Tanto tiempo sin escribir, sin expresarme, sin desplegar las velas del barco y dejarme llevar por la ruta previamente trazada por el viento, o las letras. Pero me enamoré, y me perdí en un invierno que me abrazó como un agosto, haciéndome escribir poemas que sólo giraban en torno a sus pupilas y que secretamente recité en el asiento trasero de aquel auto. Ahora, sintiéndome en pleno diciembre, puedo abrirle las rejas al ave que he aprisionado durante estos meses de ausencia por miedo a que me doliera más el vuelo que guardarme los sentimientos aquí dentro. Pero bien, tengo el corazón roto, en mil y un pedazos que esperan sanar y ser libres pero que cada noche anhelan recibir la llamada que nunca llegará. Y no los juzgo, porque nadie sale ileso de un amor que se clavó tan profundo en el pecho izquierdo, de un amor lleno de secretos, de complicidad, de chistes, de besos y de noches en hoteles con vista al mar.
Tanto tiempo sin escribir, y hoy estando aquí, sólo puedo pensar en las trillonésimas sílabas que juntaré para formar unos cuantos versos que me llenen los ojos de lágrimas y me inunden el corazón. A ti, si es que leíste esto, lamento hacerte parte de un mal de amor, pero, ¿de qué otra manera expresar lo que aqueja al alma si no es escribiendo?











