Que cuando están comiendo afuera y llega el pan con manteca, te unte primero uno a vos sin preguntarte y después el de él. @chapelca
FrÃo
MARIANO
Cuatro años de luces de colores y, en este último tiempo, todo está tornando gris. No se puede predecir el momento justo de la explosión donde algo con belleza armónica se transforma en una odiosa deformidad. De años y costumbres se arma una relación. La mÃa, ahora, está llegando a ese punto donde el hábito, los años, la rutina, los desvarÃos y las acusaciones derivan en la no predicción del estallido. Preguntas hay varias pero la amplitud y ambigüedad del tema las dejan inconclusas. Hoy es, supuestamente, una de las tantas conmemoraciones de nuestro aniversario. Siento que estamos donando ganas que podrÃamos aprovecharlas por separado. Las luces dicroicas le exaltan los pómulos que solÃa apreciar pero hoy los encuentro resbalosos y con grasitud. El condicionamiento que ejercen sus manos al untar manteca en las tostadas, sin que se lo haya pedido, me está empezando a irritar. El mirar hacia la nada, en lugar de mis ojos, como le gustaba hacerlo, se transforma en un aporte más a la monotonÃa. —Está rico el pan, ¿viste? —dice mientras señala con la mirada esa tostada que untó para mÃ. —Después pruebo, no tengo muchas ganas de llenarme con pan, prefiero comer. —Bueno pero es una tostadita, no te vas a llenar con eso —insiste. —Bueno, pero no quiero, comela vos —escapo. —Dale, fijate, es saborizado como los panes que te gustan a vos. —¿Qué sabor tiene? —Fijate. Sostiene la tostada entre sus dedos Ãndice y pulgar, abre la boca y al tiempo que me apunta dice "Aaaa". Gestos. De eso se construye la rutina, gestos sin sentido con la falsa amabilidad dictada por la idiosincrasia. "¿Querés?", aunque no quieran convidarte. "¿Cómo está tu mamá?", aunque no le importe. "Voy al kiosco, ¿te traigo algo?", aunque nunca esperen un sà como respuesta. Gestos que te hacen ver como educado aunque no lo seas. Abro la boca y mastico, sin ganas, el bocadillo. —¿Y? —¿Qué? —¿Está rico? —Ajam. —¿Viste? Yo te dije. Tener la razón porque sÃ. Otra forma de hacerse detestable. Ahora falta una discusión con el mozo y ya puedo saber cómo termina todo. —Chicos, ¿ya eligieron? —Sà —dice ella. Y el monólogo futurista de entrada-plato principal-postre sale de sus adentros. ¿Lo hace para delimitar el campo de juego o para darle tiempo al cocinero de ir a comprar lo que falta? Jamás lo sabré pero me limito a asentir al unÃsono con el mozo mientras veo de fondo como la televisión repite una goleada del Arsenal ante un aburrido Everton. No comprendo todavÃa cómo existen matrimonios que celebran bodas de plata.
ESTEBAN
El frÃo es filoso. El que se siente en la temperatura y también el del corazón. Ambos causan la sensación de estar cortando y soy el tipo de persona que le cuesta soportarlos. Lentamente me acostumbro a la nueva vida, pero se torna difÃcil la supervivencia en una ciudad asÃ. Noches enteras sin sueño adecuado, añorando mi pasado y envidiando el presente de otros. TodavÃa me acuerdo de aquella familia. Hoy, en cambio, siento cómo el frÃo mármol, sobre el que estoy sentado, corta mis piernas, pero no me importa porque tengo la fortuna de pasar horas mirando a la gente tras el ventanal del bar. Interpretar sus gestos, aunque no los escuche, se transforma en mi trabajo. Armar historias sobre desconocidos para sentirlos más cerca es lo que mejor me sale. Al menos eso dijo José cuando se llevó la manta que le habÃa prestado.
¿Disculpe seniorita, sin ofender, tiene una moneda pa comer?
Es la ignorancia en la que estamos sumidos la que nos permite tener memoria selectiva. Es la forma en que destruimos la compasión lo que nos hace seguir viviendo. Nadie tiene la culpa y todos tienen la culpa. Sin embargo me gusta imaginar qué piensan, qué dicen, cómo viven, qué hacen un sábado a la tarde, dónde se cortan el pelo, si ese esmalte es nuevo, si la corbata fue regalo de un aniversario, en qué gastan sus ahorros y de qué color son las fundas de su almohada. Ahà estoy yo y ahà estamos todos, en los gestos que nada significan pero mucho contienen.
¿Disculpe cabashero una monedita pa comer?
Ella es bonita y él también lo es. De revista e ideales en sociedad. ¿Serán novios? ¿Marido y mujer? ¿Amantes? ¿Amigos? Ella acaba de untarle manteca en una tostada y se la da en la boca. Ese gesto no es de amigos. Es amor. El tipo de amor que extraño y necesito.  El sentimiento que te da el calor del abrazo y la humedad del beso. La necesidad de olerle el cuello y apretar tu mano en su espalda. El de rozarle el lunar con la yema de los dedos y hacerle saber cómo te late el corazón cuando está con vos. La sensación de querer llevarte el mundo por delante cuando te agarra de la mano. La caricia en la mejilla cuando apenas te despierta. Del amor a la calidez hay un conjunto de gestos que adorna el dÃa a dÃa.
Seniora, ¿tiene una monedita? Gracias que dios la bendiga.
Hace dÃas que no sé nada de José. Prometió que iba a devolverme la manta.
Muchacho, ¿una monedita?
El mozo sonrÃe y se acerca. Ella gesticula mucho. Parece que le gusta hacerse entender por todos los medios. El corte carré acompaña el movimiento de brazos y devela aritos de perla que brillan al igual que la tersura de sus pómulos. Tiene brazos finos y dedos engalanados por anillos. Lo rosado de sus labios me da indicio de una experta en el arte del besar. Las piernas cruzadas y en parsimoniosa caÃda señalan al ser amado. Pienso que su voz podrÃa servir de rescate en mi asquerosa realidad.
¿Disculpemé senior, tendrÃa un pesito?
La cena se torna un momento parco pero, aún asÃ, se nota el disfrute en los ojos de ella. ¿Qué harán después de comer? Seguro disfrutarán una pelÃcula en el cine o acompañarán la delicia del vivir con unos tragos. Él le propondrá matrimonio y ella aceptará. Ambos se merecen.
¿Una monedita, por favor?
El frÃo se me hace insoportable y los veo hablando mientras se miran, serios, a los ojos. Ella tiene los brazos cruzados y la espalda posada de manera perezosa sobre el respaldo. Él, los codos apoyados en la mesa, al costado del plato vacÃo. Sus manos realizan pequeños movimientos oscilatorios. El reloj pulsera se le cae de a ratos sobre el antebrazo y lo vuelve a colocar sobre la muñeca.
¿Disculpe no me darÃa una monedita? Chagracia.
Sobre la mesa está la comida que sobró, envuelta en una bolsa. Mientras tanto él busca algo dentro del saco. ¿Será el anillo? Espero que se venga la proposición, como en las pelÃculas. Aunque ella siga de brazos cruzados mientras mira el televisor. Los veo juntar todo y salir por separado. Él primero con unas llaves en la mano y luego ella con la bolsa de las sobras. No muestra más la encantadora sonrisa de hace unos minutos. Aprieta los brazos por delante del cuerpo. Tiene frÃo, como yo. Él camina delante, con la mirada en alto y acercándose a un auto. Ella va detrás, con pasos lentos, lágrimas caen de sus ojos y llegan al borde de los labios. Me observa y cambia su rumbo. Viene hacia acá.
—Muchas gracias seniorita. Dios la bendiga.
Me regala la comida que sobra y sigue rumbo al auto. Ya no tengo tanto frÃo.
texto: Gastón SolÃs video: DIBE









