andrekemner:
No tuvo opción alguna cuando aceptó. Ese decir que sí a Castelo fue, en realidad, lo único posible de decir, no había mucha opción y sin embargo no joder las cosas cada minuto se vuelve más difícil.
La palabra gracias es desconocida en su vocabulario, no la habrá dicho nunca, pero es evidente que el prospecto de una habitación y un alquiler -si quiera si es a alguien del mismo ambiente, que no le pide recibo de sueldo ni nada más que la plata- antes de todo esto era imposible. A lo sumo una habitación a paga por día, y eso sólo cuando tenía de veras plata encima, y nada más si tenía un pan de coca para él y quizá para alguna que se prestase, pero eso casi nunca. Normalmente era sólo él ahí tomando cerveza adulterada de más, mandándose una raya tras otra y luego cortándose sobre las costillas o en los dedos para bajar, y después más y más líneas, y después cigarrillos y porro para fumar y así hasta que se terminase todo, las persianas bajas y en silencio, lo único su respiración, porque el celular viejo no podía reproducir música. Eso significaba, en su entereza, lo mejor que podía ocurrirle en la vida: él, coca, bebida, porro y la realidad de que, salvo para comprar más bebida o tal vez leche, en las próximas veinticuatro horas no vería a nadie.
Piensa en eso todo el tiempo. De verdad todo el tiempo. Abre y cierra los ojos y lo único que puede pensar es en eso. ¿Qué más hay? Llega a la casa y al sacarse el cinturón piensa en ahorcarse colgándose del caño que va de la cocina a la ventana de la sala, y si usa la hornalla quiere dejar el gas solo porque quiere coca y coca y coca y quizá haber dicho que no y que lo ejecutaran hubiera sido lo mejor. Así todo el tiempo, las horas se pasan disputándose entre la vida y la muerte, y en entretanto tose tanto que parece que los pulmones saldrán disparados, adolorido desde lo más profundo del alma. Se va a morir en poco tiempo, ¿quiere hacerlo sobrio? No, quiere hacerlo ahogado en coca. Como está sintiéndose, hoy será el fin de tanto escarmiento.
Está seguro que lo vigilan todo el tiempo. Es más, piensa que ese tipo de gorro lo está mirando a él solo desde que llegó a la pista.
También piensa que debería poder tomar un poco de coca para estar despierto de verdad y poder hacer uso de las facultades, ¿o no? Si así va a estar alerta. Total, vender, matar, ¿qué le importa?, ninguna de esas cosas jamás le han significado ningún tipo de problema, ni un pestañeo jamás ante cualquier blandir de la navaja. Podría hacerlo todo mejor con el incentivo, pero hasta tiene la sensación de que hasta en el cubículo del baño lo están mirando, así siempre pero ahora más.
Alma llega y está tan borracha que resulta obvio que todo es apropósito, una manera propia para hacerse caer. ¿Y con quiénes más se junta? Sólo alcohólicos y cocainómanos, también Hegner que le dio morfina y lo dejó tumbado en su casa durante una eternidad. Le gustó, al menos así se mueren las horas, pero el cerebro le quedó estúpido, como con los anti epilépticos, y además para eso inhala heroína y listo, que funciona para bajar la coca y uno no tiene que estar buscándose la vena. De todos modos a eso lo hizo ella, y a él le gustó mirarla, tan conocedora.
Al agarrarlo por los hombros y mirarlo, Andre ve sobre su hombro. Le tiemblan las piernas, y está salivando de repente. Y está nervioso, y tenso, mira alrededor y busca al tipo de la gorra.
—Hay gente vendiendo —Vienen con sus heladeritas. Se aleja varios pasos, mete las manos a los bolsillos —. Miraba. —Charlar, no. Vender, sí.
Ante lo siguiente, el rostro no expresa nada. Sería interesante, al menos. Quizá se dé la boca contra el piso y se rompa unos dientes y todo sea un desastre. Quizá llamen a la policía y desmantelen todo antes de que suceda ninguna cosa.
Ojalá no pase. No se quiere ir, en realidad. Le encantan estos lugares, y también llevar una pistola guardada bajo el abdomen, y no quiere irse al departamento, lo odia aunque tampoco prefiere la plaza, pero la está pasando muy mal, muy mal, peor que en la celda. No debería estar aquí, más que seguro, ¿pero en dónde debería estar? —Lo hacemos. ¿Quieres? Te dejan.
Eso es verdad. Los conoce a todos, luego de tanto y sobretodo porque las apuestas son apuestas no importa de qué y todos saben el apellido Kemner, más de uno le tiene miedo y él viene acá desde que era un nene, más o menos desde que la madre murió y nadie pudo evitarlo.
—Lo conozco —dice. No tienen mucho que ver, en realidad, y a Andre no le agrada, pero a él nadie en el mundo le agrada.
La mira otra vez y se muerde la boca, la nariz le gotea y le goteará el resto de su vida, sea cuánto dure eso, y sorbe para alejar un moco de agua. Se acerca uno vendiendo cerveza y lo llama con la voz y la cabeza y se emociona un tanto cuando apoya el congelador en el piso y lo abre.
Alma da vuelta la cabeza cuando él le ofrece llevar a la acción eso que ella acaba de consignar a través de palabras. Mira la pista y los autos y a los tipos apostados a sus lados y en que tendría que decirle que no, tendría que decirle que no a él y a todos los demás, porque esos tipos le dan miedo y todos lucen iguales cuando es de noche y ella está ebria y después, cuando la persiguen hasta el baño o se le tiran encima o le retuercen la mano ni siquiera se acuerda de cómo se ven. En realidad no es un problema de ellos, después de todo la que está borracha es ella y la que debería saber donde se mete... bueno, lo mismo. Traga saliva con dificultad porque tiene la boca seca y la lengua raspa contra el paladar cuando la restriega obsesivamente contra el relieve sensible y después pasa al interior de los dientes, succionando el labio inferior para mordisquearlo. Al superior lo tiene reseco, algunos hilillos de piel muerta le hacen cosquillas al tocar con el inicio del mentón.
— No sé... —A Andre lo mira un momento, se lleva una mano a la boca y muerde la uña del dedo índice, después el medio. Se está meando. Tendría que haber parado en algún callejón mientras venía y hecho ahí, detrás de algún contenedor o de un tacho de basura y con la mano apoyada en la pared a un costado porque de otra manera no se habría podido sostener acuclillada. Si estuviese peor, no mucho pero sí un tanto peor, tal vez se habría podido caer de bruces en el charco de orina y se hubiese dado media vuelta y caminado hasta el Lower así, porque a ningún taxi se podría subir y a esta altura tampoco tiene plata para darse ese lujo— Ese coche es muy bonito —señala, las uñas despintadas de rojo oscuro—. Lo vi hace rato. Me gusta que sea blanco... creo que no debería ir. Me duele la mano... la muñeca. Me golpeé hace rato. Me caí.
Miente, por si no fuese evidente, pero nada en el mundo podría develar ese secreto. El por qué lo desconoce, supone que transformar la realidad de lo que pasó en un mero tropezón y un golpe del que después se levantó para continuar como si nada hará que mañana el recuerdo sea menos chocante, incluso olvidable. Tal vez amenice el despertar de la consciencia y mañana, a la hora que sea que abra los ojos, sea incapaz de discernir la verdad de la mentira. ¿Cuántas de esas habrá dentro suyo, en su cabecita? ¿Cuántas escenas alteradas a capricho suyo que son decenas, cientos de veces peores? Además, tampoco es que le importe o pueda hacer lo más mínimo al respecto. No es lo peor que le ha pasado estando por la calle. Sola o en compañía suya.
Frente a lo siguiente se ríe, los dientes redondeados y las mejillas enrojecidas que se remueven y adoptan esa postura nueva y tensa y piensa que cómo, dónde, que no... anda— No, no lo conoces. Te lo estarás confundiendo —estúpida ella. Mira alrededor, como buscándolo, y Kemner le llama la atención de nuevo cuando se dirige en voz alta hacia el vendedor. Alma los mira, alterna la vista castaña entre uno y otro y lleva la mano sana al bolsillo del pantalón negro para tironear de un par de billetes hechos un bollo, únicamente cambio. El tipo la observa impaciente mientras estira dos o tres y después se los quita de la mano, sólo para decirle que así no le alcanza. Ella se queda quieta un momento, no entiende lo que le dice o por qué le devuelve la plata, y al final niega con la cabeza—. ¿No puedes...? —no, no, no, qué hijo de puta— Está bien.
















