Un oasis redondo y de ricota: la música como lugar de pertenencia
O por qué la muerte del Indio marca la pérdida del rumbo
Por Ginny
Hay una frase atribuída a Atahualpa Yupanqui, referente de la música popular argentina, que reza: "Folclore es todo lo que el pueblo aprende sin que nadie se lo haya enseñado". Y puede que el buen hombre supiera mucho de folclore, de poesía, guitarras y mensajes. Pero no sabía un carajo de los Redondos.
Porque hay música que uno descubre tocando puertas, en esa euforia melómana de querer escucharlo todo, hay ruido de fondo, y hay música que se mama cuasi in-utero, como esos cassettes de los 80 que prometían enseñarte idiomas mientras dormías. Es la música que llega sin pedir permiso, cual hipnósis, y atraviesa desde los oídos hasta el núcleo más profundo del ser, donde se instala a perpetuidad.
Así son Los Redondos. Como el cuadro de fútbol.
Nadie decide ser hincha de un escudo, como nadie decide ser ricotero. Son pasiones que no se eligen, pero se llevan en alto como una bandera inquebrantable.
Es un fenómeno rioplatense (y que me disculpe Mariana Enriquez que lo catalogó como exclusivamente Argentino). Solo acá nace la criatura y se la viste con el enterito del cuadro o, cuando es de gala, el estampado con PR y la corona. Es la única herencia que trasciende los intereses personales, las luchas internas y la rebeldía juvenil. Y es la que cuenta, al final del día, más que los bienes materiales o el apellido.
Ahora, ¿cómo se llega a ese amor incondicional si la sangre no tira? Para eso están los amigos, como los que cuenta Juanmitz en su editorial, como los que me llevaron a la cancha pasados los 20 porque cómo iba yo a quedarme afuera de la euforia futbolística.
A veces es un trabajo conjunto: mi mamá me cantaba "La Bestia Pop" como si fuera una canción de cuna, la barra ponía "Todo un Palo" en el micro cuando viajábamos a ver a la Trotsky al interior. La educación musical se va forjando y mientras unas bandas llegan y se van, Patricio Rey queda.
No tengo la menor idea de cuándo fue la primera vez que escuché a Los Redondos, pero cuando me di cuenta, eran la única banda de la que no salteaba ningún tema.
Sí me acuerdo de la primera vez que escuché uno en vivo. Fue "Jijiji" en manos de una banda local antes del show de Nuestra Raza en Bluzz Live. Me acuerdo dónde estaba sentada y lo que sentí en la punta de los dedos cuando se armó la ronda de pogo. Era diciembre de 2016 y faltaban apenas tres meses para que Carlos Alberto Solari subiera a un escenario por última vez.
De Olavarría también me acuerdo. Un amigo estuvo ilocalizable por un par de días, mientras los titulares empezaban a tornarse acusatorios. "¡Extra, extra!", como con Callejeros en Cromañón, la opinión pública encontraba un aval para condenar la exteriorización de una procesión que jamás habían entendido.
Me acuerdo de El ruiseñor, el amor y la muerte, de escuchar "La Pequeña Mamba" por primera vez y querer más que nada sentarme a charlar con el Indio. Compartir una entrevista, un cigarro, o al menos una mirada que avalara que ese entendimiento entre mi mente y la suya no era unilateral.
Ahora que está de moda el término, es fácil caer en la simplificación de describir el fenómeno Indio Solari como la mayor relación parasocial en acechar la región. Y sería dificil refutarlo, si el viernes recibí más mensajes de pésame que frente a la muerte de un familiar.
Pero ¿cómo va a ser parasocial si él también vivía esa intensidad? ¿Cómo no sentirnos así, si el relato que más se repitió en estas semanas fue el recuerdo de la compañía en la ausencia? Para muchos, la voz del Indio estuvo cuando nadie más abrazó, llenando los silencios que dolían. Fue el motivo de vocaciones, de encuentros, amistades, viajes, alegrías. Fue la banda sonora de duelos, el faro al que acudir cuando la oscuridad amenazaba con tragarnos.
Por eso la vida se frenó el viernes pasado a las 9 de la mañana y aunque Carlos mismo nos haya convencido que el mundo sigue girando sin ESE amor, parece no poder hacerlo sin su guía.
Por eso, el domingo el pueblo se reunió en torno a un féretro en un peregrinaje que los ajenos nunca entendieron. Los mismos que odiaron las misas por quedarse afuera, especularon cáos con el funeral. Pero el multitudinario velorio del Indio fue emblema de lealtad y respeto, los verdaderos pilares del amor.
No sé, no sabemos, cómo va a ser vivir en un mundo sin el Indio Solari.
Vomito estas líneas mientras escucho mi copia de Un Baión Para El Ojo Idiota y me pregunto si alguna vez va a dejar de sonarme amargo. Si llegará el día en que su voz sea felicidad de nuevo.
Pienso si podré en algún momento realmente escribir sobre el Indio Solari. Ese hombre al que jamás conocí (ni en la carne ni en las ideas, porque ni su biografía ni sus escazas entrevistas son solución para el acertijo de su mente), pero que tanto peso carga en mi repertorio personal. El tipo que escribió esas letras imposibles, marcadas a fuego en mi plexo, pero también el que gustaba de pasear por Montevideo y tocó unas cuantas veces acá, a cuadras de casa. Tan inalcanzable, tan cercano.
"El Indio es un personaje creado por la necesidad de miles de personas de que alguien se coma su dolor", dijo él mismo en entrevista con Pedro Rosemblat para Gelatina. Y quizás ese fue el motivo inicial, el génesis de la leyenda. Pero la consagración es otra: El Indio es el sentido de pertenencia. Y como tal, vivirá en quienes somos pieza de ese enorme puzzle. Un oasis, redondo y de ricota.

















