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✩ ݁ baco — investiga !
﹙잘... · 𝑓#*%!﹚
"El lugar donde amamos es nuestro hogar. El hogar que nuestros pies pueden dejar, pero nuestros corazones no."
— Oliver Wendell Holmes.
El eco de los instrumentos chocando contra la bandeja de acero inoxidable reverberó en el casi vacío sótano previo a que el mal teñido apoyase la espalda contra la pared y se dejase caer sentado en el suelo, exhalando un prolongado y cargado suspiro que pretendía liberar la tensión de siete horas bajo la luz blanca. Le ardían los ojos de tal forma que cerrarlos no aliviaba la molestia, y en sus párpados permanecía tallada la figura podrida y descompuesta de su sujeto de pruebas. Aquella tortura le había acostumbrado a mendigar la breve satisfacción de sus pequeños avances antes de sentir más hambre, pero siete horas eran un exceso para todo ser vivo, más aún, dos horas respirando esa peste a podre podían volver loco a cualquiera, y Baco no era ningún superhumano. Le afectaba, mental y físicamente, pero si no soñaba con hipótesis nuevas y pasaba las horas despierto encerrado en las únicas cuatro paredes que le permitirían o no probarlas, le costaba justificar su supervivencia. Cuando el bicho que llevaba ya tres semanas atado en la misma mesa produjo uno de aquellos sonidos guturales suyos, el vivo supo que no soportaría otros diez minutos sin cuestinar su propia cordura. Se puso en pié, tomó los instrumentos usados y los dejó en un cubo. Se le acababa el desinfectante y aún tenía que hacer algunos recados para Margot.
Ya escaleras arriba escuchó la voz de Naín que hablaba de salir. Si bien su compañero de charla había desaparecido para cuando Baco apareció, Naín le saludó, le ofreció una sonrisa e invitó a salir con ella a buscar víveres y contribuir –escasa pero necesariamente– a la labor de los exploradores para el reabastecimiento después de haberse limitado las salidas tras el aún reciente ataque. La excusa perfecta para respirar, así que accedió. Ambos tomaron lo que necesitarían; Baco con su bate y Naín con su Glock y su cesta de mimbre, encontrándose ambos en la protegida entrada con el compromiso de volver en un máximo de hora y media, ella a su pequeño huerto y él a su sótano, probablemente, aunque fuese solo para limpiar sus instrumentos.
*
Pasada la hora de expedición y cada uno cargando con un par de bolsas llenas de provisiones, estuvieron de acuerdo con que era hora de regresar. Naín le contaba lo especialmente feliz que estaba por no haberse encontrado ninguna desgracia, cómo eso la motivaría a salir más seguido y el buen trabajo que hacían los exploradores al mantener un perímetro seguro.
— ¡Mira! — dijo ella, a la vez que caminaba, mirando el interior de su cesta de mimbre. — ¡Había semillas de calabaza! Qué pena no haberlas encontrado antes, podríamos haber tenido decoración de Halloween, pero las cremas que sacaremos de aquí... ¡Hmmmm~! Me da hambre pensarlo.
Baco, aunque la escuchaba, procuraba estar alerta por los dos, así que cuando el ya familiar aroma a podredumbre acarició sutilmente su nariz, se detuvo en seco. No estaban muy lejos de la base, pero ninguno de los dos podía correr más de diez minutos seguidos a toda velocidad con lo que llevaban encima, quince si soltaban las cosas, y aún así se quedarían cortos. La opción B era esperar una oportunidad, localizar al bicho, acechar y atacar, acabar con la amenaza antes de que la amenaza tuviese oportunidad de acabar con ellos, y la segunda era la opción más sensata. Así que acecharon, protegidos por los arbustos que delimitaban el claro. La chica, ahora callada, había empezado a mirar a su alrededor, por lo que señaló silenciosamente hacia el origen de la peste.
Una maraña de pelos azabache antaño láceos era ahora hogar de insectos carroñeros de todo tipo, con ropas rasgadas y un aspecto difícilmente reconocible, deambulaba por las proximidades sin pista alguna del escondite de los vivos. Baco era aún incapaz de verla, pero el dispar sonido de las zapatillas arrastradas contra el suelo a cada paso delataban la identidad de la difunta. Poseído por la peligrosísima familiaridad, el chico se puso en pié, y sus ojos, desbordantes de sorpresa, gotearon desesperación. Durante dos segundos fue incapaz de emitir palabra, sonido incluso, pero cuando el nudo en su garganta le permitió tomar aire, Ilya se apresuró en soltarlo en forma de reclamo.
— ¿Lí...? ¿Lía...? — balbuceaba el investigador.
Pese a la aplastante lógica, lo traicionó el sentimiento. El ente se detuvo en seco y el hombre sintió cómo su compañera tiraba de su brazo para devolverlo al escondite, pues, tras su hallazgo, no contemplaba la opción de huir. La tetricidad con la que el bicho se giraba hacia ellos sobrevolaba la cabeza del mal teñido y mientras este avanzó al claro, donde pudo corroborar sus sospechas. Los fragmentos de sus memorias más preciadas reconstruían las fracciones consumidas por la pólvora en un delirio fruto del duelo jamás pasado, tan así que, si le preguntaban, Baco juraría que Lía le sonreía. Y calló de rodillas. El muerto cojeaba, tenía un tiro en una de sus piernas que ralentizaba su marcha y otro escopetazo en la cara que había acabado completamente con su olfato y parcialmente con su audición, lo justo como para seguir en el trance patológico, y, aún así, el hombre la reconocía.
— Baco... échate para atrás, como se acerque más te juro que le voy a disparar — dijo su compañera desde la retaguardia. Al girarse Baco y ver el arma se interpuso en el trayecto de la bala.
— ¿Qué coño estás haciendo? — le recriminó. Por la forma extraña en la que los ojos de Baco atravesaban las intenciones de Naín, era evidente que su calma tenía un temporizador y que, si no actuaba con celeridad, la explosión de sus emociones se la comería entera.
— ¡MAX! ¡MAAAAAX! — el llamado fué interrumido por el inevitable disparo en consecuencia al forcejo tras avalanzarse Baco y un chillido agonizante de la chica, cuya mano izquierda sangraba de uno de sus costados.
Indiferente a las heridas causadas presionó su mano contra la boca ajena y empujó la cabeza de Naín al suelo tapando sus fosas nasales en el proceso de forma que poco a poco la chica perdía fuerza para patalear. En el momento que parecía dejar de pelear, un tirón oportuno –o inoportuno, según quién y cuándo se cuente la historia– liberó la presión ejercida sobre la boca de la joven. La distancia conseguida entre ambos por una tercera persona, un salvador y antagonista al mismo tiempo, fue la justa como para descolocar al agresor, ahora puesto contra un árbol. Fué cateado y registrado hasta ser descartado como una amenaza y posteriormente inmovilizado. Entonces, con la cara contra la tierra en un desesperado intento de recuperarse, escuchó un segundo disparo.
Los pájaros que aún no se habían ido volaron despavoridos lejos de allí, llevándose con ellos los escasos gramos de fuerza que aún le permitían a Baco pelear. Solo giró la cabeza, viendo en el suelo del reducido prado el cuerpo descompuesto y cubierto el torso del cadáver definitivo por una espantosa camiseta negra en la que, pese a los jirones, se apreciaban fragmentos reminiscentes del cutre estampado que alguna vez lució. Ecos en su cabeza reproducían las palabras de Lía cuando le fue ofrecida la prenda, la melodia agridulce de sus carcajadas, y Baco cerró los ojos, regando el prado silencioso con las saladas aguas del luto.
*
Habiendo vuelto y ya ambos tratados en la porción del edificio destinada a la salud, Baco observaba a través de la ventana, buscando tras las gotas de lluvia que forzaban a todos a encontrar refugio el punto más lejano que pudiesen alcanzar sus ojos.
— Siento lo de tu mano — rompió el silencio.
— ¿La conocías...? Es decir, sí, pero, ¿qué... clase de relación? — interrumpió la chica, en cuya ausencia de respuesta ofrecía el perdón del olvido. Baco calló durante unos segundos y sus labios temblaron, como si quisese emitir una respuesta pero, sobrecogido por la intensidad del sentimiento, se cohibiese.
— Habla de ella sobre mi tumba y observa cómo crecen las flores — dijo el chico que, aún mirando por la ventana, era incapaz de responder con algo tan sencillo como un sí o un no, como un "amigos", pues la superficialidad de tal respuesta jamás justificaría una reacción tan primitiva y desesperada como la que había tenido.
Aquella fué la primera vez que Baco admitía el sentimiento en voz alta; frente a otra persona, y Lía muerta. Verdaderamente, lo que más le dolía no era quererla, sino la consciencia de que, repetida la historia, aún pisaría los mismos prados y aún callaría los mismos suspiros, y porque amarla en silencio fué su expresión de amor más sincera, esperaría que la muerte fuese más gentil de lo que había sido la vida, consciente de que en ninguna otra estaría tan cerca de amarla como en esta.
Tras un breve silencio, continuó.
— "Los rayos del sol que durante un instante habían logrado atravesar las nubes, desaparecieron, y todo se hizo negro a mi alrededor. La perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como realmente soy ahora, quince años después, como un hombre envejecido, viviendo en el mismo cuarto, tan solo como antes [...]" — frente al silencio que volvía a arroparlos, el chico giró la cabeza, mirando a Naín. — Fiódor Dostoyevski.
— Noches blancas, lo sé — complementó ella, luego añadió. — Las nubes pasarán, Baco, hay gente que te acompañará y cuando te quieras dar cuenta verás que el sol brilla más que antes, nos tienes a papá, a mamá y a mí, y seguramente a más personas bajo el mismo techo... solo tienes que dejarte alcanzar.
Baco se levantó de la camilla, corriendo la tela que hacía las de biombo de un gesto violento y simultáneamente contenido, y aún se dirigió a ella una última vez.
— El único camino a la felicidad que existe para mí baja al infierno, Naín, no hay nada para mí en este mundo. Solo sentiré paz cuando mis huesos hastiados sean descompuestos por los gusanos — se sentenció.
Después del incidente sus conversaciones fueron siempre breves y puramente cordiales. La desesperación que envolvía a Baco era desconocida para Naín, y la culpa que le pesaba al hombre por el daño hecho era más grande que su habilidad comunicativa, así que, hasta que un destino caprichoso quisiese mayor proximidad, se construyeron paredes entre ellos que no podrían derribar.










