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#Repost @4openofficial (@get_repost) ・・・ . 🇺🇸 When a quartet of drummers decide to write history in the world of the drums! . 🇧🇷 Quando um quarteto de bateristas decidem escrever história no mundo da bateria! . @drumbeat_ @powerclickoficial @estudiosonoramusic @video.minuto . . #berkleecollegeofmusic #drumbeat #drumbeatproject #4opendrumsorchestra #drumbeatculturalagency #powerclick #estudiosonoramusic #videominuto #partnerships #law#musiceducation #musicprojects #musicandbusiness #teaching #listening #learning (at Sonora Music) https://www.instagram.com/p/B67Hw8wBmxB/?igshid=1catsj9tghv0t
Encontré amor en regalos pensados. Sin razón, simplemente "Lo busqué por todos lados porque sabía que te iba a gustar". @ungatolupa
Hombritos y el Perro
Aunque esto que les voy a contar pasó hace mucho, quedan pedazos tan nítidos en esa especie de cuarta dimensión que es la memoria, que solo puedo decirlos en presente. Se llama Esteban y está loco, pero no como las cabras. Está loco de tristeza. No sé si él lo sabe. Yo necesité mucho dolor para entenderlo.
Mis compañeros de trabajo se encargaron rápidamente en darme una opinión sobre él. “Ojo con ese, es un Don Juan”, decían algunos. “Es loco, pero en el fondo es buen tipo”, comentaban otros buscando un término más solemne. Es muy difícil sacar una conclusión de una persona con la que solo intercambiás los protocolares buen día, hasta mañana. Y a pesar de verlo a través de este caleidoscopio de realidad fragmentada, nunca me importó demasiado lo que pensaban los demás. Me gustaba saludarlo porque tenía una voz, un modo de hablar narcotizante. Decía qué hacés, cómo estás, pronunciando las palabras pero a la vez quedándoselas. Este loco, amado y odiado en partes iguales, fue la primera persona en sentarse y dedicarme media hora a eso que le decimos “enseñar”. Me transmitió el oficio de un redactor, pero sobre todo: el oficio de aprender. Miraba los titulares con ojo clínico, tachaba, agregaba palabras, reemplaza otras. Me decía “Ves, así. Un adjetivo describe lo que un verbo te hace imaginar mucho más rápido”. Supongo que lo sabía porque él era un poco un verbo. Con Esteban siempre pasaba algo.
Mails, mensajes, llamados a la madrugada, la primera cita en La Más Querida, una pizza, dos birras. Besos. En pasillos, en autos, en camas, en veredas, en plazas. Besos y abrazos, pero uno, quizás, el más perfecto. El día que me regaló su libro y firmó:
Para vos, Mercedes. Porque sí, porque no. Vaya uno a saber por qué.
Me acuerdo de él contándome como quien habla del pronóstico del tiempo, que su mamá lo había dejado cuando tenía tres años. A esa noche la tengo incrustada en el medio de la memoria. Dijo, mostrándome una inmensa cicatriz invisible, “mi mamá me armó un bolso con todas mis cosas y me dejó en la puerta del edificio hasta que alguien me vino a buscar”. Y siguió hablando. Siguió hablando como si nada.
Como si nada, creció todo. El tiempo se acumuló como sus palabras. Como ese poema suyo que decía:
El tiempo es difícil de calcular sin un reloj. Tiempo. Lo que todo necesita para crecer. Desde una planta, hasta el amor o el odio
Me decía Hombritos, porque camino altiva, orgullosa, meciendo los hombros en cada paso. Le decía Perro, porque se dormía en cualquier lado y me pedía que le rasque las patas o las manos. Era un perro, pero no cualquiera. Para mí él era un Boyero de Berna. Son perros compañeros, sensibles, que necesitan cariño como un nene chiquito, “y además son peludos, como vos”, le dije una de esas tantas veces almorzando en La Petanque, mientras él garabateaba en una servilleta un bichito medio bizco -por mi ojo con estrabismo- y lo titulaba “Hombritos casi contemplativo”.
Hicimos tiempo y de alguna forma, ese tiempo nos volvió a inventar. Creo que él quería con todo su corazón ser el hombre del que yo estaba tan enamorada. Pensó, como deben pensar tantos hombres, que convivir lo cambiaba. Borraba los vicios, emprolijaba las mañas.
De repente nuestros pasados pesaban menos, les cambiaba el signo. Para mí, ese es el gesto más increíble que tiene amar. No es el otro el que te cura, es lo que pasa entre los dos. Es la cotidianidad más intrascendente que nace cualquier día a cualquier hora. Como Esteban, diciéndome “mirá si nos casamos, Hombritos”, mientras lavaba los platos. “Si nos casamos, ¿podés entrar con Vuelta por el universo sonando a todo lo que da?” Era él sirviéndose del detergente como micrófono cantando: Hoy que estás espléndida, y que todo lo iluminas, demos un paseo. Era yo, que antes de llegar al estribillo ya pensaba en hijos y problemas y futuro. No eran zapatos o cenas en lugares caros. Era él saliendo de la ducha envuelto en un toallón que se sacaba rápido para hacerme el helicóptero antes de que yo pudiese pedírselo. Sólo porque sabía que me iba a reír. Con la misma sonrisa que se me escapa cada vez que lo cuento. No era ninguna concatenación de palabras huecas. Era él preparándome la bañera, sentándose en el piso del baño para charlar, a veces solo a mirarme en silencio. No eran nuestras similitudes, eran las diferencias. Como cuando se levantaba a las seis de la mañana haciendo chistes y yo no podía evitar reírme, con lo que odio que me despierten, pero él me hacía reír tanto que ya me desvelaba de una forma que no se puede explicar en palabras.
Pasaron viajes, A nos Amours, bailes en el living, Lanús, Moreno. Y después lo otro. Las desapariciones fugaces en el medio de la noche. Un teléfono que suena y suena. Su humor arriba de un subibajas.
Eran las seis de la tarde de un miércoles. Había salido antes del trabajo así que pasé por la florería de Lacroze y le compré un ramo de jazmines. Le gustaban casi tanto como a mí ser la que regalara flores. Lo veo, todavía, acostado en el sillón, tumbado frente a la tele encendida. Estaba petrificado como un muerto, con más de una botella vacía. Siento mi mano latiendo contra el celofán. En la suya un pañuelo con sangre, y en mi mente todas las piezas se unían. El hueco que dejaba en la cama a mitad de la noche, era tan profundo como todo lo que escondía. Las piezas, que siempre habían estado tan a la vista y yo no las quise mirar, caían perfectas. Encajaban tal como lo estás pensando ahora. Aunque en la habitación estaba la tele encendida, un silencio espeso atravesaba todo. Nuestra vida, igual que su disco duro, tenía una carpeta encriptada. Mientras llenaba el florero de agua, vi el rompecabezas. Fui al vestidor y en el primer cajón que abrí estaba. Como si hubiese sabido desde el primer momento dónde la escondía, a quién se la compraba, cuánto tomaba.
Lo peor no fue escuchar a los pocos días de eso, de la boca de ella sí, “yo estoy con él hace meses”. Ni tener la certidumbre tácita de que siempre iba a haber una y otra y otra mujer. Lo peor pasó esa tarde, en ese vestidor, sintiendo que a dentro de ese cajón, en lugar de una bolsa con un polvo blanco había un revólver.
Una, dos, tres, no sé cuántas veces hice las valijas. Basta, no puedo más, me voy. Y él pidiéndome que por favor no, que voy a cambiar. En el fondo -y no tanto- yo sabía que no iba a cambiar. No podía cambiar. Pero elegí quedarme igual.
Antes de conocerlo pensaba que el amor era una fórmula perfecta. Un único camino. Pero hay tantos caminos como radios pueden trazarse desde un centro. El amor, creo, es eso que les pasa a las personas que no saben nada de amor. Que prolijamente, evitan llegar al corazón del alcaucil. Y sabés, Esteban, por eso me quedé. Por eso me acosté con vos a vernos partir de a poco. Sólo con el tiempo entendí que si me quedaba más, todo eso que amaba de nosotros se iba a transformar en una copia descolorida. Ya no iban a repetirse los stand ups a las seis de la mañana, las charlas en el baño, La Petanque, los mínimos rituales.
Supongo que el amor es eterno mientras persista al menos un recuerdo de esos que ni el Alzheimer puede borrar. A veces pienso en todos los que tengo al lado tuyo. A veces nos extraño. Entonces me acuerdo de ese poema de tu libro que decía:
Nada sirve aunque nunca encuentres otra persona con la que logres dormir tan cómodo ni reír tan cómodo ni pelear tan cómodo.
Eso, eso fue. Y está buena la magia pero ya se fue.
Para vos, Esteban. Porque sí, porque no, vaya uno a saber por qué.
texto: Mercedes Romero video: Magalí Huarte
Después de la tormenta del sábado /After de saturday storm
Mirar dibujitos desayunando en la cama un sábado a la mañana. @jota_darko
Cambiar la cama de lugar ¿Sabés qué pasa con esto de escribir sobre el amor? Que no le podés esconder un monstruo bajo la alfombra a la historia. No, no podés. Todo lo contrario. No hay nada para ocultar. Tenés que desarmar el corazón, desplegarlo arriba de la mesa y mostrarlo por partes, ahí, adelante de todos.
Hace un año nos sentamos en el sillón ese verde oscuro que elegimos juntos en esa ciudad inmunda que tanto te gusta. Estábamos apoyados de costado, mirándonos de frente, con el codo en el respaldo y la mano sosteniendo la cabeza. Se nos tocaban las rodillas y yo atiné a entrelazar mis piernas con las tuyas, pero enseguida me arrepentí. Sabía lo que te iba a decir y pensé que no, que mejor dejarlas donde estaban.
Se me rompió el cosito de amarte, Matías, y me parece que vos no me lo querés arreglar. También me parece que se te rompió a vos el cosito de amarme y no lo querés decir.
No ibas a decir nada, lo sabía. Las decisiones difíciles siempre las tomé yo. Eso sí que lo decías siempre. Abrías la valija, hacías una pila de remeras, otra de camisas, cuatro jeans distintos y dos pares de zapatillas. Elegime vos, yo no sé qué llevar. Diez años viajando juntos por el mundo y nunca fuiste capaz de armarte la valija solo. El gran dilema es que yo tampoco sabía qué llevar porque no me gustaba nada, pero como algo había que elegir, entonces señalaba, esto sí, esto no, y la verdad era que no me daba cuenta, que pensaba que me gustaba todo, que estaba eligiendo entre lo mejor que había, ¿entendés? Sí, de entre la ropa, sí.
Ayer te llamé y te dije que había que firmar. Te dije: “Me parece que ya es hora, Mati… pasó un año, hay que firmar”. Te quería decir algo así como “Quiero el divorcio”, haciendo fuerza en la R, arrastrándola un poco, como en un culebrón colombiano pero no me salía decirte esa palabra. Divorrrrcio. Cuando me contestaste que no podías, reconozco que me sorprendí. -¿Cómo que no podés? ¿Querés volver? -No, tampoco. -Entonces firmemos de una vez -Sí, tenés razón, gracias por tomar siempre las decisiones más difíciles. #unaremeraquediga El duelo del amor eterno sólo se sufre una vez en la vida o, si sos un negador, no lo sufrís jamás. Suele ser ese el mismo porcentaje que separa a la población entre los que se preguntan qué quieren realmente en la vida y se proponen lograrlo, y los que viven por inercia, así, sin más. A mí, lo del amor eterno, me duró diez años. Una edad clave, según mi analista, desde los 20 hasta los 30. “Son diez años de entrenamiento para un samurai, vos ahora podés hacer lo que quieras, tenés la experiencia de una señora de 60 en un cuerpo de 30”. Siempre me dijeron que tengo un aire a Uma Thurman y sí, creo que el amarillo me sienta genial. Diez años adormecida, creyendo que nunca más ibas a usar el filo de la katana más que para cortar verdura cuando de repente te encontrás con una realidad ensangrentada de la que tenés que escapar porque eso de que el amor lo puede todo es mentira y que coger una vez al mes no es nada normal.
Pará, sigue. Una madrugada te lavantás de la cama, desorientada. La noche anterior se te ocurrió moverla de lugar porque pensaste que estaba bueno cambiar –porque qué se yo, te dieron ganas- y entonces te tropezás con unas zapatillas suyas mal guardadas y te rompés el labio de un mordisco cuando te das la cara contra el suelo. Y ahí, mientras te limpiás la sangre mirándote en el espejo del baño, te das cuenta que amás más a la gata que te está mirando sentadita en la tapa del inodoro que al pibe con quien compartís anillo y que sigue roncando en la habitación. –Hay que firmar acá y acá – dijo la abogada que es amiga nuestra, bah, ahora, amiga tuya, porque en la repartija siempre salí perdiendo yo. –Seguís teniendo una firma de mierda – te dije y sonreí mientras dibujaba la mía sin mirar el papel, mientras te miraba fijo, mostrándote cómo los ojos se me llenaban de lágrimas, cómo te estaba entregando mi corazón desarmado, desplegado arriba de esa mesa, por partes, ahí, adelante de todos.
texto: Gabi Valenti video: Mariana Horno

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Que cuando están comiendo afuera y llega el pan con manteca, te unte primero uno a vos sin preguntarte y después el de él. @chapelca
Frío
MARIANO
Cuatro años de luces de colores y, en este último tiempo, todo está tornando gris. No se puede predecir el momento justo de la explosión donde algo con belleza armónica se transforma en una odiosa deformidad. De años y costumbres se arma una relación. La mía, ahora, está llegando a ese punto donde el hábito, los años, la rutina, los desvaríos y las acusaciones derivan en la no predicción del estallido. Preguntas hay varias pero la amplitud y ambigüedad del tema las dejan inconclusas. Hoy es, supuestamente, una de las tantas conmemoraciones de nuestro aniversario. Siento que estamos donando ganas que podríamos aprovecharlas por separado. Las luces dicroicas le exaltan los pómulos que solía apreciar pero hoy los encuentro resbalosos y con grasitud. El condicionamiento que ejercen sus manos al untar manteca en las tostadas, sin que se lo haya pedido, me está empezando a irritar. El mirar hacia la nada, en lugar de mis ojos, como le gustaba hacerlo, se transforma en un aporte más a la monotonía. —Está rico el pan, ¿viste? —dice mientras señala con la mirada esa tostada que untó para mí. —Después pruebo, no tengo muchas ganas de llenarme con pan, prefiero comer. —Bueno pero es una tostadita, no te vas a llenar con eso —insiste. —Bueno, pero no quiero, comela vos —escapo. —Dale, fijate, es saborizado como los panes que te gustan a vos. —¿Qué sabor tiene? —Fijate. Sostiene la tostada entre sus dedos índice y pulgar, abre la boca y al tiempo que me apunta dice "Aaaa". Gestos. De eso se construye la rutina, gestos sin sentido con la falsa amabilidad dictada por la idiosincrasia. "¿Querés?", aunque no quieran convidarte. "¿Cómo está tu mamá?", aunque no le importe. "Voy al kiosco, ¿te traigo algo?", aunque nunca esperen un sí como respuesta. Gestos que te hacen ver como educado aunque no lo seas. Abro la boca y mastico, sin ganas, el bocadillo. —¿Y? —¿Qué? —¿Está rico? —Ajam. —¿Viste? Yo te dije. Tener la razón porque sí. Otra forma de hacerse detestable. Ahora falta una discusión con el mozo y ya puedo saber cómo termina todo. —Chicos, ¿ya eligieron? —Sí —dice ella. Y el monólogo futurista de entrada-plato principal-postre sale de sus adentros. ¿Lo hace para delimitar el campo de juego o para darle tiempo al cocinero de ir a comprar lo que falta? Jamás lo sabré pero me limito a asentir al unísono con el mozo mientras veo de fondo como la televisión repite una goleada del Arsenal ante un aburrido Everton. No comprendo todavía cómo existen matrimonios que celebran bodas de plata.
ESTEBAN
El frío es filoso. El que se siente en la temperatura y también el del corazón. Ambos causan la sensación de estar cortando y soy el tipo de persona que le cuesta soportarlos. Lentamente me acostumbro a la nueva vida, pero se torna difícil la supervivencia en una ciudad así. Noches enteras sin sueño adecuado, añorando mi pasado y envidiando el presente de otros. Todavía me acuerdo de aquella familia. Hoy, en cambio, siento cómo el frío mármol, sobre el que estoy sentado, corta mis piernas, pero no me importa porque tengo la fortuna de pasar horas mirando a la gente tras el ventanal del bar. Interpretar sus gestos, aunque no los escuche, se transforma en mi trabajo. Armar historias sobre desconocidos para sentirlos más cerca es lo que mejor me sale. Al menos eso dijo José cuando se llevó la manta que le había prestado.
¿Disculpe seniorita, sin ofender, tiene una moneda pa comer?
Es la ignorancia en la que estamos sumidos la que nos permite tener memoria selectiva. Es la forma en que destruimos la compasión lo que nos hace seguir viviendo. Nadie tiene la culpa y todos tienen la culpa. Sin embargo me gusta imaginar qué piensan, qué dicen, cómo viven, qué hacen un sábado a la tarde, dónde se cortan el pelo, si ese esmalte es nuevo, si la corbata fue regalo de un aniversario, en qué gastan sus ahorros y de qué color son las fundas de su almohada. Ahí estoy yo y ahí estamos todos, en los gestos que nada significan pero mucho contienen.
¿Disculpe cabashero una monedita pa comer?
Ella es bonita y él también lo es. De revista e ideales en sociedad. ¿Serán novios? ¿Marido y mujer? ¿Amantes? ¿Amigos? Ella acaba de untarle manteca en una tostada y se la da en la boca. Ese gesto no es de amigos. Es amor. El tipo de amor que extraño y necesito. El sentimiento que te da el calor del abrazo y la humedad del beso. La necesidad de olerle el cuello y apretar tu mano en su espalda. El de rozarle el lunar con la yema de los dedos y hacerle saber cómo te late el corazón cuando está con vos. La sensación de querer llevarte el mundo por delante cuando te agarra de la mano. La caricia en la mejilla cuando apenas te despierta. Del amor a la calidez hay un conjunto de gestos que adorna el día a día.
Seniora, ¿tiene una monedita? Gracias que dios la bendiga.
Hace días que no sé nada de José. Prometió que iba a devolverme la manta.
Muchacho, ¿una monedita?
El mozo sonríe y se acerca. Ella gesticula mucho. Parece que le gusta hacerse entender por todos los medios. El corte carré acompaña el movimiento de brazos y devela aritos de perla que brillan al igual que la tersura de sus pómulos. Tiene brazos finos y dedos engalanados por anillos. Lo rosado de sus labios me da indicio de una experta en el arte del besar. Las piernas cruzadas y en parsimoniosa caída señalan al ser amado. Pienso que su voz podría servir de rescate en mi asquerosa realidad.
¿Disculpemé senior, tendría un pesito?
La cena se torna un momento parco pero, aún así, se nota el disfrute en los ojos de ella. ¿Qué harán después de comer? Seguro disfrutarán una película en el cine o acompañarán la delicia del vivir con unos tragos. Él le propondrá matrimonio y ella aceptará. Ambos se merecen.
¿Una monedita, por favor?
El frío se me hace insoportable y los veo hablando mientras se miran, serios, a los ojos. Ella tiene los brazos cruzados y la espalda posada de manera perezosa sobre el respaldo. Él, los codos apoyados en la mesa, al costado del plato vacío. Sus manos realizan pequeños movimientos oscilatorios. El reloj pulsera se le cae de a ratos sobre el antebrazo y lo vuelve a colocar sobre la muñeca.
¿Disculpe no me daría una monedita? Chagracia.
Sobre la mesa está la comida que sobró, envuelta en una bolsa. Mientras tanto él busca algo dentro del saco. ¿Será el anillo? Espero que se venga la proposición, como en las películas. Aunque ella siga de brazos cruzados mientras mira el televisor. Los veo juntar todo y salir por separado. Él primero con unas llaves en la mano y luego ella con la bolsa de las sobras. No muestra más la encantadora sonrisa de hace unos minutos. Aprieta los brazos por delante del cuerpo. Tiene frío, como yo. Él camina delante, con la mirada en alto y acercándose a un auto. Ella va detrás, con pasos lentos, lágrimas caen de sus ojos y llegan al borde de los labios. Me observa y cambia su rumbo. Viene hacia acá.
—Muchas gracias seniorita. Dios la bendiga.
Me regala la comida que sobra y sigue rumbo al auto. Ya no tengo tanto frío.
texto: Gastón Solís video: DIBE
Dejar pasar el bondi aunque esté vacío y esperar el próximo que seguro viene lleno para quedarte con esa persona un rato más. @indiadecuba
Para Beto sin pensar
En verdad no le di mucha vuelta, Beto. Un poco quizás, y no sabría cómo medir bien cuánto. Pasa que si lo pienso mucho después no paso a la acción y Noemí me dijo que cuando pienso mucho me protejo y me olvido de sentir y que me tengo que quedar con lo verdadero. Lo verdadero seríamos nosotros Beto, nosotros y nuestros momentos, nuestros momentitos, nuestro todo.
Entonces no lo pienso, lo siento, vengo y te lo transmito: yo venía muy dispersa antes de conocerte, como un celular estampado en el piso con todas las partes sueltas, como que antes yo hacía medio triki triki por acá, triki triki por ahí y bueno algo de esto, de esta actividad de vernos con regularidad, como que me organizó, me puso más línea recta decidida. Ahora sé a dónde voy, sé a qué hora te encuentro, sé que hay un momento para ir a comer, otro para ir al cine, ya sé cuándo voy a dormir en mi casa, cuándo en la tuya… Se me armó un esquema como quien dice, todo ahora es como si tuviera un esqueleto donde voy situando mi carne, ¿ubicás? Así, taca taca, el amor me concentró de una manera que hacía fácil, dos, tres, no sé, cinco años no se me encausaba. Y no lo digo solo yo, Noemí también me lo hizo notar, igual para ella tenemos que seguir trabajando, y yo no sé cuanto más voy a poder evolucionar con mi emocionalidad, cada sesión es mucha energía, una clase de spinning casi. Me dice que no estoy lista para ponerle títulos a las cosas porque cuando les pongo títulos las enfrasco y enfrascar me pone reglas y si algo se sale de ahí, entonces no lo percibo. Como si te dijera que somos una mermelada de ciruelas. No, ciruelas no, duraznos. Bueno, ponele que consensuamos eso. “Somos una mermelada de duraznos” y capaz que a vos un día te sale ponerte más como una mostaza y como nosotros quedamos en ser duraznos, yo no voy a querer mostaza y no te voy a poder percibir y en vez de bancarme la pelusa te voy a anular o te voy a querer transformar en algo que no sos. Es tan genial Noemí, me lee al voleo. Y es re lindo todo esto que estamos haciendo, pero yo no sé bien qué es lo que te gusta de mí. A mí no me parece que yo sea tan única y genial como me estás diciendo que soy. ¿Viste esa vez que nos quedamos a dormir en lo de tu mamá y tuvimos que hacerlo medio en mute porque estaban todos ahí en el living esperando el parte médico de tu abuela? Bueno, esa vez vos me dijiste que te encantaba cómo yo te comprendía las ideas, que te encantaba ver cómo yo me quedaba pensando para adentro y en vez de reaccionar y decir algo porque sí, te comprendía la idea. Claro, bueno, a mi me pareció tierno el concepto, tu mirada, tu intención, pero cuando yo me callo no sé si es porque te comprendo realmente.
Para mí es difícil, todo es difícil. Y cuando algo me parece difícil, como que me sale poner cara de comprensión, lo sé porque me lo dijeron en clases, yo no me doy cuenta, traté de mirarme al espejo pero no la veo, y capaz algo de esa cara, mi cara, se te mezcló a vos, porque vos empezás diciendo una cosa, después es otra y no sé si es literal o si es una metáfora, usás mucho la metáfora Beto y esa imagen de abrir mundo, decís “Hablar me abre mundo, me abre mundo” y a mí se me viene un globo terráqueo partido al medio y ahí me trabo, me empasto, yo necesito todo más concreto, mas pim pum pam , taca taca, quiero esto, azul, verde, auto, casa, chimenea, asado, domingo, fútbol, casamiento, parto. Dejame leer un poco más para entenderte, dos, tres libros más, una sesión con Noemí y te respondo, pero así al toque no tengo recursos, me cuesta y me sale mutearme, solo me sale eh, como si mi cuerpo lo manejara otro y me pone pausa, así. Y siento que tenía que sincerarme en esta, porque yo me siento muy feliz, tan, tan feliz, que se me sale el corazón, el pezón se me fue más para adelante y todo, ¿ves? Estoy tan feliz que es como que me tiemblan músculos que no sabía que tenía en el cuerpo, tan feliz que abro más la boca, me veo más los dientes, largo temas, Tengo tanta sed de ti que me cuesta respirar, ese me sé, lo habré escuchando una, dos veces, esperarte es mi delirio, te amo más y más. Están lloviendo estrellas en nuestra habitación. Es tan metódica esa imagen que me abruma, me parece una papa frita pero me sale, me sale cantarla y sentirla, cierro los ojos, frunzo el ceño, me pongo un puño en el pecho. Si me preguntabas de acá, un año para atrás, yo no pensaba que fuese a ser tan cliché, pero sí. ¿Ves? No soy especial, ni única, te digo que hasta me podrías perder en un shopping, o antes, en la vereda de Pringles y Sarmiento ahí nomás, hasta en un baño público, en un ascensor me perdés Beto, en un ascensor roto. Igual sé que me encontrarías porque vos sos así, fumás abajo del agua, podés ver aunque no estés mirando. Yo no sé qué me viste pero sé que mejoré mucho, creo que avancé cinco años en estos meses que estuvimos juntos. Y yo no sé si te veo mejor que cuando nos conocimos Beto. A mí, estar enamorada, me aleja de la gente. Todas mis amigas están solteras, no tengo tema de conversación cuando nos juntamos, me hablan de Tinder y yo ni idea, me quedo callada, miro el celular, les cuento alguna receta que nos preparó tu mamá el fin de semana y ya me da culpa, me anestesio la boca antes de ir porque se me sale la sonrisa sino. Yo antes con ellas tenía la sensación de unión, éramos un grupo y ahora me desencajé, no sé bien a qué grupo pertenezco, porque los enamorados no tienen grupo, ¿O sí? ¿Tienen? Yo los veo que se juntan en duplas y ya está, se acabó, es muy duplista el enamorarse. No sé, no sé cuánto me sirve esto de estar enamorada porque en la obra… ¿viste?, en la obra tengo que actuar de deprimida y no me sale, te juro que lo intento y no me sale. El director me dice que no, que no lo intente que me va salir solo cuando le saque el deseo, “No tenés que hacerlo sino serlo” me dice. Okay, le confío pero me pongo ansiosa, porque hay otro actor, un señor de 60, el Tito, que me dice que él tiene una técnica para deprimirse y pensé que necesito algo así, yo puedo entregarme a actuar pero necesito estrategias, una sola al menos, como jugar a las escondidas, para ser la escondida tengo pasos: esconderme lejos, espiar la piedra, acercarme lento, ver cuándo es que no hay nadie cerca y correr a librarme. No es solo entrega, es un miti miti, y el Tito hace esa, lleva un tupper al camarín, se manda a comer arroz blanco frío antes de la función, al toque se le eriza la piel, se le encorva la espalda y se pone pálido pálido, es como que la mirada se le petrifica, la voz le sale como una lechuga deshidratada, es perfecto. Le dije que me parecía perfecto y me contó que él cuando era estudiante iba a Abogacía por la mañana y a la noche a clases de teatro, pero a escondidas de su familia. Cuando lo descubrieron se tuvo que ir de su casa a una habitación en Once que se pagaba con un trabajo de ocho horas en un negocio de cremas en el centro. En todo ese período cenaba arroz blanco frío, “¡Imaginate!” me decía. Su papá no le hablaba y veía a su mamá y a su hermano muy de vez en cuando. Al tiempo empezó a trabajar en una obra, el día del estreno fue a su casa a invitar a su familia, les dejó una carta, tocó el timbre y salió corriendo. Estuvo cuatro fines de semana esperando que fueran a verlo, los espiaba desde el escenario pero nunca los encontraba. Hasta que a la salida de una función le llegó una carta que decía: “Te admiro, sé que mamá y papá también, te lo digo porque se los vi en la mirada” la firmaba su hermano, que también tenía aspiraciones artísticas, quería tocar el piano pero aún no había dado el paso, o los pasos. La cosa es que el padre empezó a ir a verlo en secreto, iba función de por medio, la obra duró medio año en un teatro de Corrientes y Ayacucho, pero el padre tuvo un infarto en el medio y ahí fue cuando el Tito se enteró que había ido a verlo tanto, se lo contó su hermano también, que lo seguía al salir de la casa y lo veía entrar al teatro. Entonces ahora él se manda el arroz blanco frío y se come ese viaje, esa tragedia, su cuerpo lo recuerda, la novela está en su piel. Necesito eso en mi vida Beto, no puedo ser normal, común, necesito un extremo u otro, tragedia, comedia, algo. Dame novela, Beto, novela. Abandoname ya, ahora, así, abrupto, dame un abrazo y andate, vete, dejame por otra, por dos a la vez, por mi hermana, eso, andate con mi hermana, escápense juntos, está la casita de Moreno libre, te doy mi llave, váyanse un finde ahí, decime que no me amás más, que fue todo una mentira. ¿Sabés como lloro con eso? Me desangro, se me desgarra la córnea, quedo echa una ampolla, una sardina quedo. Se me ocurrió también que podemos probar con algo más convencional, decime que me amás, sí, y que descubriste la felicidad máxima conmigo pero sentís que me merezco algo mejor y te vas. Me abrazás y te vas, sí, sí, está bien el abrazo, porque para abrazar no hace falta que yo lo responda, vos podes usar tus brazos y ya está, se forma el abrazo. Un abrazo fuerte tiene que ser el tuyo, yo no voy a levantar nada, me quedo fija. Actuemos eso, probémoslo, es peor cuando abandonás a alguien porque “está todo bien”.
Abandoname Beto, sí, ahí me deprimo, respiro depresión, duermo depresión, amanezco depresión, me hundo Beto, no me toques, me hundo sola, camino sola, camino deprimida, tomo el colectivo deprimida, se me tiñe la mirada de tristeza, llego al ensayo sumergida en esa y actúo directo. ¡Trá! ¡Ya está! Abandoname porque te juro que ahora no me sale actuar bien, mirá que intento y dejo de intentar, pero me consume muchísimo más tiempo, todos los demás ya están sumergidos en la emoción y yo ahí con la sonrisa clavada cantando llueven estrellas, llueven, llueven, no, no me sirve, yo tengo que estar desgarbada, pálida. “Probá bajando de peso” me dijo el director, dos, tres kilos nomás, y eso me da más ansiedad, no puedo parar de comer palta, la palta me infla los cachetes, parezco sana, sana y feliz parezco. También me dijeron que corte con lo del Vick Vaporub para llorar, que es peligroso, que me puede afectar a la vista. Ciega y enamorada me voy a quedar, no me sirve, necesito actuar la obra, de última puedo quedarme con todo el amor que siento por vos, con vos, los dos, pero para mí misma, para escribirlo en poemas, hacerte canciones. Porque, digo ¿De qué me sirve amarte y que lo sepas? ¿De qué sirve nuestro amor si queda entre nosotros dos? Necesitamos testigos, yo quiero a los testigos, si no hay nadie más que vos y yo, queda finito, se extingue y ¿Qué? ¿Qué hacemos? ¿Vos sabés? Yo no sé. Prefiero amarte y que te vayas, así te denuncio y les digo a todos lo mucho muy buena que sería amándote, prefiero eso, compartirlo, multiplicarlo a que quede en nuestra hermosa correspondida y sana relación amorosa de pareja. No, no. No entiendo Beto. No entiendo para qué nos encontramos, no entiendo para qué me hablaste, no entiendo ni para qué dejaste pasar los colectivos vacíos la noche que salimos del recital de El Mató, no entiendo cómo fuiste ese miércoles helado al recital sabiendo que el jueves tenías que estar para la Visa a las siete y media de la mañana, no entiendo para qué te hiciste el que te gustaba El Mató, ni cómo te aprendiste las canciones en una semana. No sé como hiciste para saber que mi álbum favorito era la Dinastía Scorpio, ni cómo me encontraste por Facebook sabiendo sólo mi nombre. No entiendo cómo la verdulera te dio mi nombre, no entiendo qué hacías vos en esa verdulería, que queda como a 50 cuadras de tu casa, ahí atrás mío en la fila comprando paltas cuando sabemos que odiás la palta Beto, vos odiás todas las verduras verdes. No entiendo si está bueno esto, que te advierta las cosas, tampoco sé qué es lo que podría pasar, ni tampoco sé cómo saberlo, tampoco sé cómo resolver saberlo, ni tampoco sé si sabiéndolo y todo podría hacer algo con mejor aporte. Es eso, no sé si puedo aportarte algo a lo que venís proponiendo, por eso es mejor si me voy, para llorar un poco el sábado sin ayuda de la pastita mentolada. Actuemos nuestra separación Beto. Si nos va bien quizás nos vamos de gira con la obra, entonces no sería una separación definitiva, es un tiempo que te pido, es un tiempo que te propongo, es un perímetro espacial y temporal que trazo hoy desde mí hacia vos, yo necesito este tiempo, nos va a hacer bien extrañarnos, sos hermoso, lo más lindo que me pasó en la vida, todo lo que imaginé de un amor, eso sos vos Beto, y más, mucho más. Gracias, gracias por alentarme sin adularme, gracias por el helado cuando se me paspó la encía, gracias por seguirle la corriente a mi papá con sus monólogos de budismo, gracias por acercarte, sos la definición de la alegría, del optimismo sostenido, sos la fragancia de las ganas de vivir, imaginarte es todo lo que ahora, por lo menos un mes, o dos, necesito lejos.
texto: Jazmín Carballo video: Nahuel Ugazio
VIDEO N°2.
ACTIVIDAD 6. 11/10/2021.