El Titi dice que la colimba no debe volver jamás. Claro, desde el punto de vista de una persona, como yo, que nació en el año 1984 es enrevesado comprender que hubo generaciones que sufrieron el calvario de esperar ese fatídico derroche cronológico donde un ser humano era confinado vaya a saber a qué parte de la Argentina, para correr, limpiar y barrer la oficina de tal o cual oficial de alto rango. Y por ese motivo, no fueron pocos los jóvenes que hicieron todo lo posible para evitar semejante ahogo. El Titi es uno de ellos. Negociando un amargo mañanero, postrando el semblante y apoyando los codos sobre la mesa, lo invito a que me cuente su experiencia.
El año 1972 es clave para entender el relato. Joven con aires de bohemio, tunante perdido entre Gerli y Avellaneda, El Titi soñaba con ser embarcado. Es usual en el espíritu aventurero idealizar esa profesión y transformar los mares próximos a surcarse en amalgamas de andanzas y redadas. Lo cierto fue que en aquel momento todos los cursos existentes se efectuaban en la localidad de Cañuelas y con la compañía de "El gordo" Mario, salieron al encuentro del anhelo.
Entre averiguaciones de barrios recónditos y preguntas a pueblerinos amables pero desconfiados, llegaron al centro de formación de estibadores. Luego de llenar una papeleta de corte extenuante, se avecinaba una revisión médica a vuelo de pájaro. Lo esperado ganó la posta frente a la sorpresa y las condiciones físicas se presentaban más que aptas. La estatura era ideal, el peso no excedía la relación lógica que la altura impele y las facciones hablaban de un tipo recio, comprometido y seguro de la decisión que había tomado. Suele pasar que cuando uno se enamora tanto de las situaciones hasta el punto de idealizarlas, lo esperado se muda al rincón de lo inmóvil y el oscuro aletargamiento se presenta en sociedad.
El año 1972 ya se había alejado y los sueños de embarcarse no tenían lugar en el ´73. El desdichado momento hizo su arribo y El Titi ya venía madurando la idea de convertir su sana vida en una colmada de avatares pero como quien no cree hasta ver, sólo anestesiaba su penuria. La situación del momento no era la más apacible y entre la fortaleza de un movimiento guerrillero en auge, la figura de Perón avejentado, ausente pero siempre rector y unas fuerzas armadas cada vez más aliadas a los peores intereses, evitar la colimba era, sino una intrepidez, el peor de los escollos.
El telegrama del quebranto al fin llegó. "Citación para presentarse a realizar el Servicio Militar", rezaba el mensaje. Evitar la presencia era imposible porque el estigma de desertor era comparable a la acusación de brujería en épocas inquisitorias. Por lo tanto, cualquier estrategia sólo era posible en el marco de la revisación médica. Pero antes, había un plan A que no era otro que hacer lucro con la necesidad material. Claro, su efectividad era por lo general bastante timorata pero como primer intento no podía menospreciarse. Y allí fue el tanteo.
En un patio prolijo, con amplitudes nobles y un mástil que flameaba orgulloso el emblema nacional, se reunió a los futuros colimbas en fila. Frente a ellos un General cuya estatura sobrepasaba ampliamente los estándares normales, vestido de traje color verde musgo, unas botas lustradas con el mejor betún de la época e insignias que distinguían su labor. Se lo conocía por Noriega y enderezando su cuerpo al mismo tiempo que tomaba aire, se dirigió al grupo de jóvenes con tono solemne y punzante, para decirles:
NORIEGA.- Señores. Están aquí para prestar servicio a la patria y aprehender los valores que todo ser humano debe tener para vivir en sociedad dentro del suelo argentino. Por eso mismo, si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora - mientras la frase caía en su epílogo, la tonalidad se aumentaba considerablemente.
Luego de un murmullo complotario, pero con la mayor de las discreciones, El Titi rompe el silencio para llevar a cabo la primer parte de su plan:
EL TITI.- Yo tengo algo que decir General... - con la voz intimidada pero seguro del paso.
NORIEGA.- ¡Diga, Soldado!
EL TITI.- Soy el único sostén en mi hogar...
NORIEGA.- ¿Pero qué? ¿Vive sólo? - Interrumpiendo el relato.
EL TITI.- No, con mi hermana pero...
NORIEGA.- ¿Y su hermana que hace?
EL TITI.- Y... mi hermana está medio loca, ¿vio?
NORIEGA.- ¿Pero qué tiene?
NORIEGA.- ¡ESTÁ BIEN! No me diga más soldado. Retírese y véalo mañana al cabo Ceferino Carpita.
Gran parte del plan se había llevado a la perfección. Sólo restaba presentarse al día siguiente en el Batallón nro. 10 y verlo a Ceferino para completar los papeles que lo exoneren del fastidio. Con la ilusión y la esperanza acumulada, emprendió viaje hacia el lugar pero la sorpresa colmó de ahogo su pecho. La citación no era la panacea de la libertad sino la impostergable revisación médica. El plan B, por un momento borrado del panorama, tuvo que salir a la luz.
El Titi sufría, cuando más chico, de una pequeña disnea pulmonar y no se le ocurrió mejor idea que agudizarla. Antes de entrar a la revisación, decidió correr diez vueltas a un ritmo que en la actualidad lo dejaría más cerca del arpa que de la guitarra. Cuando llegó la auscultación del doctor de turno, notó que su pecho, como así también sus pulsaciones, manejaban un ritmo bastante más raudo de lo normal. "Es una simple disnea" se escuchaba rumorear entre colegas de solemnes borcegos. Finalmente, la voz resolutoria de Ceferino:
CEFERINO CARPITA.- ¡Flaco! Pasá por acá...
Lo invitó a acceder a un despacho plagado de papelerío y donde, luego de unos segundos de estancia, arribó el General Noriega que recorriendo su figura de abajo hacia arriba, le dijo:
NORIEGA.- ¿Así que vos querés zafar de esto? - intentando apocar su actitud.
El TITI.- No, general. Tengo Disnea y laburo para mantener mi casa... esa es la verdad.
NORIEGA.- ¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué hacés?
El TITI.- Vendo ropa para chicos - la velocidad de la respuesta vino acompañada de la credulidad del interlocutor.
NORIEGA.- Bueno, mirá... Esto es fácil. Todas las semanas traeme unas pilchitas para mí y el cabo, y vemos qué podemos hacer... ¿Me oíste? Eso sí, de esto ni una palabra a nadie.
El alivio se acercaba y la solución no demandaba mucho jaleo. Pero un imponderable estigmatizó el documento de El Titi. "Apto absoluto" rezaba el cuño impreso que cualquier joven prefería evadir en la hoja de Antecedentes militares. Estigma que enfrascaba las excusas y las lanzaba al mar para perderse con la corriente del olvido. Pero ésta era la única condición para que los milicos recibieran su coima. Y así fue. Durante un año se vio en la obligación de presentarse en el batallón nro. 10 con un bolsón de ropa para que los dos oficiales hagan gala de su potestad arbitral.
Eran tiempos aquellos donde las paredes imploraban la solidaridad del lema "Colimba compañero, no tire a un montonero". Hacer la colimba era para El Titi, pararse en la vereda de enfrente. Pero esa es otra historia y efectivamente ahora sé por qué El Titi dice que la colimba no debe volver jamás.