Van 69 dÃas del 2020. Son 71 las mujeres asesinadas en lo que va del año. Son más femicidios que dÃas. Me aterra la idea de que mañana la vÃctima número 70 pueda ser yo. O mi hermana. O mi mamá. O mi amiga. En estos dÃas, al salir a la calle, evité ponerme ropa ajustada o demasiado corta. Igual me silbaron desde un auto cuando cruzaba la calle. Desde hace un tiempo, trato de no salir a la calle sola cuando se hace de noche, pero varios dÃas salgo de cursar a las 22 hs y, aunque tenga el privilegio de vivir a cuatro cuadras del instituto y en una zona céntrica, ni siquiera por eso me siento segura, porque cada vez que paso por el bar de enfrente, señores mayores me susurran por lo bajo y me miran fijamente. Apuro el paso y levanto la mirada como si no me importara o no me diera cuenta. Pero puedo ver de reojo como les divierte mi incomodidad. Y cuando llego a casa, lloro. De bronca. De impotencia. De miedo, por no poder responder y quedar paralizada. Me acuerdo de mis dÃas en Lincoln, cuando era constantemente acosada por un empleado de una mueblerÃa por donde pasaba todos los dÃas, que me veÃa venir, salÃa a la vereda y me susurraba por lo bajo. Caminaba media cuadra más, y si tenÃa mucha mala suerte y estaba el empleado de la pollerÃa en la puerta, otra vez volvÃa a revivir la situación de unos minutos antes. Empecé la segunda carrera, un compañero tiraba comentarios sobre mi cuerpo y una vez, a la salida, me siguió con su auto, frenó con la intención de llevarme hasta mi casa y como fingà no escucharlo, se fue. Pero mi rechazo tuvo consecuencias y me acosó en clases los meses siguientes. PodrÃa hacer una lista aún más larga de todas las situaciones de acoso que vivÃ. Todas las mujeres, no hay una sola, que no haya vivido una situación igual. Esto es vivir siendo mujer. Con el miedo constante. Cada dÃa. A toda hora. En cualquier lugar. Hombres: solo ustedes pueden parar esto. Y no les hablo a los femicidas ni a los abusadores. Te hablo a vos, que celebras y sos cómplice de los actos machistas de tus amigos. Que no te levantas a juntar la mesa ni lavar los platos y dejas que lo hagan las mujeres. Que no lloras porque eso te hace débil. Que no admitÃs que no te gustan determinadas conductas que la cultura patriarcal determina como propias del género, porque si no, sos puto. El patriarcado también condena a los hombres, porque un hombre que pierde la masculinidad de alguna de las formas mencionadas, lo pierde todo. Y nosotras nos llevamos la peor parte, porque ese miedo es la raÃz. Es lo que nos acosa, nos viola y nos mata todos los dÃas. No quiero ser la próxima. No quiero que ninguna sea la próxima. Queremos vivir sin miedo. Queremos vivir.