sus compañeras de viaje, en la cual irrumpió sin decoro pese a sus agresivas protestas. Fue acribillado a almohadazos mientras encendía la televisión, pero se detuvieron una vez escucharon la repetitiva alarma. Baco intentó cambiar de canal para demostrar lo que no sabía explicar con la delicadeza que ameritaba la situación, porque sabía que si él mostraba lo confundido y sobrepasado que estaba, Mérida se contagiaría de lo mismo, y en consecuencia Lía estallaría en sobreprotección agresiva y sería imposible razonar con ella.
— Ni siquiera es en vivo, es una grabación — añadió Baco. Sus amigas no lo miraban. Se sostenían las manos, temblorosas, mientras escuchaban una y otra vez el loop que les había dejado el gobierno como obsequio de inevitable despedida. El chico se puso en pié y apagó la televisión, sumiendo la habitación en un silencio que debilitaba el temple de los presentes. Cuando Baco quiso tomar la palabra, Lía lo interrumpió con un gesto brusco, y con la misma mano violenta que calló su discurso, peinó la cabeza de su novia, Mérida, que contenía las lágrimas abrazada a su cintura. Así que permanecieron en silencio.
— La decisión inteligente es quedarse aquí, estamos en el culo de Tailandia y rodeados de montañas — tras una hora de silencio se impuso Lía. Baco no estaba de acuerdo, pero sabía que Mérida diría "amén" a todo lo que los labios de su novia profetizasen.
— ¿Qué suministros tenemos? — atajó el chico. — Necesitaremos comida no perecedera, ropa de abrigo, madera, agua, medicamentos... Son muchas cosas que considerar, y no sabemos cuanta gente haya aquí. — _"Ni siquiera sabemos si alguna de ellas estará infectada"_, quiso decir, pero en presencia de la de pelo rizado debía tragarse las falsas alarmas.
— ¿Nunca te callas? Menos mal hay _gags_ por aquí, si me tengo que quedar viendo el fin del mundo contigo y tu voz de baboso empollón es lo último que tengo que escuchar, prefiero arrancarme los oídos — le respondió la de pelo liso. Mérida sonrió a sus ocurrencias.
— Bueno, pues si se acaba el mundo tendremos que repoblar, ¿no? — propuso Baco con una mueca jocosa.
— Claro, date la vuelta que te meto un palo por el culo a ver si te preñas, animal — escupió Lía con sorna. Mérida estalló en carcajadas, y con ella Baco, cuyo único remanente de alegría residía en el sentido del humor que aún les quedaba a los tres.
***
El 27 de enero del 2024, a 92 kilómetros de Bangkok, Lía falleció protegiendo a Mérida en un ataque. Con una semana y media de diferencia, Mérida murió de la sepsis fruto del mismo ataque. Baco permaneció solo hasta encontrar la torre faro.
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Tres platos en la mesa y un poco más de comida. Nos sentamos en silencio y tú miras el sitio vacío en la cabecera mientras yo, con la cabeza entre las manos, miro a cualquier otro lado. Hoy no te atreves a preguntarlo por miedo a que estalle —otra vez—, pero sé que lo piensas y tú sabes que la respuesta es la misma. “No lo sé”. Pero sí lo sé. Sé dónde está tu padre, sé que no volverá, sé que tú no sabes poner una mesa para dos porque antes de entender el dos entendiste el tres, y sé que yo no sé hacer comida para menos, porque antes de aprender a cocinar para dos, cociné para tres. Por eso cenaremos con un corazón pesado los restos de comida que no sé calcular en mesas cuyos sitios no sabes contar. Y cada noche, antes de dormir, me oirás romper el plato limpio que queda hasta que un día solo queden dos platos y no tendrás más remedio que poner dos sitios. Aprenderás a entender el dos, y yo seguiré cocinando para tres.
"El lugar donde amamos es nuestro hogar. El hogar que nuestros pies pueden dejar, pero nuestros corazones no."
— Oliver Wendell Holmes.
El eco de los instrumentos chocando contra la bandeja de acero inoxidable reverberó en el casi vacío sótano previo a que el mal teñido apoyase la espalda contra la pared y se dejase caer sentado en el suelo, exhalando un prolongado y cargado suspiro que pretendía liberar la tensión de siete horas bajo la luz blanca. Le ardían los ojos de tal forma que cerrarlos no aliviaba la molestia, y en sus párpados permanecía tallada la figura podrida y descompuesta de su sujeto de pruebas. Aquella tortura le había acostumbrado a mendigar la breve satisfacción de sus pequeños avances antes de sentir más hambre, pero siete horas eran un exceso para todo ser vivo, más aún, dos horas respirando esa peste a podre podían volver loco a cualquiera, y Baco no era ningún superhumano. Le afectaba, mental y físicamente, pero si no soñaba con hipótesis nuevas y pasaba las horas despierto encerrado en las únicas cuatro paredes que le permitirían o no probarlas, le costaba justificar su supervivencia. Cuando el bicho que llevaba ya tres semanas atado en la misma mesa produjo uno de aquellos sonidos guturales suyos, el vivo supo que no soportaría otros diez minutos sin cuestinar su propia cordura. Se puso en pié, tomó los instrumentos usados y los dejó en un cubo. Se le acababa el desinfectante y aún tenía que hacer algunos recados para Margot.
Ya escaleras arriba escuchó la voz de Naín que hablaba de salir. Si bien su compañero de charla había desaparecido para cuando Baco apareció, Naín le saludó, le ofreció una sonrisa e invitó a salir con ella a buscar víveres y contribuir –escasa pero necesariamente– a la labor de los exploradores para el reabastecimiento después de haberse limitado las salidas tras el aún reciente ataque. La excusa perfecta para respirar, así que accedió. Ambos tomaron lo que necesitarían; Baco con su bate y Naín con su Glock y su cesta de mimbre, encontrándose ambos en la protegida entrada con el compromiso de volver en un máximo de hora y media, ella a su pequeño huerto y él a su sótano, probablemente, aunque fuese solo para limpiar sus instrumentos.
*
Pasada la hora de expedición y cada uno cargando con un par de bolsas llenas de provisiones, estuvieron de acuerdo con que era hora de regresar. Naín le contaba lo especialmente feliz que estaba por no haberse encontrado ninguna desgracia, cómo eso la motivaría a salir más seguido y el buen trabajo que hacían los exploradores al mantener un perímetro seguro.
— ¡Mira! — dijo ella, a la vez que caminaba, mirando el interior de su cesta de mimbre. — ¡Había semillas de calabaza! Qué pena no haberlas encontrado antes, podríamos haber tenido decoración de Halloween, pero las cremas que sacaremos de aquí... ¡Hmmmm~! Me da hambre pensarlo.
Baco, aunque la escuchaba, procuraba estar alerta por los dos, así que cuando el ya familiar aroma a podredumbre acarició sutilmente su nariz, se detuvo en seco. No estaban muy lejos de la base, pero ninguno de los dos podía correr más de diez minutos seguidos a toda velocidad con lo que llevaban encima, quince si soltaban las cosas, y aún así se quedarían cortos. La opción B era esperar una oportunidad, localizar al bicho, acechar y atacar, acabar con la amenaza antes de que la amenaza tuviese oportunidad de acabar con ellos, y la segunda era la opción más sensata. Así que acecharon, protegidos por los arbustos que delimitaban el claro. La chica, ahora callada, había empezado a mirar a su alrededor, por lo que señaló silenciosamente hacia el origen de la peste.
Una maraña de pelos azabache antaño láceos era ahora hogar de insectos carroñeros de todo tipo, con ropas rasgadas y un aspecto difícilmente reconocible, deambulaba por las proximidades sin pista alguna del escondite de los vivos. Baco era aún incapaz de verla, pero el dispar sonido de las zapatillas arrastradas contra el suelo a cada paso delataban la identidad de la difunta. Poseído por la peligrosísima familiaridad, el chico se puso en pié, y sus ojos, desbordantes de sorpresa, gotearon desesperación. Durante dos segundos fue incapaz de emitir palabra, sonido incluso, pero cuando el nudo en su garganta le permitió tomar aire, Ilya se apresuró en soltarlo en forma de reclamo.
— ¿Lí...? ¿Lía...? — balbuceaba el investigador.
Pese a la aplastante lógica, lo traicionó el sentimiento. El ente se detuvo en seco y el hombre sintió cómo su compañera tiraba de su brazo para devolverlo al escondite, pues, tras su hallazgo, no contemplaba la opción de huir. La tetricidad con la que el bicho se giraba hacia ellos sobrevolaba la cabeza del mal teñido y mientras este avanzó al claro, donde pudo corroborar sus sospechas. Los fragmentos de sus memorias más preciadas reconstruían las fracciones consumidas por la pólvora en un delirio fruto del duelo jamás pasado, tan así que, si le preguntaban, Baco juraría que Lía le sonreía. Y calló de rodillas. El muerto cojeaba, tenía un tiro en una de sus piernas que ralentizaba su marcha y otro escopetazo en la cara que había acabado completamente con su olfato y parcialmente con su audición, lo justo como para seguir en el trance patológico, y, aún así, el hombre la reconocía.
— Baco... échate para atrás, como se acerque más te juro que le voy a disparar — dijo su compañera desde la retaguardia. Al girarse Baco y ver el arma se interpuso en el trayecto de la bala.
— ¿Qué coño estás haciendo? — le recriminó. Por la forma extraña en la que los ojos de Baco atravesaban las intenciones de Naín, era evidente que su calma tenía un temporizador y que, si no actuaba con celeridad, la explosión de sus emociones se la comería entera.
— ¡MAX! ¡MAAAAAX! — el llamado fué interrumido por el inevitable disparo en consecuencia al forcejo tras avalanzarse Baco y un chillido agonizante de la chica, cuya mano izquierda sangraba de uno de sus costados.
Indiferente a las heridas causadas presionó su mano contra la boca ajena y empujó la cabeza de Naín al suelo tapando sus fosas nasales en el proceso de forma que poco a poco la chica perdía fuerza para patalear. En el momento que parecía dejar de pelear, un tirón oportuno –o inoportuno, según quién y cuándo se cuente la historia– liberó la presión ejercida sobre la boca de la joven. La distancia conseguida entre ambos por una tercera persona, un salvador y antagonista al mismo tiempo, fue la justa como para descolocar al agresor, ahora puesto contra un árbol. Fué cateado y registrado hasta ser descartado como una amenaza y posteriormente inmovilizado. Entonces, con la cara contra la tierra en un desesperado intento de recuperarse, escuchó un segundo disparo.
Los pájaros que aún no se habían ido volaron despavoridos lejos de allí, llevándose con ellos los escasos gramos de fuerza que aún le permitían a Baco pelear. Solo giró la cabeza, viendo en el suelo del reducido prado el cuerpo descompuesto y cubierto el torso del cadáver definitivo por una espantosa camiseta negra en la que, pese a los jirones, se apreciaban fragmentos reminiscentes del cutre estampado que alguna vez lució. Ecos en su cabeza reproducían las palabras de Lía cuando le fue ofrecida la prenda, la melodia agridulce de sus carcajadas, y Baco cerró los ojos, regando el prado silencioso con las saladas aguas del luto.
*
Habiendo vuelto y ya ambos tratados en la porción del edificio destinada a la salud, Baco observaba a través de la ventana, buscando tras las gotas de lluvia que forzaban a todos a encontrar refugio el punto más lejano que pudiesen alcanzar sus ojos.
— Siento lo de tu mano — rompió el silencio.
— ¿La conocías...? Es decir, sí, pero, ¿qué... clase de relación? — interrumpió la chica, en cuya ausencia de respuesta ofrecía el perdón del olvido. Baco calló durante unos segundos y sus labios temblaron, como si quisese emitir una respuesta pero, sobrecogido por la intensidad del sentimiento, se cohibiese.
— Habla de ella sobre mi tumba y observa cómo crecen las flores — dijo el chico que, aún mirando por la ventana, era incapaz de responder con algo tan sencillo como un sí o un no, como un "amigos", pues la superficialidad de tal respuesta jamás justificaría una reacción tan primitiva y desesperada como la que había tenido.
Aquella fué la primera vez que Baco admitía el sentimiento en voz alta; frente a otra persona, y Lía muerta. Verdaderamente, lo que más le dolía no era quererla, sino la consciencia de que, repetida la historia, aún pisaría los mismos prados y aún callaría los mismos suspiros, y porque amarla en silencio fué su expresión de amor más sincera, esperaría que la muerte fuese más gentil de lo que había sido la vida, consciente de que en ninguna otra estaría tan cerca de amarla como en esta.
Tras un breve silencio, continuó.
— "Los rayos del sol que durante un instante habían logrado atravesar las nubes, desaparecieron, y todo se hizo negro a mi alrededor. La perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como realmente soy ahora, quince años después, como un hombre envejecido, viviendo en el mismo cuarto, tan solo como antes [...]" — frente al silencio que volvía a arroparlos, el chico giró la cabeza, mirando a Naín. — Fiódor Dostoyevski.
— Noches blancas, lo sé — complementó ella, luego añadió. — Las nubes pasarán, Baco, hay gente que te acompañará y cuando te quieras dar cuenta verás que el sol brilla más que antes, nos tienes a papá, a mamá y a mí, y seguramente a más personas bajo el mismo techo... solo tienes que dejarte alcanzar.
Baco se levantó de la camilla, corriendo la tela que hacía las de biombo de un gesto violento y simultáneamente contenido, y aún se dirigió a ella una última vez.
— El único camino a la felicidad que existe para mí baja al infierno, Naín, no hay nada para mí en este mundo. Solo sentiré paz cuando mis huesos hastiados sean descompuestos por los gusanos — se sentenció.
Después del incidente sus conversaciones fueron siempre breves y puramente cordiales. La desesperación que envolvía a Baco era desconocida para Naín, y la culpa que le pesaba al hombre por el daño hecho era más grande que su habilidad comunicativa, así que, hasta que un destino caprichoso quisiese mayor proximidad, se construyeron paredes entre ellos que no podrían derribar.
En las entrañas de metal y piedra del hotel instrumentaba el investigador. El exceso rutinario de horas bajo la luz blanca en combinación con el silencio humano corroían su cordura nervio a nervio, que, entre rugidos desnaturalizados y el delicado tintineo del instrumental al chocar entre ellos y otros metales, terminarían por consumirlo. Así que se echó hacia atrás en busca del descanso que su cuerpo anhelaba, se sentó en el suelo y cerró los ojos, arropado inintencionalmente por la falta de sueño y su neura quemada.
El sonido repentino y estridente de uno de sus bisturís chocando con la mesa de acero inoxidable lo puso en guardia, se despertó agitado y miró hacia la mesa, desde donde el sujeto de pruebas inusualmente quieto se apoderaba de su indivisible atención. Entonces se puso en pie, resentido por el frío del suelo y la poco ergonómica postura que llevaba castigando a su espalda ya más de cuatro horas, y se acercó a la mesa en la que yacía inmóvil su experimento, helado al reconocer los nudos deshechos que usualmente lo sujetaban a la mesa. Cuando Baco se giró a mirar al monstruo, este le devolvía la mirada desbordante de odio, de hambre, de ansia.
En la misma posición que durmió despertó por segunda vez, cazando aire a bocanadas tras la tensa alucinación con la que lo agasajaba su terrorista conciencia. Solo para sentirse seguro, alzó la vista, encontrándose, brillante y vacía, la mesa en la que el muerto antes yacía.
Por primera vez desde que llegó al lugar tuvo la oportunidad de cumplir la más indispensable de sus funciones. Como no planeaba aventurarse lejos se vio completa al estar provista únicamente de su cesta, decidida a mantenerse en un rango atravesable al trote en caso de tener problemas. Miró a ambos lados antes de pisar fuera, como si fuesen a atropellarla si no lo hacía, luego, admirando el paisaje que circundaba al edificio, eligió su destino. Una esquina entre edificios cuya vegetación resaltaba por su frondosidad y brillante verde.
En el lugar abundaban los frutos silvestres, nada que fuese a llenar el estómago de nadie, pero sí jugosas raciones de desayuno para varios días. Envuelta en la satisfacción que le generaba su utilidad, se adentró al bosque urbano de arbusto en arbusto, de baya en baya. Habría pasado una hora cuando un zumbido sutil en su oreja empezó a molestarla.
― Las frambuesas, prueba las frambuesas ― se camufló el susurro con el abejorreo, pero suficientemente perceptible como para hacerla girarse la molestia. Un arbusto rojo carmín, verde en ocasiones, era mecido por una brisa suave, iluminado por el sol que aún se colaba entre las protectoras copas de los árboles, y pese a su tetricidad, se atrevió a acercarse. Cada paso que avanzaba en su dirección aumentaba en ella esa sensación instintiva de peligro, pero en ausencia de pruebas fehacientes de ello, avanzaba otro paso. ― Las frambuesas las frambuesas las frambuesas las frambuesas ― incitaba la voz que Naín confundía por conciencia. Y cuando sus dedos tocaron lo que pretendía imitar una fruta, la viscosidad de su textura tiñó sus dedos de rojo. Un hilo de tripas atadas por sus extremos se volcó a sus pies y la botánica, cuyo instinto de supervivencia saltaba a sus espaldas, se volvió al claro desde donde la voz sugería. Un ciervo cuyo cuerpo se camuflaba tras los arbustos la observaba. ― Cómetela.
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Tomaba una siesta en el sofá con un libro de texto cubriendo su rostro cuando escuchó, sintió incluso, la agitación en el bosque, inequívoco heraldo de problemas. No llevaba tiempo suficiente en la manada como para entender su situación o pasado, había muchas cosas que aún ignoraba, y la idea de enfrentarse a nadie estando sumergido en aquella incertidumbre lo bajoneó considerablemente. Aún así, era consciente de que el mero hecho de existir entre esas cuatro paredes era la prueba fehaciente de un pacto nunca hablado, por tanto su participación en cualquiera que fuese la disputa era indiscutible e indispensable. Eso en claro, aún había otra cuestión que tratar antes de lanzarse a las garras y los bocados, y es que con esas escasas –sino nulas– habilidades suyas para un combate cuerpo a cuerpo, estaba en desventaja. Necesitaría echar un vistazo a la situación antes de decidirse por un modus-operandi, por lo que salió con celeridad, cerrando la puerta tras de sí para asomarse sibilinamente.
Era tan caótico como esperaba que lo fuese, Silver gritaba órdenes desde el frente mientras otros buscaban frenéticamente a alguien, al mismo tiempo olores ofensivos al olfato se acercaban desde distintas direcciones. La respuesta era clara a sus ojos, ¿qué esperarían sus asaltantes menos que una emboscada desde la retaguardia? Tenía pocos recursos para prepararla, aún menos tiempo y cada vez menos espacio, una carrera contra reloj en la que jugaría un gran papel su agilidad mental con tal de evitar la física. Tomó un mantel y puso sobre él todo aquello que juzgó como útil; cuerdas, telas, objetos relativamente pesados, mas no lo suficiente como para ralentizarlo en demasía, y, por si el peor de los casos se volvía una realidad, un frasco con sevoflurano –sedante por vía inhalada–. Recolectados sus materiales tomó aquella forma canina que en su día a día evitaba, mordió las esquinas del mantel y saltó por la ventana trasera, yendo tan rápido como aquello le permitía hacia el flanco. Contra su terrestre naturaleza consiguió escalar un árbol en cuya copa –escasas ramas por encima del suelo– se preparaba a la espera de una víctima. Le sería imposible ocultar su aroma del todo, pero, como beta, tenía la ambigua ventaja de ser más sutil que el de otras castas.
Crujieron ramas cerca de donde estaba y se quedó estático, todos sus sentidos en la cuadrúpeda figura que avanzaba lentamente bajo él y apestaba a extraño, aparentemente sin notar su presencia. Lanzó el garrafón de vidrio con milagrosa puntería y logró atontar al primero, haciendo que perdiese el equilibrio y, en consecuencia, cayese, una oportunidad perfecta para acabar el trabajo limpiamente. Se lanzó sin pensarlo sobre el caído en su momento de debilidad, pero antes de que sus colmillos acariciasen el pelaje del cuello perteneciente a su víctima sintió una tercera presencia a sus espaldas. Su corazón se saltó un latido, como si se contuviese, y posterior a eso latió con peligrosa celeridad, sintiendo con grotesco detalle cómo aquél a sus espaldas mordía su pata trasera con una fuerza ya de por sí impresionante, pero para su desgracia vigorozada por su ira. Sintió también el crujir de sus huesos al ser sacudido cual muñeco de trapo a la vez que un agónico grito desgarraba su garganta.
***
En un gesto desesperado miró el mantel que permanecía intacto en el lugar desde el que había saltado, allí sus armas eran testigos de aquella interminable y violenta sacudida que no le daba tregua, de como su esperanza moría entre ellas. Incapaz de controlar las vueltas que le daba la cabeza, mucho menos sus jadeos, Naín intentaba mantener los ojos abiertos y soportar el dolor que poco a poco era menos, mas debido a ello sospechaba lo peor. Por supuesto en un caso así no había precio suficientemente caro para comprar sus días, pero aún temía dejar la parte de sí que no debía en una batalla.
Un aroma familiar y casi hogareño acarició la punta de su nariz breves instantes antes de notar cómo los colmillos que ya había aceptado como parte de su pierna se apartaban de ella con brusquedad más que suficiente para arrancarle otro débil y apagado gimoteo de dolor. Olía a avellana, la que frecuentemente había notado mezclarse con el café de la mañana de cierta persona a la que disfrutaba irritar, cierta persona que le había ofrecido probar un café mejor que cualquiera antes juzgado por su paladar y que, desafortunadamente, no había podido degustar. A Naín le pareció una entrada heroica pese a haber cerrado los ojos. Su errática respiración también parecía encontrar la paz en la llegada de Rayan, y no sabía si era una confianza excesiva en el rubio o si era la falta de sangre lo que le devolvía el sueño, pero los pesados párpados se negaban a abrirse incluso con el peligro a escasos metros.
«Vete» – escuchó en su cabeza una voz que no era la suya, una voz alerta, imperativa. "No quiero" pensó él en respuesta. Quizás fue la misma divinidad que había guiado al mayor a su rescate la que ahora le presentaba al pelinegro en forma de epifanía aquella cruda realidad que los maltrataba, con ella, dos segundos de lucidez para tomar una decisión. En primera instancia lo embargó la impotencia, pues se sintió inútil al no haber contribuido mínimamente a la defensa de lo que quería ser capaz de llamar hogar y, quizás, si se ponía exageradamente cursi, familia. Debido a esto logró ponerse en pie, tambaleándose, pero a cuatro... a tres patas, pudo detenerse a tiempo antes de dar un paso hacia la pelea. El persistente dolor y dificultad para moverse lo inutilizaba en una pelea, y sin esa agilidad que compensaba sus vastas carencias en un enfrentamiento, no era más que un estorbo. Le costaba aceptar que lo más inteligente era dar el paso atrás, pero sabía que no podría perdonarse si un error suyo le costaba caro a aquél que lo defendía, más aún, no se lo perdonaría si ya se lo había costado.
Tambaleándose como pudo volvió a casa, su exigente proceso lógico le dictaba un paso a paso que un cuerpo debilitado seguía difícilmente. En aquél estado no servía de más que de carroña, así que, volviendo al laboratorio y recuperado su humaidad, procedió a curar sus propias heridas. Odió cada paso del proceso y estuvo a punto de desmayarse del dolor más de una vez, hubo problemas que no pudo solucionar a falta de material, a fin de cuentas, aquello no era más que un laboratorio de estudiante con un generoso botiquín, pero logró recolocar los huesos rotos antes de que la celérica sanación lo curase en la posición incorrecta. Inmovilizó, enyesó y, cuando quiso darse cuenta, el paso lúgubre del lobo que lo había salvado del desfiladero al más allá lo devolvía a casa malherido. Por un momento creyó escuchar cómo La Muerte y su guadaña se escondían tras los arbustos.
Cuando consiguió poner el cuerpo sobre la mesa que había despejado el pensamiento que inauguró su cabeza fué "¿cuán difícil puede ser ser veterinario?", la respuesta fué cual bofetada. No fué hasta que el mayor volvió a su forma humana que fué capaz de hacer las curas apropiadamente.
— Menos mal — murmuró para sí, intentando mantenerse despierto con su constante monólogo — porque mi siguiente paso era dejarte pelado.
El torso de su heroica víctima parecía reminiscencia de las escenas de Tarantino, un trabajo que, con el poco tiempo que sus contrincantes habían tardado en hacer, a Naín le tomó horas arreglar. El instinto lo mantenía despierto, la gratitud lo matuvo cuerdo, y una vez terminado, lo arropó con cuidado. Su pierna, la única sobre la que se había apoyado durnte el procedimiento, se rindió junto al sofá en el mismo cuarto, justo a tiempo para caer sentado sobre él. Finalmente soltó un pesado suspiro y aceptó que se quedaría despierto, no podía permitir otra tragedia a manos de un intruso. Haría guardia. Pensó en lo bien que le sentaría un asqueroso café en ese momento, simplemente para mantener la máquina en marcha. “Ojalá se levante y me vaya a hacer un café” pensó al verlo tan –suponía, esperaba– plácidamente dormido.
Pese a ser la trigésima vez que repasaba el paso a paso que había llevado a cabo con el paciente en la mesa a escasos metros, fué la primera que se detuvo en sus cicatrices. Acarició sus propios dedos, agotados, aquellos con los que había sentido la profundidad de las marcas en su piel, solo pudiendo empezar a imaginar la envergadura que tenían esos mismos cortes en su alma. La curiosidad era grande, pero, sumergido en el silencio de la habitación, arropado en su oscuridad, decidió guardar su secreto.
Después de una generosa semana en el refugio ya era hora de aportar algo al grupo al que ahora pertenecía. Él, Elodie y Rune habían acordado encontrarse en el laboratorio del tercer piso para empezar a discutir ideas, pero al verse Rune acorralado por sus deberes, quedaba en manos de Elodie y Baco plantear una hipótesis inicial.
— Será difícil coordinarnos los tres, Rune dijo que estará ocupado esta semana así que vayamos a pachas, avancemos tú y yo, que somos los sesos y luego le hacemos presentar a él el proyecto — saludó el teñido, directo al grano.
— Vienes con todo, pero sí — respondió Elodie, a lo que Baco bufó una risa.
— Eso quería escuchar. — De un brinco tomó asiento, cruzando las piernas sobre el maltratado tapiz del mueble, aún así, lo más fino en toda la sala. — Dicho esto, ¿te gustan los videojuegos? — soltó la pregunta, en primera instancia ociosa, pero la mirada atenta del hombre le daba una profundidad a la pregunta casi profesional.
— ¿A quién no?
— Perfecto, conocerás TLOU. A parte de que es un juego espectacular, tiene una teoría muy sólida. Según el lore, hay un hongo capaz de controlar la mente de las hormigas que no sobrevive por encima de los 34°. El Ophiocordyceps unilateralis. De todas formas, no es posible aún. Las temperaturas internas del cuerpo humano, como bien sabrás, oscilan entre los 36° y 36,9°, normalmente, en TLOU proponían un escenario en el que el hongo se veía obligado a evolucionar debido al calentamiento global, pero realmente y a día de hoy el calentamiento global no ha escalado lo suficiente como para requerir una evolución. Pongo en la mesa la teoría, para empezar — formuló en forma de introducción.
— Vale, está muy buena, eh, ya tenemos algo de que sostenernos — Baco tomó aquella como una señal para continuar divagando.
— Hay que descartar también factores bacteriológicos y víricos, de todas formas, yo, personalmente, apuntaría más a priones. Si lo piensas bien, los priones están estrechamente relacionados con enfermedades neurodegenerativas, como la de Creutzfeldt-Jakob o el insomnio mortal, son bastante hardcore.
— Claro, claro — ante esta afirmativa, la mirada del chico se estrechó, tentativa.
— Me alegra ver que nos entendemos, hará la siguiente propuesta mucho más fácil de digerir... Necesitamos un zombie — soltó la propuesta sin delicadeza alguna, solo esa chispa de emoción que se encendía en sus pupilas, cuando estaba a punto de hacer algo que le merecería un tiempo en arresto domiciliario.
— Estaría bueno que uno de nosotros se arriesgara a salir y traer uno, esto en secreto porque dudo que a los demás les guste lo del zombie en el edificio... Qué dura la vida.
— Esa es la cosa, hay que convencer al grupo de líderes de que consideren hacer una celda de acceso restringido mediante la cual mantener un contacto seguro con uno de esos bicchos, pero visto lo visto y que hace nada nos dieron por culo, creo que no estarán muy dispuestos. La opción B es, y puede que no te guste, sé que lo nuestro es darle al seso y no es esto a lo que te inscribiste, pero escucha, la vida es dura, tú lo dijiste... podríamos preparar una habitación, salir de paseíto y colarlo sin armar un escándalo, ¿hm? Con un buen chute de morfina no se levanta ni el tato, y aquí tenemos bastante.
— Tienes que bailarles, saliste — le sacrificó su compañera, la expresión de Baco cambió casi inmediatamente.
— Y yo por qué, ¿tengo cara de gogo dancer o qué? Báilales tú, tienes buena figura, úsala.
— De un baby-doll.
— WOW. Gracias, estuve ejercitando.
— Con traje de conejito — Elodie siguió maquinando la distracción.
— Nunca sabes lo que vendrá.
— Ya si no acceden, sirve de distracción, y yo por detrás jalando el cuerpo — carcajeaba la chica.
— Te joderás la espalda, mejor yo me lo echo al hombro y tú les das un recital — argumentó Baco con tal de librarse del show.
— Pierdes tu oportunidad de debutar, pero esta bien... Hay que hacerlo a escondidas. ¿Dónde te guardas la morfina? — Baco levantó las cejas.
— En las tetas del traje de conejito si te parece. Pues en los bolsillos.
— Nos van a echar...
— Dad lore insano — la consoló.
— Imagínate que se nos escape.
— Imagínate que encontramos la cura, 50-50, hay que echarle llave y tirando.
— Qué más da, yo te sigo — Baco brincó de su asiento rumbo a la salida — ... Siento que eres de los que se ponen pista rápido y me cuenta el proceso de su parto.
— ¿Pista?
— Como... chispita.
— Puede ser, pero no quiero entretenerte con mi parto, aunque fue muy interesante y sobre todo probablemente una experiencia superior al promedio — continuó, liderando la marcha a la sala de suministros.
— ¿Seguro que no fue cesárea? Está bien no saber nacer.
— ¿Es lo que te dices a ti misma todas las noches? — poco después se detuvo, forcejeando el cerrojo que protegía las provisiones de personas como... ellos. — Realmente, el nacimiento natural es biológicamente superior. Los bebés nacidos por cesárea no son expuestos al ecosistema vaginal de la madre, que es fundamental para el desarrollo del sistema inmune del niño — un "click" detuvo su discurso naturalista, dibujándole una victoriosa mueca de satisfacción. — Y yo tengo un gran sistema inmune, gracias por preocuparte.
— No es nada, me sale natural ser amable.
— Coge una botella de agua y una cuerda, yo iré por la morfina, cinta americana y una bolsa de basura.
— ¿Para qué la botella?
— Por si nos da sed.
— Ja, ja. Qué chistoso.
Baco se deslizó por los pasillos con agilidad hasta encontrar lo que buscaba. En una de las estanterías cinta americana, próxima pero más arriba la bolsa, y un par de pasillos más a la derecha, farmacia, de donde sacó diez ampollas de morfina y una jeringuilla con aguja intramuscular. No era creyente, pero sí rezaba por que aquello surtiese efecto. Subió a buscar una linterna y, de camino, se dió un paseo por la cuarta planta, esperando cruzarse con Rune por alguna de las habitaciones. Allí, visiblemente ocupado, pudo localizarlo.
— Hey, Rune, ya hemos empezado a teorizar, ya que somos mayoría investigadores, lo haremos sobre esa tarea. ¡Ya tenemos algunas teorías...! Incluso peticiones — saludó Baco.
— Me das miedo.
— No me digas eso que me sonrojo.
— Está bien, yo ya hablaré... — postergó el líder.
— Sé que estás ocupado, no te preocupes, pero sí hemos pensado que tú presentes el proyecto, a ti te conocen y tú puedes resultarles más... persuasivo. Será más familiar, ¿me entiendes?
— No te preocupes, déjame eso a mí.
— Genial, contamos contigo... Elodie y yo saldremos un par de horitas, volvemos y discutimos teorías.
— Está bien, con cuidado. Cualquier cosa me dicen.
— Claro. Y ahora que lo dices, necesitamos un pequeño favor — Baco propuso con el mismo tono que un adolescente a punto de pedirle a su madre, distraída, medios para un plan cantosamente ilícito.
— Dime.
— Te avisaré cuando lleguemos, solo distrae un poco a la primera planta.
— Ay no...
— ¡Deseanos suerte!
— ¿¡Qué harán!? Ay no, ¡no se metan en problemas!
— Descuida, solo es ilegal si te pillan, así que, que no nos pillen, ¡y ese es tu trabajo! — se despidió el rubio teñido con la mano, luego partió escaleras abajo a reunirse con su compañera de crimen. Inmediatamente tras localizarla analizó sus alrededores en busca de otros miembros, asegurándose de estar solos antes de hablar en voz alta. — Hablé con Rune, nos cubrirá cuando lleguemos.
— Bien, entonces sin miedo, ya nadie tuvo que ponerse el traje de conejito — respondió la chica. Baco, ya cargado con las cosas, la miró con una ceja en alto y media sonrisa, imaginando, junto al botiquín, el traje.
— Cualquier cosa sirve para tapar, pensé — y el chico soltó una risa, reanudando su trayectoria hacia la salida durante poco tiempo. Pocos pasos antes de cruzar la puerta se detuvo, la voz de Oasis acercándose lo congeló. Estaban lo suficientemente lejos como para que cruzar la puerta fuese imposible sin alertar al otro en el proceso. No les quedaba de otra que disimular.
— Oasis, ¿cómo tú por aquí? — preguntó Baco con las cuerdas a la espalda. No sabía si era paranoia suya o realmente los ojos ajenos viajaban entre los dos intentos de prófugos para concretar un análisis, y se preguntaba si su pequeña expedición terminaba antes de siquiera pisar tierra fértil. Inmediatamente se dio respuesta, y es que aquello no podía ser así, no permitiría que fuese así.
— Buscando un poco de hidratación para seguir con mis tareas — alzó la petaca en su dirección, que rezumaba un aroma a alcohol casi entrañable — ¿Quieren? Que se ven listos para la guerra.
— Vamos... con un poquito de prisa, haremos ejercicio y eso... — miró en todas posibles direcciones en busca de más compañía imprevista y al no ver a nadie ponderó sus posibilidades. Iban contrarreloj, Oasis podía, también, desaparecer un par de horas. Le pasó un brazo sobre los hombros y atajó su marcha hacia la puerta. — ¿Por qué no vienes también? Así socializamos un poco y tal, nos conocemos, ¿sabes?
— Ya, claro, conocernos. — guardó la petaca en su bolsillo, los miró a ambos e hizo un rápido saludo militar. — Vamos, que Elodie también tiene pinta de que hay cosas por hacer.
— Sí, Elodie tiene muchas ganas... ¿a que sí, Elo? — respondió el teñido, dándole un codazo a la chica, que estaba notablemente abstraída.
— Convivir, socializar, pláticar, atrapar un zom-... Ya sabes que nosotros los artistas pobres debemos dejarnos ver de vez en cuando ante la sociedad.— Mientras Elodie sonreía, Baco se volvió ligeramente hacia el lado opuesto a la interacción, simultáneamente se llevó la mano que no abrazaba por los hombros a Oasis a la cara, al principio cubriéndose los ojos, luego arrastrándola sin delicadeza pero sí con lentitud hacia abajo en un gesto de silenciosa desesperación. Definitivamente toda la operación sería un fracaso. — Extraño ver las estrellas, qué tal si ya nos adentramos a nuestra travesía — sugirió, empujándolos hasta finalmente salir.
***
Su paseíto duró de inocente lo que tardó en aparecer a un zombie. Baco se aseguró de mantenerse cerca de Oasis, al principio por si intentaba irse, al final por cuestiones de defensa, pues sospechaba que Oasis había captado el concepto de la idea que habían tenido Elo y él al salir, por lo menos sobre la parte en la que requerían encontrarse con un espécimen. Los requisitos eran tan específicos que eran más un obstáculo, pues no había manera humana, entre ellos tres, de encontrar a alguien recientemente convertido y salir victoriosos... los tres. Teniendo en cuenta la hora, lo más prudente para un proyecto inicial era tener un sujeto de muestra aleatorio, probablemente viejo, quizás incluso estudiar la enfermedad desde su final. En otras palabras: a tomar por culo los criterios, solo querían un zombie.
Un rugido gutural erizó la piel del investigador, que se congeló en su lugar antes de escuchar el siguiente. Rápidamente tomó del brazo a Oasis para detenerlo y buscó a Elodie con los ojos para vocalizar una pregunta: "¿lo has escuchado?". La postura en guardia de la chica le dió la respuesta que necesitaba, quizás ella había detectado el peligro antes. Baco sabía que, si podían escucharlo, es que el zombie sabía que estaban allí, los habría olido, por lo que no entendía por qué no atacaba. Miró a su alrededor agudizando los sentidos, mas los grillos saboteaban su oído y la poca luz su vista. Pero el olor era infalible, porque apestaba a podrido. Los zombies no eran conocidos por su sigilo, así que pronto los grillos dejaron de ser un problema y pudieron localizar al muerto. Enseguida Baco preparó las jeringas con morfina y le extendió la punta de la cuerda a Oasis, mirándolo a los ojos.
— Hay que atraparlo vivo — le susurró con un tono contundente. En seguida el sonido alteró al bicho, que cargó contra ellos con el desespero de un muerto de hambre. Entre Oasis y Baco, manteniendo a Elodie en medio como carnada, tensaron la cuerda para hacer tropezar al bicho, y cuando su treta barata surtió efecto, Elodie le pisó la garganta para inmovilizarlo. Con una velocidad que podría parecer practicada, ambos hombres soltaron la cuerda e inmovilizaron sus manos, Baco aprovechando la oportunidad para desencapuchar la jeringa con los dientes y clavarle la morfina directamente en el pecho. — Ahora... — jadeó — esperemos que no esté caducada y haga efecto — bromeó, el infectado perdiendo fuerza poco a poco hasta quedar sedado en poco más de quince segundos. No perdieron el tiempo: lo ataron y, turnándose los tres, llegaron de regreso a la base, donde Rune debía esperarlos para iniciar la segunda y más importante parte del plan, la infiltración. El mal teñido barrió el edificio con la mirada hasta encontrarlo en una de las ventanas, lanzando un par de piedras para llamar su atención y escondiéndose detrás del zombie para alzar el brazo medio podrido y saludarlo con él. La sonrisa amplia de Baco asomaba por encima del hombro del muerto, que sacaba lo máximo de su pequeña expedición antes de que terminase, luego, entraron.
Antes de cruzar el portón, Elodie le dió un codazo a Oasis para que entrase primero. Rune fingiría problemas y era deber de Oasis asegurarse de que los que guardaban la puerta de los muertos vivientes (y de idiotas como ellos) subiesen a auxiliar al líder, así que esperaron una señal. Cuando hubo silencio absoluto, Baco se asomó, cruzando al no ver a nadie e invitando a Elodie, que cargaba con la parte posterior del cuerpo, a segurle hacia el sótano. Fue tan ridículo intentar bajar las escaleras, y estaba Baco tan cansado del trabajo de fuerza, que tuvieron la brillante idea de dejar rodar al infectado escaleras abajo durante el último y oscuro tramo, generando una cantidad de ruido brutal, pero como no había nadie cerca para escucharlos y la subida amortiguaba la mayoría del ruido, solo pudieron reirse. En una habitación pobremente confeccionada para la tarea metieron a su presa, su nueva víctima.
— Esto es como navidad — comentó Baco, satisfecho y orgulloso en la misma medida al mismo tiempo que cogía de los cajones unos guantes y un serrucho. — Hay que atarlo a la mesa.
Para más información sobre los estudios realizados, véase el informe.
"¿Qué es un hogar sino el primer lugar del que aprendemos a huir?"
— Clementine von Radics.
El mapa quedó obsoleto una vez divisó la parada de bus. Aparcó del otro lado de la calle deliberadamente, pues quería recorrer el trayecto a casa de la doctora a pie, regodearse en el alivio de haber superado esa etapa y compadecerse del niño que se perdió por el camino. Se tomó su tiempo, los inicios de primavera siempre le habían sentado bien al barrio y no planeaba regresar pronto. Quería ver si la vecina había logrado que floreciesen las gardenias, si el pajarraco del demonio aún gritaba insultos cuando alguien pisaba su jardín y si los gatos siameses lo perseguirían hasta la puerta ahora que tenía edad para espantarlos. Al doblar la esquina se nubló el cielo. Las gardenias colgaban de la viga del porche, no solo marchitas, estaban secas, mas, atraído por los murmurllos procedentes de la casa contigua, avanzó hacia la siguiente parcela. La jaula donde antes veía al ave estaba aparentemente vacía y la maleza de su jardín empezaba a invadir la acera de modo que, al pisar accidentalmente una de las matas, un alarido se escuchó desde la jaula. Un pájaro famélico batía las alas en su dirección, sacudiendo con el escaso peso de su cuerpo y fuerza sacada de quién sabe dónde esa prisión de alambre que lo contenía, dándole a entender que aquellas finas varillas eran lo único que le impedían arrancarle los ojos. Algo en sus chillidos le puso los pelos de punta, así que apretó el paso para dejar atrás la casa. Los siameses no estaban en el cojín designado para ellos junto a la mecedora, por lo que no tuvo oportunidad de cobrar venganza y siguió de largo. Cruzados los setos sintió el filo de una mirada atenta pinchar su nuca, suficiente para hacer saltar a sus instintos y girarse. De golpe tenía siete años y corría de vuelta al único caos al que podía llamar casa con la ansiedad de la caza oprimiendo sus pulmones, con el eco de las risas redoblando en sus tímpanos para ser indicador de peligro. Sus ojos buscaban ansiosos una vía de escape y sus pies, que de tantas carreras habían memorizado el camino, se deslizaban por el terreno irregular como cuchillas sobre el hielo, e incluso así, no era suficientemente rápido. El miedo le hizo obviar el sonido del río hacia el que corría, y cuando el ruido del agua se hizo suficientemente fuerte como para hacerse lugar entre sus preocupaciones, caía. Se hundió en el agua, agitado, y mientras su pulmones, presos de su caja torácica, se ahogaban en el líquido que había tragado en su lucha por recuperar el aire. Las risas finalmente lo alcanzaron y vió como, distorsionados por el agua, se acercaban a verlo las siluetas de sus pesadillas.
Al abrir los ojos estaba de vuelta en su cuarto, en la cabaña de los Bennett, bruscamente sentado sobre la cama al hacer el gesto de intentar nadar a la superficie y dar una bocanada de aire tan repentina que empezó a toser violentamente. Sudaba frío, jadeaba, y todo era culpa de la condenada carta. En plena noche, la maleta le esperaba junto a la puerta, era un viaje largo pero, al empacar ligero, se aseguraba de hacer claro que no tenía intenciones de quedarse mucho. Tomó el sobre que reposaba sobre su nochero y su chaqueta, acelerando hacia la salida, si se daba prisa llegaría hacia el atardecer, por tanto tomó la moto de Sebastian temiendo que, si tomaba la de Rayan, este le cuestionaría a su regreso hasta sentirse satisfecho con sus respuestas. A veces odiaba su astuta nariz. En menos de diez minutos se dió a la fuga, no sin antes dejar en la mesa de la cocina un post-it en el que garabateó un mensaje para Silver.
«Estaré de vuelta en unos días, confía en mí.»
Dichas sus despedidas, partió. El desagradable sentimiento que lo había acompañado cada vez que había huido de su pasado volvía a presentarse con descarada burla, y cada vez que aceleraba, voces familiares lo acusaban de cobarde, algo con lo que había aprendido a vivir hacía mucho pero que, estando débil de mente, lo taladraban hasta su quiebre. El suspense le impidió dormirse durante el trayecto, y esta vez cuando dobló la esquina no miró ni las gardenias ni al loro, aún así su mirada no se salvó de buscar en el porche a los gatos cuando pasó por delante, tenso al no verlos. La dirección era la misma, la casa parecía haber sufrido las inclemencias de los años pero seguía en pie, que era suficiente teniendo en cuenta los huracanes que acechaban a todas horas en su interior. Sabía dónde estaba la llave y sabía que seguiría allí para él, pero eligió picar el botón junto a la puerta para anunciar su llegada, y el sonido del timbre le hizo sentirse un extraño, su único consuelo al verse obligado a revivir esa pesadilla.
— Naín — saludó una voz femenina, más machacada de lo que la recordaba, más compasiva de lo que la conocía. — La llave sigue estando donde siempre, podrías haber abierto — rió, incomoda ante su silencio, luego invitándolo a pasar. Había lista sobre la mesa del salón una bandeja con tazas y galletas, la cafetera sonaba en la cocina. El pelinegro no pudo evitar mirar a su alrededor, buscando en las esquinas, entre los cojines de los muebles y tras los pliegues de los tapices despegados, alguna memoria feliz bajo ese techo. Sus manos siguieron vacías y su mirada buscó entonces el exterior tras las ventanas una vez estuvo sentado.
— ¿Cómo me encontraste? — preguntó el chico, directo al grano.
— No lo hice, pensé que aún vivías con Gian así que busqué un poco y envié la carta a su casa, pero me la devolvieron, pensé que fuiste tú. Estuve intentando un par de meses hasta que me enviaron una nota con ella diciendo que ya no vivías allí, así que busqué en diferentes lugares hasta que me dijeron algo de una universidad a casi ocho horas de aquí... es un largo viaje — dijo, como si viese en sus ojeras la falta de sueño que escondía una expresión seria, una impropia del sarcástico chico de ojos oscuros.
— Creí dejar claro que no quería que me buscases — respondió con sequedad, ella se removió en su asiento y le sirvió el café, ignorando deliberadamente su remarque.
— ¿Has estado bien? Estás pálido, no te estarás encerrando en tu cuarto de nuevo, ¿verdad? — preguntó. Aquellas preguntas que pretendían forzar cercanía, ablandarlo al presionar los puntos que bien sabía eran debilidades del chico, no hicieron otra cosa que desatar una ira contenida.
— Eres una puta arpía — respondió, frío. La mujer se quedó estática bajo la mirada de profundo odio y su sonrisa se volvió una mueca torcida al darse cuenta de que era lo único que conseguiría de él. Dejó la cafetera a un lado y guardó silencio hasta tener la fuerza y palabras con las que romperlo.
— No seas malagradecido... — murmuró. Naín bufó una irónica y desdeñosa risa.
— ¿Lo soy? — Antes de que pudiese continuar, la mujer lo interrumpió.
— ¡Lo eres! ¡Por eso tus padres se rindieron contigo! ¡Yo estuve para ti! ¡Soy tu madre! ¡Eres mi hijo! — chilló, Naín, irritado, rió con malicia.
— Ahí estás, bruja. El papel de figura materna no te sienta... ¿Qué sabes tú de mis padres? Ni siquiera los conoces, ¿crees que no me iba a dar cuenta si cada vez cambiabas su historia y apariencia? Soy otro de tus proyectos de caridad, uno más de tus experimentos. Yo no tengo madre y tú... pff, tú no tienes ni un triste gato. Es lo que tienen los psicópatas, ¿lo sabías? No pueden tener animales cerca porque los matarían, uno diría que son mentes curiosas, como la tuya, ¿no es verdad?
— ¡Cállate! ¡Eres un mocoso! ¡No tienes ni idea de nada! — gritó nuevamente. El consabido sentimiento traía consigo la sensación de calidez que había abandonado al mudarse a los dieciséis, esa inestabilidad a la que estaba atado su concepto de hogar, de seguridad, de confort. Verla rabiar era volver a casa. — Yo te salvé, ¡me debes tu vida!
— Saldé mi deuda cuando estuviste a punto de quitármela, no te esponjes.
— Siempre me has odiado.
— Te lo ganaste a pulso.
— Apuesto a que, tú que todo lo sabes, sabías que el estrés propicia la aparición y reproducción de células cancerígenas — dijo la mujer. El pelinegro se calló un par de segundos, había tardado en notar el pañuelo en su cabeza y que las cejas no eran más que un dibujo cuidadosamente hecho. — Osteosarcoma con metástasis en la médula, la quimioterapia no hace nada por mí así que estoy prácticamente muerta. Esto te encantaría.
— ... ¿Me estás culpando? — tardó en reír. — ¿Dices que soy yo el causante de todo esto y no tus experimentos suicidas pobremente investigados? Vives con radiación en el sótano, eres una científica de mierda pero no puedes pagar un laboratorio apropiado porque tus proyectos son basura.
— ¡Tú los arruinaste todos!
— Te quitaron la financiación porque vieron lo que yo veía cada día. Una desquiciada que sudaba de los protocolos de seguridad, que robaba materiales de empresas pequeñas para montar puñeteras armas biológicas en un sótano mal trecho sin conciencia alguna sobre lo que mezclaba, como si hicieses putas sopas. No necesitaste mi ayuda para cargarte tu credibilidad, ese sí que fue un proyecto exitoso — se mofó. La mujer estaba histérica, pero eso no le detuvo. — Me llamaste para culparme.
— ¡Eso no es cierto! ¡Yo-! — su expresión cambió, volvió a esa desesperada súplica por compasión y algo en las entrañas del joven se movió cuando se arrodilló a su lado y tomo su mano con ambas suyas como lo hacía cada vez que necesitaba algo de él pero hablaba demasiado. No había cambiado en nada. — Eres... eres mi creación, todo lo que sabes te lo he enseñado yo, tú puedes seguir donde yo lo dejé, eres brillante, ¡tú eres capaz de demostrarlo! ¡a ti te creerán! — Exclamó. Rápidamente buscó bajo la bandeja una carpeta de cartón delgada y en mal estado que dejó sobre su regazo, mirándolo a los ojos con nerviosismo. — Tú puedes ver el potencial del proyecto, ¿verdad? Siempre has tenido una mente prodigio, sabes que funcionará — insistió mientras el pelinegro ojeaba lo que parecían los desvaríos de un loco plasmados en papel, una enorme bola de incongruencias. Estaba acostumbrado a los cumplidos con segundas intenciones, ya no hacían nada por él.
— Todo lo que le importa a un investigador es su legado — dijo por fin, cerrando la carpeta. — Haríais lo que sea para que una enfermedad lleve vuestro nombre — la dejó sobre la mesa de un golpe, poniéndose en pie mientras buscaba las llaves en un bolsillo. La paciencia se borró de la expresión de la mujer y fue rápidamente reemplazada por la desesperada histeria que había intentado contener, y Naín supo que tenía que salir de ahí cuanto antes. Tal y como era en los viejos tiempos. Mientras la anfitriona temblaba de ira pensando en a qué otra medida desesperada recurrir para retenerlo, Naín escapó.
Condujo sin rumbo unos cuantos kilómetros, estaba oscureciendo y tenía hambre, frío y un sueño que le impedirían regresar al territorio de los Bennett de una pieza, pero tampoco podía quedarse cerca sabiendo que esa mujer estaba conducida por la desesperanza. Incluso con su fama de loca y poca credibilidad, y quizás precisamente por eso, la ciudad ya no era un lugar seguro para él. Así que condujo una hora hasta cruzarse un motel, tenía dinero suficiente como para pasar la noche y comer algo decente, por lo que rentó una habitación y se encerró en ella. No importaba cuántas vueltas diese, el sentimiento de intranquilidad no lo soltaba, más aún, lo había seguido todo el trayecto desde aquella casa del diablo, como la primera vez que escapó, con la única diferencia de que en esta ocasión no había brazos que lo recibiesen para consolarlo más que los suyos propios, y ya que la ansiedad le impedía pegar ojo sin importar cuanto sueño tuviese, pensó en Gian, su equivalente a pisar descalzo los aún afilados restos de un corazón roto, y se encogió en la cama. Se preguntó qué haría ahora, si viviría en el mismo lugar. Según le había escuchado decir a la mujer, era posible. La tentación de rescatar lo irrescatable se instaló en su pecho, pues con el tiempo había perdido la perspectiva que lo había hecho huir de allí también y el cansancio propiciaba la concepción de malas ideas que lo acompañaron a dormir.
La tarde siguiente despertó con frío. Se dió una ducha y cambió de ropa, tardando lo justo para despertar al negligido estómago que rugía demandando un desayuno, mas el apetito de Naín se había quedado en algún lado a siete horas de donde se encontraba, así que optó por bajar al siguiente pueblo a buscar algo que le apeteciese en lo más mínimo, así comer algo antes de regresar. Su primera y esperaba que única parada fue un macromercado en el que pasillos y pasillos de comida y una estación de autoservicio le ofrecían prácticamente infinitas posibilidades de encontrar algo de su agrado, empero el destino, si es que había semejante cosa, no había terminado con sus jugarretas. Una voz delicada con notas de sorpresa lo llamó a sus espaldas y el de ojos oscuros se volvió a verlo. Esataba más alto, se había teñido el pelo y, pese a su voz suave, sus facciones se veían más maduras.
— ¿Gian? — preguntó con el ceño arrugado, confundido, el otro alzó las cejas y sonrió.
— ¡Eres tú! Estás mucho más pálido y tienes unas ojeras espantosas, debes estar a punto de graduarte, ¿qué tal? — preguntó, acercando el monumental carrito cargado de comida suficiente como para alimentar a una legión. Naín seguía incómodo al pensar que al recordar a Gian lo habría invocado, y si esa fantasiosa posibilidad era verdad, el bajo temía por el poder de su memoria.
— Uh... bien, todo bien, ¿qué haces aquí? Pensé que vivías en...
— Oh, sí, he salido a hacer la compra para el restaurante, mañana es la inauguración y... ¿estás de visita? ¿Te apetece ir a tomar un café? — La invitación del cocinero lo puso nervioso, pero tampoco tuvo opción de negarse. El rubio tiró de él a la salida sin hacer más preguntas y Naín estaba muy aturdido como para reaccionar apropiadamente, así que antes de poder darle un sentido al orden de acontecimientos, estaban en el local contiguo con una taza delante. — Estás muy callado, uno pensaría que te alegrarías de verme — dijo. Naín se encogió de hombros y miró su taza, cuyo amargo aroma bastaba para marearle.
— No es que no me alegre, es que es... algo inesperado, es todo — respondió, de nuevo reinando el silencio. El de ojos claros estiró la mano sobre la mesa y la puso sobre la ajena, pero el bajo la retiró en el instante que sintió el roce.
— No te pongas a la defensiva, nunca te he puesto un dedo encima — reprochó Gian. — ¿Sigues resentido? Eso explicaría por qué te ves tan mal, tienes que aprender a perdonar y tal, te tomas las cosas muy a pecho.
Naín siguió callado, así que el otro, tras suspirar, continuó hablando.
— Mira, entiendo eso de que te supiese mal y lo que quieras, pero éramos unos mocosos, y tienes que admitir que tú eres de todo menos fácil de tratar, solo yo te tenía paciencia y por eso te pasabas el día pegado a mí con tu piel de corderito, en algún momento ibas a enterarte.
— No empieces — amenazó el bajo.
— ¿O qué? — sonrió el otro. — Solo digo la verdad, no soy el malo, tú te montas unas películas taquilleras que flipas, pero la realidad es otra muy diferente.
Los instintos olvidados con el tiempo volvieron a él. La confianza que había tardado años en construir se reducía a cenizas a los pocos minutos de hablar con el chico y, en su silencio, recordó una astuta nariz cuyo café extrañaba. Deseó que, si su memoria era realmente tan poderosa, apareciese por la puerta que miraba, mas esa suerte se desvanecía cuando era requerida a su favor y fue el otro inclinándose quien se interpuso en su campo de visión hacia la puerta.
— ¿Esperas a alguien? — preguntó. Temiendo ser visto presa fácil, asintió. — No pensé que fueses a buscar más después de-
— Agradecería si te callas y lo dejas ahí — interrumpió el chico. Había tenido suficiente. Casi era hora de comer, aún estaba a tiempo de llegar a casa y tomar restos de la cena que Rayan probablemente habría preparado, y quizás se podía lanzar a su cama y molestarlo hasta que le diese una reprimenda sobre espacio personal y límites o, con suerte y solo gracias a la astuta nariz, terminasen durmiendo abrazados, una de dos, cualquiera útil, así que se puso en pie. Gian lo tomó de la muñeca y el tacto cálido le revolvió el estómago, zafándose de un manotazo.
— Odio cuando actúas como si te hubiese hecho algo imperdonable, eres un imbécil — bufó. — Allá tú y tus nuevos polvos, de todas formas, ambos sabemos cómo terminan.
— Estás siendo cruel — se quejó el bajo. Un hilo de debilidad se escurrió entre sus letras y Gian, que era para encontrar esas flaquezas cual sabueso, tiró de él.
— ¿Te lo parece? Tú has sido muy descortés conmigo, yo solo quería ponerme al día con un querido viejo amigo y mira cómo hemos terminado, no me parece muy justo por tu parte — respondió repentinamente afable. — No pretendas atacarme y que no te muerda de vuelta — dijo, y Naín, crédulo, manipulable, se sentó nuevamente. —Eso es, paso a paso, dame la mano — dijo tendiéndole la suya. Dubitativo, la tomó. — Siento que te haya sentado mal que reaccionase... ahora tú.
— Siento... haberme puesto a la defensiva — murmuró.
— Tengo que irme, seguro me están buscando — se excusó el visitante.
— No me irás a dejar plantado, ¿no? Escríbeles o algo y ya está. Así que, dime, ¿qué novedades cuentas? ¿Has venido con tu pareja? — indagó, Naín lo pensó un poco y asintió, quizás de esa forma, sabiendo que Gian no se tomaba bien que le dijesen que no, haría más clara la línea que no debía cruzar. — ¡Qué romántico, viaje de novios! Pero es bastante descuidado por su parte dejarte solo por ahí, menudo idiota. ¿Cómo se llama?
— Ray — respondió sin pensar, entonces intentó imaginar la cara que haría Rayan si se enterase de que él era la primera excusa que se la había ocurrido y se puso rojo de vergüenza.
— ¿Ray de Raymond? ¿De Rayan? ¿Rayco?
— ¿Qué clase de nombre es Rayco?
— Me gusta más que Raymond — río.
A partir de ahí la conversación fue relativamente tranquila. Aunque evitó contarle la mayoría de las cosas para mantenerlo al margen de su nueva vida, no había oportunidad de humillación sutil que Gian no obviase ni hilo del que no tirase, y el pelinegro había olvidado lo extenuante que era mantener una conversación con él sin saltar a la defensiva, calaba la autoestima, y es que esa era la forma del rubio teñido de amansar a sus objetivos. Pasaron las horas y Gian tenía que volver a dejar las cosas en el restaurante, Naín mintió de nuevo y dijo que se quedaría cerca, a lo que el cocinero no desaprovechó su oportunidad de resaltar lo incompetente que debía ser su novio al no llamar siquiera para ver si estaba bien, empero aún invitándolos a la inauguración. Allí se despidieron y cada uno marchó en una dirección opuesta tras darle Naín un número falso. Aún falto de sueño y con hambre, condujo de regreso y sin paradas hasta el terreno de los Bennett, no quería arriesgarse a encontrarse con otra pesadilla, pues no tendría energía para lidiar con ellas.
“Y si miras lo suficiente al abismo, el abismo también te mirará a ti.”
— Friedrich Nietzsche.
La sola idea de recomponer el cuerpo de un ser amado revolvía los intestinos de los miembros de la manada que, aún valientes, permanecían a las espaldas de su gastado líder a la espera de una orden que no llegaría. El viejo lobo estaba paralizado, preguntándose en silencio qué vidas debían ser las perdonadas. Pensó en los niños, en cómo una experiencia así les dejaría cicatrices permanentes y, ante las cuales, podrían preferir morir.
El bosque entero estaba bañado en la débil esencia del fallecido, pero la cabeza fue lo más fácil de encontrar por las glándulas de olor que aún estaban pegadas al cuello. Fue también lo más desagradable. Algunos vomitaron, cayeron, lloraron y los más cobardes huyeron antes de encontrar la segunda pieza. Tuvieron suerte de encontrar la cola, pero el tiempo perdido agonizando por la cabeza fue casi imposible de recuperar incluso con los minutos extra, aún así, las partes del cuerpo grotescamente desmembrado volvieron al torso entre llantos y vómitos. Después de eso reinó el silencio. La irritante risa del hombre sobre la roca se volvió demónicas carcajadas alimentadas por las aterradas pero expectantes miradas de la manada. Quedaban menos miembros, pero los relevantes para su factura seguían unidos, exacerbando su sed de sangre.
El perdón nunca fue algo que el sociópata contemplase y sus peones se daban cuenta tarde.
Dicen del bosque que fue abandonado por todo animal después de esa masacre, que la ira en las heridas mortales de sus víctimas era alimento de todo demonio de la naturaleza, que las hojas de los árboles nutridos por sus cadáveres arrastraban con el viento que las mecía los desgarradores chillidos de la masacre a la que, además de los desertores, solo uno sobrevivió. El desalmado cuerpo poseído por el espíritu de la venganza fue más abono para el lúgubre bosque. Tras matar a cada uno de los miembros que sembró su resentimiento, tras matar a su descendencia y la de aquellos que simpatizaron, asesinó a su líder. Se alzó victorioso el malherido asesino, ebrio en el breve placer de la venganza que nubló sus sentidos y, en pleno clímax, le degolló el superviviente.
Durante los eternos segundos entre la inflicción de la herida y la muerte, le golpeó la consciencia. El olor de su agresor era tan familiar que un borroso vistazo a su cara le dibujó la sonrisa con la que falleció, pues qué más dulce había que morir a manos del único que lloró su exilio, de su adorado hermano.
"El que pelee con monstruos habrá de tener cuidado, no sea que, de ese modo, se convierta en uno."
— Friedrich Nietzsche.
— ¿Qué crees que le falta? — preguntó el lobo rojo con lo que pareció una sonrisa, que sin serlo, esa mueca y la forma en que sus ojos se entrecerraban con desdén recordaron a una. — Está... un poco ligero, no veo las patas, o la cola... ¿y la cabeza? Quizás me los dejé por el camino... — se escuchó el eco de una risa ahogada rebotando en las copas de los árboles que delimitaban el claro, aquellas en las que poco antes piaban los pájaros conscientes del peligro que no se habían quedado a presenciar. Aún ajenos a la tragedia, le rodearon los miembros de la manada que atraídos por esa sensación de intranquilidad fueron al claro a encontrarse con su líder y, tras ver al recién llegado, lo acecharon ocultos tras los arbustos.
— Seis pedazos — exclamó, consciente de los que lo rodeaban — seis tiquetes de supervivencia. Si encontráis los seis pedazos perdonaré seis vidas. Las reglas son muy simples. Quien lo encuentra se lo queda, y una vez estén todas las piezas juntas, dejaré ir a los ganadores. ¿No soy generoso?
En ese momento, uno entre las sombras reconoció el pelaje y aroma débil de su hijo. Empujado por sus instintos se abalanzó sobre el lobo, pero fue una pelea sucia desde su comienzo, tanto el ataque por la espalda del miembro de la manada, como la repentina transformación sorpresa del asesino para tomar una estaca del suelo y erguirla en dirección al atacante de forma que, por su propia inercia, entregase el lomo al palo. Finalmente, la humillación que conllevó hacerlo a un lado a patadas. Aquella escena, sin embargo, instigó el miedo suficiente para matar el valor que otros reunían para un nuevo asalto, todos deseando cortarle el cuello y ninguno atreviéndose a dar el primer paso.
Una irrespetuosa carcajada reverberó en el silencio mientras el hombre se paseaba hacia una roca alta que sobresalía en medio de la pastura, haciendo de ella su trono.
— No me apetece quedarme aquí para siempre, tenéis una hora y cinco minutos más por cada pieza encontrada. Tic-tac.
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"Los hombres están más preparados para devolver un daño que un favor, porque la gratitud es una carga y la revancha un placer."
— Tacitus.
Dicen de la venganza que se sirve fría, y es que cuanto más se medita, más retorcida y oportuna llega, es un plato que se prepara con tanta anticipación que es imposible mantener el calor de la ofensa hasta el momento en el que es servido. La venganza es también la forma que toman los pecados al volver al ofensor, y el pesado mandoble con el que cargará una victima con el alma marchita. En el peor de los casos, la venganza es un dios. Un dios al que dedicar los latidos con obsesiva devoción, al que sacrificar el futuro con tal de degollar al pasado, un propósito para alguien cuya alma no sobrevivió al mal causado, mas cuyo cuerpo aún deambula bajo el mando del más puro resentimiento. Mal llamados supervivientes, son los lemmings camino al precipicio que esperan el momento para saltar.
Pero de esas personas con el alma vendida, pocas forman una familia, pocas son capaces de amar sin alma y concebir sin planes de vivir el futuro. El tres de febrero del dos mil, el desterrado se vuelve padre.
Tres años más tarde llega el momento. El aroma familiar de un extraño cosquillea la nariz del líder, y volviéndose a su brujo, comparten preocupaciones que no requieren ser expresadas en palabras. Esconden a los omegas, es tarde para reunir a alfas y betas. Los espinos son incapaces de retener por más tiempo a un lobo rojo que carga, enganchado entre sus fauces, a uno más pequeño. Los ojos claros resaltan contra su pelaje antes blanco, ahora sumergido en un grotesco y deliberado baño de sangre. Tuvo que acercarse para poderse distinguir que la criatura entre sus dientes no era más que un torso recientemente mutilado. Cuando el peso muerto cayó a tierra los ojos de los líderes lo acompañaron, reconociendo el aroma del joven que había sido presentado como alfa hacía menos de una semana, cuyas lunas eran más bien pocas. La agónica evolución de la desesperación vuelta ira en ojos del líder fue el consuelo que necesitó el intruso, pero dada su paciencia se merecía un premio, un par de lágrimas eran el aperitivo, una sola cabeza era una venganza cutre.
"Mucho de lo mejor de nosotros está vinculado al amor de nuestra familia, en la cual se funda la medida de nuestra estabilidad, porque dimensiona nuestro sentido de la lealtad."
— Haniel Long.
Los lazos de una familia son tan fuertes que pronto son más que tomarse de la mano, es el cruce de ramas de dos árboles que al ser separados inevitablemente se las arrancan el uno al otro, más aún, es la unión de carne y hueso hasta olvidar qué perteneció a quién y cuya separación será únicamente posible cortando indiscriminadamente un centro en el que, casi definitivamente, cada extremo perderá parte de sí, llevándose sin embargo la pieza ajena con la que cargará su pecho lo que dure el tiempo. Es un nivel de compenetración caro y doloroso al que todo ser vivo capaz de confiar ha sido condenado con su necesidad, y cuanto mayor la consciencia del individuo, mayor su castigo.
El 4 de febrero del año 1982 ocurre un exilio. Un joven lobo es acusado del asesinato de un cachorro, se reúnen los líderes para debatir su condena y, dada la naturaleza del delito y edad del delincuente, deciden que la muerte, sea por ser poco o por ser demasiado, no es el castigo apropiado. Así que, el mismo día que se tomó la decisión, se reunió un comité de despedida voluntario que consistía en las figuras de autoridad de la manada y los padres del cachorro, cuyo único consuelo tras la muerte de su hijo fué el terror en ojos del presunto asesino al ser arrastrado a los lindes del territorio. Los largos días y gélidas noches fueron una prueba constante a su determinación de seguir vivo y, con los años, levantarse se volvió un acto de rebeldía, una insumisión a su condena alimentada por el profundo rencor de un niño herido y abandonado.
— Te estoy haciendo un favor porque somos amigos. Las cosas se están poniendo feas aquí, feas del tipo que no se resolverán ni física ni políticamente — la mirada de advertencia del Coronel insinuaba que no era un tema del que pudiese hablar libremente. Incluso así, la sola insistencia en su oferta hacía saltar las alarmas de la Teniente Coronel. El hombre deslizó sobre la mesa un sobre sellado, empecinado con su ofrecimiento. — Naín, vuelve a casa con tus padres, date la oportunidad de conocer a tus hermanos.
La enfermera se mordió el interior de la mejilla para evitar soltar cualquier impertinencia a su superior, tomando el sobre a regañadientes para abrirlo y examinar su contenido. Un billete de ida a Bangkok. Por más que ansiaba ver a sus padres, aquella imperante, casi ordenante invitación le hacía sentir la impotencia de una expulsión. Procurando mantener la compostura, asintió, aún ponderando sus opciones en aquella ilusión de libre elección: huir, volver a casa y ver a sus padres, a su familia y _casi_ familia..., o quedarse, enfrentarse a esa nueva amenaza ni física ni política y probablemente morir ejerciendo en tierra de nadie.
— ¿Puedo... reportar mi respuesta mañana, señor? — replicó la joven, entre la espada y la pared. El militar la miraba con un deje paternal que expresaba con severidad, negando.
— Es una orden — finalizó, desviando su mirada a los papeles sobre su mesa. Ella, lenta para morderse la lengua, quiso protestar, interrumpida abruptamente por la definitiva de su superior. — La espera mañana el avión de carga en la primera pista a las cinco cero siete de la mañana, no he encontrado nada más cómodo y rápido. Recoja sus imprescindibles y pase la noche en el cuartel, la escoltarán a usted y al equipo de transporte biológico a la pista a las cuatro y cuarto. Ni un minuto más, ni un minuto menos, espero puntualidad. Puede retirarse. — En el dolor silencioso de la abrupta despedida, la chica ofreció su saludo marcial. — Teniente Coronel — llamó el militar. Naín, con la mano en el pomo, se volvió a verlo — su insignia... es una precaución. — Se llevó la mano al pecho, deshizo el broche identificativo y lo dejó sobre la mesa. Sin más intercambio de palabras y un gesto de mano de su superior, se marchó.
No tenía muchas pertenencias allí. A parte de su papel perfumado y sus cartas no se había permitido muchos lujos, y cómo podía, si cada día miraba a los ojos al hambre, a la angustia y al terror en todos y cada uno de sus pacientes. Los veía llegar, sufrir y marchar, bien de vuelta al campo o de regreso con su creador. Y ¿qué más podía hacer alguien por otra persona sino acompañarlo, tratar sus heridas y regalarle, como faro de luz, un pedacito de sí con la ciega esperanza de que les devolviese a los soldados mutilados, desquiciados y atormentados, un exiguo de humanidad? Todos esos pedacitos de sí que escapaban con sus pacientes a lo largo de días y noches de guardias los recuperaba escribiendo cartas a sus padres y a sus hermanos pequeños, y cómo no, leyendo sus respuestas una, y otra, y otra vez hasta recibir la siguiente. Guardó los dibujos que le llegaban junto a las cartas con devoción entre su ropa, vaciando su armario y descubriendo en el proceso, escondidas, atesoradas, cartas intercambiadas con menor frecuencia. Estaban guardardas en una caja de madera que con mucho esfuerzo conservaba el aroma de su remitente. Las guardó también en su maletín y lo cerró.
A las prontas cuatro de la mañana la enfermera estaba lista para partir con la cuadrilla que los escoltarían a ella y sus compañeros biólogos al avión rumbo a Bangkok. A las cuatro y cuarto marcharon a la pista y a las cinco cero siete estaban listos para despegar. Uno de los viajeros rebotaba el talón contra el suelo, sudaba y murmuraba, pero Naín, falta de empatía por su duelo, hizo la vista gorda y atribuyó la evidente ansiedad a vértigos propios del vuelo. Diez lúgubres horas más tarde anunciaban el aterrizaje en Bangkok. Naín, que había dormido algo pese al ruido y el traqueteo, despertó por los murmullos a su costado. En la misma posición que a la hora del despegue, seguía ansioso y sudoroso su compañero. Esta vez más reposada, más paciente y más empática, se inclinó, estirando la mano para alcanzar al chico.
— Disculpa... ¿estás bien? — Cuando su índice estuvo a punto de rozar la pierna inquieta, el individuo en cuestión alzó la vista y congeló a la chica en el acto. Los ojos rojos de la hiposfagma y un rostro pálido precedieron un repentio salto en su dirección que, de no ser detenido por las cuerdas que le ataban al asiento, hubiese terminado en una escena mucho más difícil de controlar de lo que ya lo era aquella. El sudor caía por su rostro en forma de gotas espesas que resaltaban las fracciones famélicas del hombre rabioso, sus labios mordisqueados hasta sangrar por dientes podridos y sus temblores nerviosos anunciaban violencia contenida, era un hombre luchando contra instintos más fuertes que su razón. Tardó un poco en intervenir alguien, otro chico que justificaba su actuar diciendo cosas como "aún razona" y "nos reconoce", pero lo único en lo que podía pensar la chica era en a qué coño se referiría con "aún", y en qué clase de avión se había metido. En ese momento las ruedas tocaron el suelo y todos saltaron en sus asientos por el propio aterrizaje, lo que bastó para aflojar ligeramente los pobremente atados nudos que aún lograban contener al ser a su derecha, y tal como se detuvo el vehículo, Naín se pegó a la puerta maleta en mano. Por algún motivo el defensor del enfermo aún intentaba justificar sus acciones, dispuesto incluso a acercarse a él para calmar el más que evidente terror expresado por los ojos de la enfermera. El defensor se puso en pie, acercándose al bicho mal atado y rodeándolo con ambos brazos. Justo cuando quiso dar su discurso, el enfermo atacó. Se lanzó al cuello y, probada la primera gota de sangre, cualquier resistencia moral se disipó, entregándole las riendas completa y definitivamente a lo que fuere que le empujase a cometer tales violencias. La puerta se abrió con los gritos de pánico y la chica casi rueda escaleras abajo, corriendo hacia el edificio como si un bloque de cemento adornado pudiese protegerla de una bestialidad así.
Después de ese primer encuentro, los ataques no hicieron más que escalar en número y brutalidad. El pueblo que esperaba poder reguardarse en el ala justa y poderosa de su gobierno se vio sacudido por una desesperante realidad, que aquella jerarquía de poder y orden era una ilusión humana, frágil e insostenible, que se desvanecía al hacer frente a la más mínima tribulación. Finalmente, el pueblo entendió que aquel era, pues, el éxodo.