Las despedidas son esos dolores dulces: cuando el duelo se hizo canción
15 horas en Villa Domínico para despedir al Indio Solari
Por Abril Fotos Felipe Luchetti
Para muchos, la procesión comenzó la noche anterior. Para mí, poco antes del mediodía del domingo. Ya tenía mensajes de amigos y familiares que estaban en la zona, pero mi puntapié para iniciar fue el de mi primo Felipe. “Estoy listo ¿Me pasás a buscar?”, me mandó a las diez de la mañana. Pasé por su casa en Uber y atravesamos la ciudad hasta llegar a la autopista Buenos Aires-La Plata, donde nos esperaban mi tía y mi otro primo, Franco.
Tal vez deba contarles un poquito sobre Franco. Él tiene 31 años, es autista y tiene tres pasiones: Pokémon, el Pincha y los Redondos. A Franco no le gustan las aglomeraciones ni los pogos, porque, como él mismo menciona siempre, la pasó muy mal en aquella misa ricotera de 2008 en el Estadio Ciudad de La Plata (hoy Diego Armando Maradona), donde, al son de “Jijiji”, fue aplastado por un estadio sobrevendido. Pero eso nunca hizo que dejara de amar a los Redondos. Sabíamos que ir con él implicaría un desafío y la posibilidad de irnos antes si había algún disturbio, pero les voy adelantando que mi primo se la bancó como un campeón.
Encontrarnos a pocos metros de la subida a la autopista significó abrazos, lágrimas y una playlist ricotera que nos acompañó durante todo el trayecto bajo las nubes que amenazaban lluvia hasta Villa Domínico. Ilusos, dejamos el auto bien cerca del polideportivo, para terminar caminando cinco kilómetros hasta Plaza Alsina. Allí nos asentaríamos en la fila para luego volver a recorrer la avenida Mitre en dirección contraria, peregrinando para poder acercarnos, aunque sea un poco, a los restos mortales de Carlos Alberto “el Indio” Solari.
Nuestra procesión, cargada de música, lágrimas y risas, duró quince horas en las que, entre amigos y familia, no pudimos parar de repasar esos momentos de nuestras vidas en los que sonó el Indio. Mi tía, la mayor de nuestro grupo, recordaba haberlos visto en Garaje, un boliche de La Plata, en diciembre de 1988; uno de los tantos shows que más adelante el Indio mencionaría como un potencial Cromañón luego de la tragedia de 2004. Ella hablaba del calor, la locura, la asfixia y la pasión que vivió allí a sus 17 años. A lo largo de mi vida me encontraría con mucha gente en ese pequeño cuadrado que es la Ciudad de las Diagonales que me relataría lo mismo: ese día entendieron que su banda local favorita ya no era algo «underground» o alternativo, sino que tenía el potencial de la masividad que hoy conocemos.
Una caminata que—a paso normal—debería haber durado una hora, como ya dije, fueron quince. Y lo estrecho del espacio entre los cuerpos en esa fila, no tenía otra valla o límite más que el respeto por el otro, con pogos cautelosos en cada esquina, para cuidar a los bebitos a upa y en cochecitos, a la gente en silla de ruedas y muletas, y a mi primo, que peregrinó agarrado de mi mano en todo momento.
Cada media cuadra había un fade out perfecto entre canciones: a lo lejos iba desapareciendo “Vencedores vencidos” para que, de a poco, subiera el volumen de “Mariposa Pontiac”. Parecía un enganchado de YouTube de quince horas pero totalmente acorde; entre el frío y la humedad, ese ritmo y el movimiento nos mantuvieron al calor de un abrazo ricotero casi eterno.
La zona sur y el conurbano tienen esa fama de peligro y de lugar hostil, pero nada que ver. Si bien yo lo sé desde siempre, es necesario dejar de estigmatizar las localidades por ser humildes y fabriles. Lo vivido ese domingo fue hermoso y también fue seguro. Pero si no había un solo policía en la calle, ¿de dónde venía esa seguridad? De nosotros; fuimos nosotros, cuidándonos siempre los unos a los otros. Desde la piba que me dio una toallita en la fila del baño hasta los fisuras que te incentivaban a comprar pochoclos para tirar un poco más, ese desconocido que dejó que apoye mi cabeza en su espalda para descansar unos segundos, y la tipaza que a cada rato le preguntaba a Franco si estaba bien.
Necesito destacar que todos esos desconocidos fueron muy pacientes con Franco, lo trataron muy bien, ofreciéndole compañía y atención en todo momento. Tal vez otros dirán “¿qué me importa lo que esta piba dice de su primo?” Pero a pesar de las dificultades que se le presentaron a Franco durante toda su vida, ese domingo él fue uno más durante todo el peregrinaje: cantó y saltó con todos. Franco no fue diferente a nadie porque ahí éramos todos iguales. Y cuando los bomberos que regulaban la entrada al Polideportivo Gatica hicieron que él y mi tía pasen antes (porque después de quince horas era obvio que iba a llegar el momento de las crisis) toda la fila aplaudió. Y ese calor del pueblo entero significó un abrazo enorme para nuestra familia ricotera, que esa noche se transformó en una familia de cientos de miles.
Los últimos metros antes de ingresar al polideportivo fueron de lo más intenso, mientras avanzabamos más rápido que en horas anteriores podíamos ver por las pantallas como la gente se acercaba a las vallas del féretro a hablarle, a llorar, a mirarlo, a aplaudirlo y a nosotros se nos escapaba el llanto entre cancion y cancion. “Encuentro con un Ángel amateur” y “Etiqueta negra” fueron las últimas dos que recuerdo haber escuchado mientras la lluvia desdibujaba las lágrimas de los peregrinos que llegábamos al final de la procesión. Entonces el calor del polideportivo Gatica nos pegó de golpe. Ahí en el Parque de los Derechos del Trabajador terminaba el recorrido con una capilla ardiente rodeada de flores, trapos y casacas, pañuelos y cartas. Todas las muestras de amor eran arrojadas por metros sobre las vallas, para aterrizar a los pies del ataúd. Los sollozos fueron aturdidores durante el pequeño recorrido que nos permitió ver el féretro, hasta que finalmente el frío y el agua del exterior me sacaron del trance en el que entré.
Luego de la procesión infinita, de la fila que parecía no tener principio ni final, caminamos más, pero solo ocho cuadras hasta el auto, recordando entre pasos dolorosos que horas atrás marchamos mancomunados por el dolor y el amor. Uniendo nuestras voces y pasos por el Indio Solari en una marcha que ciertamente tuvo su impronta política, donde levantamos dos dedos en el aire formando la V, donde la marcha peronista y el himno nacional fueron coreados entre temas de los Redondos y los Fundamentalistas.
En el camino de vuelta a casa, pude ver que esta vez la tribu de mi calle escribió en la pared: “Indio eterno”.













