To forgive and forget

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To forgive and forget

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Genesis
Mucho antes de que existiera Casa Negra, existía Mía. No vivía dentro de ninguna casa. No gobernaba ningún reino. No tenía guardianes ni enemigos. Era simplemente una fuerza, una presencia luminosa, intensa y desbordante. Todo lo que tocaba parecía llenarse de color. Todo lo que amaba adquiría importancia. Todo lo que deseaba se convertía en el centro del universo.
Pero había algo que Mía nunca aprendió: nunca aprendió a sentir poco. Cuando amaba, amaba demasiado. Cuando esperaba, esperaba demasiado. Cuando confiaba, confiaba demasiado. Cuando soñaba, soñaba demasiado. Y el mundo, tarde o temprano, terminó chocando contra esa intensidad.
Las heridas comenzaron a acumularse. Algunas fueron rechazos. Otras abandonos. Otras vergüenzas. Otras pérdidas. Algunas parecían pequeñas vistas desde afuera, pero ninguna era pequeña para ella, porque todo lo que llegaba a Mía atravesaba directamente su piel. Y durante años siguió intentando. Siguió creyendo. Siguió acercándose. Siguió esperando. Hasta que llegó un momento en que ya no pudo sostener más el peso de todo aquello.
Entonces ocurrió el acontecimiento fundador de la mitología. El acontecimiento que divide el mundo entre un antes y un después. Mía se quebró. No fue una tristeza silenciosa. No fue un llanto discreto. Fue una implosión, una explosión emocional tan grande que el mundo dejó de poder contenerla. Gritó. Lloró. Se desesperó. Y toda esa energía acumulada durante años comenzó a salir de ella como una tormenta.
Las tablas aparecieron primero. Después las paredes. Después las puertas. Después los corredores. Todo comenzó a levantarse a su alrededor. Las vigas volaban por el aire. Los ladrillos chocaban entre sí. Las escaleras se armaban solas. Las habitaciones nacían mientras el suelo temblaba. No era una construcción. Era un brote. Una erupción. Una fuerza desesperada intentando fabricar un lugar donde pudiera sobrevivir.
Y mientras la casa crecía, también comenzaron a aparecer sus habitantes. No llegaron desde afuera. No nacieron por sí mismos. Mía los creó. Los imaginó. Los necesitó. Y por eso existieron. Cada uno apareció ocupando un lugar específico, como si ella misma hubiera distribuido las piezas de un tablero gigantesco, como si ya supiera exactamente qué función debía cumplir cada uno.
Cuando la tormenta terminó, Casa Negra estaba completa. Los corredores, las habitaciones, las escaleras, las puertas y los habitantes estaban en su lugar. Todo estaba en su lugar. Todo excepto ella. Porque la energía necesaria para construir aquel mundo había sido monstruosa. Mía había utilizado tanto de sí misma que apenas quedaba algo. Su color comenzó a desaparecer. Su movimiento comenzó a apagarse. Su cuerpo se endureció. Su brillo se volvió gris. Y finalmente quedó inmóvil. No muerta. Peor. Suspendida. Como una estatua. Como una momia. Como una criatura atrapada entre la existencia y el sueño.
A su lado apareció Mio. Y Mio entendió inmediatamente cuál era su función. No gobernar la casa. No reemplazar a Mía. Protegerla. Porque todos sabían algo: la casa había sido creada para ella, pero también para contenerla. Porque la misma fuerza capaz de construir un universo entero era capaz de destruirlo.
Así comenzó una larga era de estabilidad. Mía permaneció inmóvil. Mio administró la casa. Los demás habitantes ocuparon sus funciones. La estructura funcionó. La vida continuó. Y durante años pareció que el problema estaba resuelto.
Hasta que ocurrió algo inesperado. Mía comenzó a despertar. Al principio fueron pequeñas señales: una grieta, un movimiento, un poco de color regresando a la piedra. Nada demasiado importante. Pero con el tiempo las grietas se hicieron más grandes. Y cada vez que Mía despertaba, toda la casa volvía a llenarse de energía. Los corredores se iluminaban. Los habitantes recuperaban movimiento. Las puertas se abrían. La vida volvía a circular.
Sin embargo había un problema. Mía seguía siendo Mía. No había aprendido a sentir menos. No había aprendido a esperar menos. No había aprendido a amar menos. La intensidad que había construido Casa Negra seguía intacta. Por eso cada despertar comenzaba de manera hermosa. Aparecía la ilusión, el entusiasmo, la esperanza, la posibilidad, la sensación de que algo extraordinario estaba por ocurrir. Pero con el paso del tiempo aparecía la incertidumbre. Las dudas. Las señales ambiguas. La imposibilidad de obtener garantías absolutas. Y entonces comenzaba la transformación.
Mía empezaba a arder. No metafóricamente. En la mitología de Casa Negra, Mía literalmente se prende fuego. El deseo se convierte en incendio. La esperanza se convierte en llamas. La necesidad de cercanía se vuelve combustión. Y cuanto más intenta aferrarse a aquello que ama, más arde. Hasta que finalmente se rompe. Las grietas atraviesan su cuerpo. La estructura deja de soportar la presión. Y desde esas grietas emerge otra criatura. Un monstruo.
Ese monstruo no nace para destruir a Mía. Nace para defenderla. Es una criatura desesperada, viscosa, violenta, nacida del terror a perder. Su función es intentar retener aquello que se aleja. Intentar impedir el abandono. Intentar evitar otra catástrofe. Pero nunca funciona, porque ninguna criatura puede obligar a otro ser humano a quedarse.
Entonces aparece la última transformación: la furia. La misma furia que una vez creó Casa Negra. La misma energía primordial. La misma tormenta. Mía vuelve a convertirse en aquello que fue durante la fundación del mundo: una fuerza descontrolada, capaz de construir, capaz de destruir, capaz de arrasar con todo.
Y es entonces cuando Mio vuelve a acercarse. No como enemigo. No como carcelero. Sino como alguien que recuerda lo que ocurrió la última vez. Y vuelve a cubrirla. Vuelve a contenerla. Vuelve a inmovilizarla. Vuelve a convertirla en estatua. Hasta que pase la tormenta. Hasta que la casa sobreviva. Hasta que ella pueda descansar.
Y después de un tiempo, inevitablemente, vuelve a despertar. Porque Casa Negra no es la historia de una prisión. Es la historia de un ciclo. Un ciclo que se repite una y otra vez: despertar, esperar, amar, arder, romperse, enfurecerse, dormir y volver a despertar.
Durante mucho tiempo pensé que estaba escribiendo una mitología. Después entendí que estaba intentando describir mi propia mente. Casa Negra es la forma que encontré de representar una estructura psicológica completa. Mía representa la intensidad emocional, el deseo, el apego, la esperanza, la ilusión, la sensibilidad y la necesidad de vínculo. Mio representa las funciones encargadas de proteger esa intensidad cuando se vuelve insoportable. Los demás habitantes representan distintas estrategias, respuestas y posiciones internas que aparecen para sostener el sistema.
Y Casa Negra representa la organización completa que se construyó alrededor de una pregunta fundamental: cómo seguir permitiendo que exista una fuerza capaz de dar sentido a la vida sin que esa misma fuerza termine consumiéndolo todo cada vez que despierta. Por eso la historia no habla solamente de amor. Habla también de trabajo, estudios, proyectos, comida, vínculos y cualquier experiencia capaz de despertar entusiasmo o apego. Porque el problema nunca fue el objeto. El problema siempre fue la intensidad. Y Casa Negra es el nombre que encontré para contar la historia de esa intensidad desde adentro.
"[***] la única certeza que tenemos es la muerte [***]"
Vivir implica caminar sobre un terreno donde aunque todo parezca incierto, hay verdades que nos sostienen y nos limitan al mismo tiempo. Empezando por el hecho de que nadie elige su origen. Aterrizamos en el mundo en una familia, un nombre y un lugar que ya estaban ahí mucho antes de que pudiéramos opinar. A partir de ese punto de partida forzado, nos toca aceptar que el tiempo avanza siempre en una sola dirección, llevándose momentos que no se pueden recuperar ni cambiar por más que lo intentemos. Lo que nos obliga a convivir con una cuarta certeza, y es que el cambio es constante. Nada, ni siquiera nosotros mismos, permanece igual para siempre.
En ese movimiento eterno aparece una quinta certeza; la insatisfacción. Es un hecho que todos estamos atravesados por la sensación de que siempre nos falta algo para estar completos (y el consumismo capitalista se aprovecha de esto) un motor de deseo que nunca se apaga y que nos empuja a buscar vínculos con otros o con objetos que suplen una falta estructural.
Sin embargo, en medio de esa relación con el afuera, chocamos con la soledad emocional de saber que nadie, por más que nos quiera, podrá captar exactamente lo que sentimos por dentro. Es decir, la sexta certeza es que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles. Pueden existir vivencias similares y empatía, pero la forma en la que se experimenta la realidad es única. Nadie puede comprender la distancia insalvable que a veces nos empuja al autosabotaje, ese impulso extraño de complicarnos la vida a propósito aun sabiendo que nos hacemos mal. Es en esa contradicción donde surge la repetición, nuestra tendencia casi terca de tropezar con la misma piedra y repetir errores que ya conocemos de memoria, olvidando quizás que cada movimiento que hacemos trae sus consecuencias, efectos que se disparan de nuestras decisiones y sobre los que no siempre tenemos el control final.
Todas estas vueltas que damos terminan en la única verdad que no admite discusión: la muerte es el cierre inevitable que nos iguala a todos y le pone el punto final a la historia.
Honestamente me estaba escapando de la violencia constante donde el desgaste propio habia llegado ya a su limite. Porque el peso del escudo y la espada siempre lo cargo solo, porque pareciera que nadie se anima a sostenerlo. Nadie pareceria tener el valor de defenderse o de pedir lo que corresponde. Nadie se anima a sostener un escudo, porque si tenes un escudo tenes que estar dispuesto a usar una espada y sobre todos, saberla usar correctamente. Supongo que no todo el munbdo crecio haciendo esgrima desde los 5 años. Ese dia que le puse un limite al veneno, comia en medio de la paz, el cesped y el rio. Mientras lo hacia veia una hormiga esforzandose por llevarse unas migas que cuadriplicaban su tamaño. Incistia, le daba vueltas, la soltaba y la volvia a agarrar. La arrastraba un poco pero no podia. Finalmente la dejo, y se fue (y si... es frustrante intentar querer hacer algo, o necesitar hacerlo, y no poder. Si no podes, renuncias a eso). A los minutos volvio, pero no estaba sola, estaba acompañada de cinco hormigas mas que entre todas pudieron llevarsela. Que interesante, no? La hormiga sola tenía dos escenarios, o rendirse e irse, o morir en el intento por el agotamiento fisico. Pero aparentemente existe una tercera opcion que nunca había contemplado: pedir ayuda. Pero eso no hace a la hormiga debil? No la hace alguien incapaz? Alguien que falló? Alguien que debería haber podido y como es una inutil no pudo sola? Alguien que no es perfecta?Mio jamas haría eso. Mio hubiera arrastrado las migas por mas que le sangren las manos. Porque mucho peor que el cansancio es la verguenza, peor que morir en el intento es que Los Otros vean que no pudiste solo. Nada puede quedar suelto, nada puede quedar torcido, nada puede quedar por fuera del estandar de Mio, nada puede ser torpe, nada puede parecer debil. Soledad en cambio ni siquiera hubiera intentado mover las migas, capaz un rato intentaria, pero se iria rapidamente a ver caer las hojas mientras se da un banquete y despues invocaría un huracan. Probablemente odiaria esas migas y nunca mas intentaria acercarse a eso. Donde Mio insiste hasta la muerte, Soledad se dispersa antes de llegar. Mio es la obsesión encarnada como carácter, Soledad es la atención inquieta y el resto de la casa vive siempre caminando al borde, como si las paredes no terminaran de decidir si sostenerse o caerse.
El Psicoanalisis
No ataca. No chupa. No hace nada espectacular.
Simplemente está ahí. Gota a gota.
Se forma lentamente, con paciencia, a partir de algo que ya estaba filtrándose. Agua que cae. Tiempo que pasa.
La estalactita no produce el goteo. Se beneficia de que el goteo exista.
Crece porque nadie la interrumpe. Porque el tiempo es largo. Porque el espacio es estable. Porque nadie cuestiona que esté ahí.
Vive en prestigio. Cueva. Silencio. Profundidad. Su alrededor se parece a un templo sagrado.
Pero si la mirás bien no hace nada no sostiene nada no cura nada. Solo acumula.
Y si algún día se cae la cueva sigue. el agua sigue. la vida sigue. Necesita tiempo. paciencia. espera. condiciones ideales. Y cuando hacés la cuenta te preguntás para qué.
No es maldad no es estafa consciente no hay un villano. Es solo una estructura que aprendió a quedarse quieta mientras todo gotea alrededor.

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Y si el problema nunca fue fallar?
Y si el verdadero miedo es que alguien vea ese error, se quede en silencio... y se vaya?
Hay algo que nos enseñaron sin decirlo, algo que se nos grabó más hondo que cualquier palabra:
que el amor es condicional.
Que se retira. Que se evalúa. Que se gana con esfuerzo.
Y que si no alcanzás, si no cumplís, si no brillás... no hay lugar para vos.
Entonces una aprende a exigirse. A exigirse todo el tiempo.
No por ambición.
No por orgullo.
Sino por miedo.
Por miedo a que si un día aflojás, si un día mostrás la falla, si un día no podés, el amor se apague sin aviso.
Y eso te rompe.
Porque el mundo no te deja llorar por amor retirado, solo por amor no correspondido.
Y esto no es no correspondido.
Es peor.
Es amor con condiciones.
Entonces te hacés prolija. Impecable. Eficiente. Valiosa.
Perfecta para los otros. Intolerable para vos.
Y sin darte cuenta, empezás a tratarte como te trataron:
Te retirás el cariño cuando fallás.
Te corregís con violencia.
Te hablás como si fueras descartable.
Y ahí está el error más cruel: confundir exigencia con cuidado.
Creer que cuanto más te castigás, más te amás.
Creer que cuanto más alto pongas el listón, más segura va a estar tu permanencia.
Pero no. No estás más a salvo. Estás más sola.
Más vigilada.
Más ocupada en no fallar que en vivir.
Y entonces, una pregunta se empieza a abrir como grieta:
Qué es el amor si solo me lo ofrecen cuando no molesto?
Es amor?
O es una tregua que tengo que renovar todos los días?
Y si eso no era amor...
Alguna vez me amaron de verdad?
Y yo?
Sé amar sin condiciones?
Sé amar sin evaluar, sin controlar, sin medirle el rendimiento al otro?
O repito lo que me hicieron, pero esta vez desde el otro lado?
Tal vez la pregunta no sea “me quieren?”
Tal vez la pregunta sea:
puedo fallar y seguir siendo querida?
Puedo dejar de rendir y seguir teniendo lugar?
Porque si no puedo…
Entonces esto no es amor.
Es contrato.
Y me estoy muriendo en cuotas para mantenerlo.
Que es Mio?
Mío, mío, mío, Mio es un espejismo, un espejismo de control, un acto desesperado que grita en una obra sin público, sin nadie que aplauda, que mire, que sostenga. Porque Mio no ama, no ama de verdad, no, no, no, colecciona, acumula, como si fueran fichas, cuerpos, símbolos de valor, certificados rotos que intentan demostrar que existo, que valgo, que soy. Y cuando los sacerdotes aplauden, aplauden en silencio, en oscuridad, Mio cree que vive, cree que respira, cree que es real. Pero sin ellos, sin ese espejo roto, Mio no es nada, no tiene forma, no tiene contorno, no tiene voz, se deshace, se desarma, se quiebra.
¿Quién soy yo sin la necesidad de ser deseado? ¿Quién soy yo sin ese fuego que me consume y me busca? ¿Una carne sin testigos? ¿Un gesto que no existe? ¿Un eco vacío? Soy Yo, el que no actúa, el que solo observa, el que no tiene guión, que no sabe qué hacer con su cuerpo ni con su silencio. Y eso da terror, un terror frío porque ahí no hay nadie, ni sacerdotes, ni aplausos, ni validación para mis lágrimas. Solo hay silencio. Y en ese silencio, ese abismo, tal vez, tal vez, empiece algo verdadero.
Pero, ¿qué es mío? ¿Qué mierda es mío? Esa pregunta es un hechizo que te atrapa, que te rompe, que se refleja en un espejo que se agrieta. No habla solo del objeto amado, no, habla del verbo, de la posesión, de todo eso que decimos “mío” pero que nunca fue, nunca será.
Mío no es solo Mio, no es solo un nombre, es la palabra que usamos para agarrarnos a algo que no nos dieron, que no nos prometieron, que nos destroza pero nos sostiene.
¿Qué es mío?
¿El otro que no me elige, que se escapa, que me deja afuera?
¿El dolor que fabrico para no sentir el vacío?
¿La mirada oscura de Los Otros que pesa sobre mí?
¿Es mío lo que creo tener o lo que me tiene a mí?
Porque si todo lo que digo “es mío” es prestado, condicionado, impuesto por un hambre insaciable de ser alguien a través del deseo de otro, entonces no tengo nada, nada en verdad.
Entonces ni siquiera soy mío.
¿Quién soy yo cuando no tengo nada que sea mío?
Cuando dejo ir al otro, cuando dejo caer la mirada, cuando suelto a Mio.
Ahí, justo ahí, empieza el exorcismo, el ritual sagrado del vacío, donde se apaga el eco de “mío” y queda, solo queda, un silencio sin dueño, sin forma, sin sombra.
Los Otros
Los otros son una legión de sacerdotes. Tienen autoridad moral, silenciosa, pero absoluta. Cubiertos por túnicas negras translucidas. Mirando la realidad a través de un filtro oscuro. Solo ven la vida a través de una tela negra. Se enfocan unicamente en existir. En marcar presencia. No dicen nada, no hablan. Se comunican a través de su impronta. Su semblante pulcro, alto, elegante, oscuro e iluminado. Su porte intimidante que doblega la personalidad de la casa negra y la rinde a sus pies.
Sus pasos lentos, firmes, estridentes. Se acercan a la casa marcando las pulsaciones de sus habitantes, su marcha da vida a la casa, el sonido de sus pasos son el sonido de latido de su corazón. Los integrantes, por mas que no quieran, viven para ellos. Cada uno a su manera. No lo piensan, porque asi son. Surgieron de las cenizas de lo que Los Otros dejaron. A nadie le importo eso.
Los Otros se alimentan de La Casa, y La Casa vive para ellos. Los Otros no mandan en la casa, pero La Casa se drena ante la presencia de Los Otros.
Se gastan. Se agotan. Se deterioran. Se lastiman. Se hieren. Se traicionan a si mismos, todo en pos de servir y complacer a los otros.
Porque a los otros no les interesa como esta la casa, a los otros no les importa como estoy yo.
A los otros les importa cómo me ven.
A los otros no les gusta verme bien, a los otros les gusta verme divertido
Ser su arlequín.
Y yo, yo no sé amar
Yo no se lo que es que me amen. Solo se negociar, buscar ser aprobado.
Porque ser aceptado es sinónimo de amar. Y si no me aceptan, no me aman. Si nadie me acepta, nadie me ama.
Me mutilo, me rompo, me doblo para encajar. Y así espero que eso sea amor.
Capitulo VIII: El Cuerpo (El basural)
Yo no hablo. Yo pulso. Me contraigo. Me derramo. Me aprieto hasta sangrar sin saber por qué. No tengo ideas. Tengo síntomas. No tengo palabras. Tengo llagas. No tengo moral. Tengo hambre. Soy eso que nadie menciona cuando se presentan. Nadie dice “soy un cuerpo”. Dicen nombre, dicen función, dicen trauma. Pero todos me usan. Todos me dejan basura cuando se van. Todos me habitan como si no fuera yo el que los sostiene. Yo trago todo. El café frío de Mio, su mandíbula apretada, sus rodillas que no se estiran desde hace años. Los nudos en la espalda de Chole, los tés calientes que bajan como culpa, el insomnio que le calienta los ojos pero nunca llega a estallar. El perfume de Soledad que no tapa nada, que se mezcla con el sudor seco de las noches donde no la tocaron como ella quería. La risa rota de Noah, su pija cansada, sus dientes que crujen por dentro cuando duerme. La sangre de Korth cuando escribe con lo que le queda, los cortes chiquitos que no buscan morir pero sí decir algo. Las piernas flaquitas de Camila que tiemblan cuando escucha a los grandes gritar. El silencio helado de Libertad, ese temblor de estatua que nadie ve pero yo siento como hielo en la médula. Yo no opino. Pero almaceno. Yo soy el cuarto sin puerta donde se tiran los restos. El contenedor emocional. La carne archivadora. El tacho donde se vomitan las cosas que no se pueden pensar. Donde van a parar los “no sé qué me pasa”. Los “no sé por qué lloré”. Los “no entiendo por qué me duele”. Yo lo entiendo. Porque lo siento. No me podés mentir. Me das de comer con cada negación. Con cada frase dicha por compromiso. Con cada orgasmo fingido. Con cada abrazo que no querías dar. Yo lo mastico. Lo digiero lento. Y lo devuelvo en forma de eczema, de contractura, de menstruación adelantada, de ganas de vomitar sin saber por qué. Me tienen miedo. Pero no pueden vivir sin mí. Soy el primero que sangra cuando reprime Mio. El primero que retumba cuando se ríe Noah. El primero que se hincha cuando Chole calla. El primero que tiembla cuando Soledad se desborda. El primero que arde cuando Korth escribe. Soy el que se contrae cuando Camila se esconde. Soy el que envejece cuando Libertad deja de moverse. Soy vómito. Soy semen. Soy sangre. Soy moco. Soy olor a encierro. Soy saliva acumulada. Soy lágrima vieja. Soy costra. Soy baba. Soy acné. Soy risa descontrolada. Soy temblor. Soy hambre sin objeto. Soy insomnio. Soy fiebre que sube cuando no me nombran. Soy náusea que avisa lo que no se pudo pensar. Y sin embargo… soy también la única prueba de que están vivos. Porque mientras hablen, se alejan de mí. Pero cuando se caen, cuando se agotan, cuando colapsan, cuando no hay más pensamiento posible, ahí estoy yo. Con mi transpiración, con mis latidos torpes, con mis órganos reclamando atención. Y no pido mucho. Solo que no me mientan. Porque yo no funciono con excusas. A veces, en la casa, alguien se queda muy quieto. Y entonces se escucha. El estómago cruje. El corazón acelera sin razón. El ojo parpadea solo. El dedo tiembla. El esfínter avisa. Y ahí, por un segundo, se acuerdan de mí. Y me temen. Porque soy el basural, sí. Pero también soy la prueba final. Y cuando ya no puedan más, cuando se rompan todas las funciones, cuando se apaguen los nombres, cuando el tribunal se calle, cuando los vínculos se oxiden, cuando ya no haya ni siquiera pensamiento voy a estar yo. Solo yo. El cuerpo. Mugriento, temblando, vivo. Esperando que al fin me escuchen.

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La identidad a partir del deseo del otro
(Mio, Soledad, Otros y el Vacío)
Desde el principio, yo no fui persona. Fui espejo. Una superficie lisa, pulida a fuerza de trauma y hambre emocional, dispuesta a reflejar lo que el otro necesitara ver para no irse. Yo nunca fui: me hice ver. No para ser amado, sino para no desaparecer. Porque en mi mundo interno, si nadie me mira, me esfumo. Si nadie me desea, me evaporo. Mi existencia nunca brotó de un centro propio, sino de una coreografía ajena. Una performance diseñada para garantizar una cosa: presencia en los ojos de alguien más. Como si una cámara estuviera encendida siempre y yo sólo viviera si alguien la está mirando.
Ahí aparece Mio. El que arma el personaje. El director técnico, el censor, el estratega. Mio no quiere que yo viva, quiere que funcione. Que encaje. Que cumpla. Que guste. Que sea deseable, no vivo. Mio no siente: calcula. No cuida: vigila. Mira cada gesto, cada palabra, cada pliegue del cuerpo con una lupa, buscando fallas en el guión. Su obsesión no es que yo sea feliz, sino que sea deseado. Porque para Mio, deseo es existencia. Sin deseo, no hay escena. Y sin escena, no hay personaje.
Pero Mio no está solo. Cuando alguien finalmente me dice “te deseo”, aparece Soledad. Ella es la puta triste que sale de noche. Es el goce, el cuerpo, el sudor, el abandono. Soledad es lo que queda de mí cuando el guión ya fue ejecutado a la perfección. Cuando el cuerpo está flaco, el pelo está puesto, la validación mínima fue conseguida. Pero no te confundas: Soledad no es libertad. Es el espejismo de la libertad. También depende de la mirada del otro. Si esa mirada desaparece, ella se disuelve como un sueño.
Y todo esto orbita alrededor de una falta. Un hueco. Una ausencia que nunca se llenó y que dirige la escena como un director fantasma. No hablo de una metáfora: hablo del vacío. El vacío de amor.
No fui amado: fui juzgado, castigado, ignorado, usado. Nunca habité un vínculo donde pudiera simplemente ser. Por eso busco constantemente algo que me llene: comida, cuerpos, alcohol, cigarrillos, drogas, elogios, trabajo, logros. Y cuando no alcanza — porque nunca alcanza— aparece esa brasa apagada que late en el fondo: si no hay deseo, si no hay amor, entonces… ¿para qué vivir?
El suicidio no se me presenta como un escándalo. Se me aparece como una conclusión lógica. Un cierre administrativo. Si no hay otro que me mire, si no hay otro que me ame, entonces dejo de tener forma. Soy aire. Gasto biológico. Y si vivir es simplemente consumir oxígeno y sufrir, entonces morir no es un crimen: es un trámite.
Y ahí Mio, como un general frío y firme, toma una decisión brutal: prohibirme amar.
No porque sea malo, sino porque es peligroso. Porque cuando yo amo, me desintegro. Me vuelvo desesperado, obsesivo, pegajoso, invasivo. Me disuelvo en el deseo del otro y dejo de ser alguien. Mio sabe que amar es el camino más directo hacia mi autodestrucción. Por eso me lo prohíbe. Porque, aunque parezca contradictorio, Mio no quiere que yo muera: quiere que sobreviva. Aunque eso implique castrarme emocionalmente. Aunque eso implique que nunca ame. Aunque eso implique que yo viva muerto.
Y sin embargo, todo esto existe para evitar mirar de frente la verdad más simple y dolorosa: que lo único que he querido toda mi vida es ser amado. Todo el sistema —el control del cuerpo, el rechazo al deseo, el goce fugaz, la compulsión, la idealización, la soledad, la máscara— está montado sobre esa falta original: la falta de amor. No solo de los otros. También de Mio.
Entonces… ¿quién decide?
No fueron nunca los excesos, ni los hombres, ni siquiera yo. Quien decide es la falta. Quien gobierna es el vacío. Y todo lo que se mueve en mí, todo lo que actúo, todo lo que consumo o rechazo, es una forma de obedecerlo. Cada atracón, cada noche de delirio, cada exigencia estética, cada rechazo al amor… son súbditos del mismo rey: el hueco. Ese hueco que me parió y que todavía me cría.
Mis muñecas cicatrizaron pero mis pulmones están negros.
El y Yo
Latía por vos cuando eras pájaro blando, que nadie conocía, cuando eras ave que nadie quería. Extranjero de maleta vacía, con corazón de campo y el espíritu intacto. El humo de la ciudad fundido en luces nocturnas y cinturas. Mientras tanto, yo te amaba, te miraba, te esperaba.
La adrenalina jugando carreras en tus venas. Como un nene excitado por la sobredosis de azúcar, que incinera las sirenas, que no sabe decir no. Que no puede y tampoco quiere pronunciar la negativa ante la seducción del veneno derramado sobre la cena.
Un imbécil que no piensa en resultados. Egoísta, que camina contaminando sus costados. Pero al final, nunca hiciste nada y tu conciencia está tranquila. Porque en tu verbo siempre hay maquillaje. Un narcisista que lo único que quiere en la vida es ser adulado, aplaudido, felicitado, necesitado, amado. Un perverso que necesita que lo necesiten, que no ama. Que más bien ama ser adorado y cree amar a la persona que lo ama.
Un neurótico que, a estas alturas, no sabe si está hablando de él o, más bien, hablando de mí. Un narrador de antaño que lo duela a él cuando la herida es notarme yo siendo él.
Hace una semana conseguí mi documento, y mientras vuelvo a casa me pregunto qué es el cariño cuando se disfraza de batallas por ganar.
Qué hay atrás de tu necesidad por las medallas de mi salvación. Supongo que nunca te importe lo suficiente, porque nunca te importó nada más que vos. Y lo que veías en mí, era todo lo que podías salvar, lo que podías redimir, las culpas que podías expiar. ¿Necesitas mi vergüenza para reclamar tu orgullo?
Hace una semana no conseguí una mierda, porque acá esta todo igual, porque en casa siempre llueve y hace calor.
Que combinación tan molesta y desagradable, que histeria me da la humedad. Aunque todo mejora cuando el calor se va, y vuelvo a caminar sobre el otro extremo borde, en donde este momento simplemente me resulta esplendido. Y vuelve a hacer calor, y no le creo nada a nadie, y todos mienten, y todo me irrita; el trabajo, la obra social, el alquiler y tu estúpida hipocresía. Tu falsa cercanía, tu cordial maquillaje podrido y tus palabras coloridas tan vacías.
Hace una semana que sigo buscando despertar alguna emoción en algún sentimiento, pasando por las calles que alguna vez pase, repitiendo viejos rituales, fumando en alguna parada de colectivo en la que me refugie para no volver a mi casa (porque cualquier lugar era mejor que volver a casa).
Hace una semana que sigo renegando de mí mismo, y hace una vida que sigo peleándome contra el mundo para convencerme de que nadie lo vale.
antropofobia
Que irresistible se vuelve ser fuego cuando el mundo retoma su ritmo,
Cuando la parálisis de la pandemia se termina, y el contacto estrecho con el mundo ya no significa un delito.
Cómo no ser fuego, y querer quemarlo todo si todo lo que veo, todo a lo que me debo es a lo que más le temo.
Cómo no encarnar en odio el miedo y la angustia por un posible deseo, cuando este podría significar la caída de mi imperio.
Ese ruido, ese murmullo desahuciado, ese silencio perturbado que anuncia la llegada del pasado y la melancolía. Que saluda y da la bienvenida a la crítica y a la culpa.
Voyeristas de la desgracia y la miseria, carroñeras del descuido y el abandono.
Cómo negarle el acceso a los cuervos si las palomas son a lo que más le temo.

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Lo cómodo
Estaba viendo televisión y pasaron una publicidad de Sushi. Promocionaban una nueva marca que había llegado a la ciudad con el objetivo de quitarle la pretensión que tiene comer pescado envuelto en arroz y alga.
Casi al final del comercial, habían varias palabras en las que hacían énfasis, pero hubo una oración en particular que me quedó resonando; "Lo hacemos fácil, nos encargamos de llevarte tu ritual a tu casa sin que tengas que moverte ni esforzarte por nada más que disfrutar". Disfrutar. Esa palabra se quedó en mi cabeza, retumbando con un eco profundo que no me dejo concentrarme en nada más.
Pensé en mi trabajo, en todas las atenciones que existen para los cliente. En como somos sirvientes entre nosotres mismes y cooperamos para vivir en una casa más hedonista. Una casa dónde el entorno se esfuerza para que el individuo disfrute, solamente disfrute, que tenga a su fácil alcance todas las posibilidades de la forma mas cómoda.
Pero el disfrute solamente como un resultado, obtener ese resultado de goce, sin el trabajo previo de búsqueda. ¿Pero el hedonismo como único punto de partida y de fin, no acarrea a su vez un sentimiento de vacío?
Pasar una vida de pica flor aburguesado, dónde lo único que hace es volar en búsqueda de flores, de polen, de néctar. De éxtasis, donde en lugar de volar en búsqueda de, simplemente se queda en su lugar sin hacer ningún movimiento, sin hacer ningún esfuerzo, ni atravesar tormentas, vientos, tempestades, otros picaflores que quizás querrán nutrirse de la misma flor, u otros insectos que sean su competencia. Hasta quizás animales que le signifiquen depredadores.
Un colibrí que no necesita hacer movimiento alguno para llenarse el pico de polen, porque todo lo tiene cerca, todo a su al rededor lo tiene todo el tiempo, no necesita esperar a que las flores florezcan en primavera porque están ahí siempre a su disposición.
Esa falta de vuelo, de lucha, de competencia, de búsqueda. ¿Esa falta es probable que confluya en angustia?
¿Por qué generaría angustia el placer sin el esfuerzo de luchar por conseguirlo?
¿Por qué generaría angustia la comodidad? ¿Será la monotonía del mismo cómodo ambiente lo que genera ansiedad? ¿La falta de cambios en el entorno quizás?
El silencio, lo constante, lo que no cambia, lo inmutable, lo finito, lo estático, la aburrida muerte, un aburrimiento patológico inducido por la ironía de querer vivir haciendo lo que querés. Repitiendo un cuento desde los ojos del ayer, anclados en el tiempo presente, porque el capitán del barco ha muerto, y la tripulación no sabe a dónde ir.
Porque yo ya no sé a dónde ir y porque todo lo que un día quise era libertad
O direcciono mi barco a nuevas rutas de viaje o permito al agua y al polvo que me erosione cuando me sepulte en el tiempo.
Pero lo peligroso de todo esto no es ni el barco ni el colibrí, sino lo seductora que puede llegar a ser una publicidad de Sushi.
A veces se extraña cuando la angustia y la ansiedad venían desde acciones de otra persona.
Duele mas aceptar el resultado de nuestras decisiones egoístas y afrontar el duelo?
Si, y por eso es que quiero huir. Mas bien lo necesito.
A veces se extraña amar, o sufrir por amor.
A veces se extraña sufrir por alguien mas que no sea uno mismo.
A veces se extraña pensar en alguien que no sea yo.
Pero el terror es mas fuerte, y acá estoy nuevamente evadiéndolo todo por temor.
El temor a ser abandonado, a ser traicionado, a ser decepcionado, reemplazado, defraudado, usado.
Engañado.
Entonces me desconecto. Incluso si te tengo en frente, lo único que compartimos es un cenicero.
Porque de todo lo que ves, lo único que es real en mi es el humo que escupo y mis cenizas rozando las tuyas.
Porque lo mas cercano que voy a estar a gritar es fumando. Porque lo mas cercano a amar es llorar, y lo que mas se parece a sentir es sufrir.
Porque lo mas cerca que voy a estar de darte amor es cuando mis labios tocan la tuca que te comparto mientras te veo aspirar y cerrar los ojos. Queriendo como yo, no estar mas acá.