«Nosotros y los otros, decía yo: ¿cómo puede, como debe uno comportarse respecto de aquellos que no pertenecen a la misma comunidad que nosotros? La primera lección aprendida consiste en la renuncia a fundar nuestros razonamientos sobre una distinción como ésa. Y sin embargo, los seres humanos lo han hecho desde siempre, cambiando solamente el objeto de su elogio. Siguiendo la “regla de Herodoto”, se ha juzgado como los mejores del mundo, y han estimado que los otros son buenos o malos, según se hallen más o menos alejados de ellos. Y a la inversa, sirviéndose de la “regla de Homero”, han llegado a la conclusión de que los pueblos más alejados son los más felices y admirables, en tanto que entre sí mismos no han visto más que decadencia. Pero en ambos casos se trata de un espejismo, de una ilusión óptica: “nosotros” no somos necesariamente buenos, y los “otros” tampoco; lo único que se puede decir a este respecto es que la apertura hacia los otros, la negativa a rechazarlos sin un examen previo es, en todo ser humano, una cualidad. La separación que cuenta, sugería Chateubriand, es la que hay entre los buenos y los malvados, y no la que existe entre nosotros y los otros; por lo que toca a las sociedades particulares, en éstas se mezclan el bien y el mal (cierto, en proporciones que no son iguales).»
Tzvetan Todorov: Nosotros y los otros. Siglo XXI Editores, págs. 431-432. Madrid, 2007.
TGO
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