Lo que somos cuando el amor se acaba es un idioma que no sé pronunciar.
Es un vacío latiendo en el pecho,
una soledad que respira en cada segundo,
la vida suspendida en un instante
donde los sentimientos se hicieron añicos.
Somos el resto de lo que fue,
el eco de un amor que ya no alcanza,
ese amor que queda en las manos, temblando,
sin saber en qué cuerpo quedarse.
¿Quién nos enseña a entender
cuando alguien deja de querernos?
Aferrarse al pasado
es abrazar el dolor con los ojos abiertos,
es vivir de ilusiones que ya no respiran,
de momentos que se fueron
y no volverán a nacer.
Desde el miedo a convertirnos en cenizas,
nos cuesta aceptar lo inevitable:
que ya no existe nada,
que no existe el amor,
que no existe el “para siempre”,
que no existe ese “juntos toda la vida”…
porque tal vez nunca existió.
Aprender que las personas son pasajeras
y que nadie se queda,
es una verdad que pesa,
una herida que tarda en nombrarse.
Cuando el corazón se rompe
no sabemos hablar,
no sabemos hacia dónde caminar.
Y reconstruir el amor,
solo para ti, nacido de ti,
es un acto silencioso y difícil.
Eso pasa cuando nunca nos elegimos de verdad,
cuando los vacíos los llenan otros,
y olvidamos habitarnos.
No entiendo por qué te fuiste,
pero entiendo que tal vez fallé.
Hoy me toca despedirme de ti…
y no quiero hacerlo
con el corazón lleno de dolor.













