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En Sujo hay, desde luego, una reflexión social acerca de los motivos por los que determinadas personas se dedican al crimen. El Jai se niega a ser un joven explotado, aunque al final termine involucrado en un sistema de explotación mucho más cruel (01:47:17).
Decimos lo anterior porque la película, a pesar de su larga primera parte, en el pueblo natal de Sujo, no es una película acerca del narco. O, si se prefiere, su tema no se agota ahí. Sujo es también la historia de una redención, la de su personaje protagónico, a través del personaje de Susan (la escritora argentina Sandra Lorenzano), la profesora de la UNAM que le tiende la mano al joven (02:07:25):
Sin embargo, así como hay personajes como Sujo, capaces de vencer la adversidad y romper el círculo vicioso de sus vidas, la película nos dice que también hay otros, como el Jai, que no pueden abandonar esa vida (01:54:51):
En Sin señas particulares hay un pasaje que coquetea con lo sobrenatural, cuando escuchamos el relato del sobreviviente y este asegura que el diablo es el culpable de las muertes. Algo parecido ocurre en Sujo, cuando vemos los fantasmas de El Ocho y del Jeremy, el joven amigo de Sujo, volver de ultratumba.
De la misma manera, ¿acaso Sujo, idéntico a Josué (el mismo actor, Juan Jesús Varela, interpreta a ambos personajes), no es como una suerte de aparición de su padre? Es como si El Ocho hubiera vuelto a nacer, pero ahora para vivir una vida distinta (00:58:32).
Otra vez, como en Sin señas particulares, hay un uso lúdico del encuadre, lo que desemboca en frecuentes referencias al tema de la mirada (00:14:20).

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Al igual que ocurre en Sin señas particulares y en Noche de fuego, en Sujo la violencia (brutal) es elidida. Véase, por ejemplo, la escena en la que El Ocho es asesinado por El Maza.
Escuchamos la detonación en fuera de campo, por lo que corresponde al espectador reconstruir, imaginar lo que le pasa al desafortunado Josué. La violencia, en este caso, es verbal. Ante el alegato de Josué ("Tengo a mi hijo chico"), la terrible respuesta de El Maza: "Vamos a echar a tu hijo en el mismo tambo".
Lo mismo podemos decir de la escena en la que vemos el tambo en cuestión, con lo que, suponemos, son los restos de Josué.
En el primer episodio conocemos al Ocho, ya convertido en adulto. Lo vemos discutir con otro personaje y nuestra perspectiva es la del hijo pequeño de Josué, Sujo. Así será en varias ocasiones a lo largo de la película.
Al igual que el niño, tenemos que reconstruir lo que ocurre, desde una perspectiva espacial que está lejos de ser privilegiada.
Lo anterior llega a su culmen en la escena en la que la mujer protege a Sujo y para ello lo esconde debajo de una mesa.
Esa perspectiva en ocasiones no está limitada por lo espacial, sino que en otras ocasiones las limitaciones son de otro tipo. Esto ocurre con claridad meridiana en la escena en la que vemos la casa de El Ocho y el mensaje que le han dejado sus victimarios (00:40:17). Aquí el punto de vista perceptual de Sujo es limitado, porque no sabe leer.
Las primeras imágenes que vemos de Sujo (2024) de Astrid Rondero y Fernanda Valadez (también conocida como Hijo de sicario, nos muestran un jaripeo, de nuevo en otra de las zonas rurales tan comunes en el trabajo de estas cineastas. Hay un caballo rebelde, negro, en la que tal vez sea la obra más simbólica de las que hemos analizado.
El del inicio es el caballo rebelde, que se libera de la cuerda que lo ata a un árbol. "Siempre se escapa". Conocemos también a otro personaje, el pequeño Josué, el Ocho; parece como si el caballo reconociera a Josué como su igual en la rebeldía. La película es episódica y el primer segmento está dedicado precisamente a este personaje, un Josué ya adulto, rebelde como el caballo negro del inicio.
Estas escenas del principio, desde luego, hay que conectarlas con los planos finales de la película (02:00:49).
En Sujo, los animales tienen ese carácter simbólico y misterioso, como en la escena del perro que le pertenece al cerro. (00:21:45)