Un aroma intenso y peculiar saturaba el aire de la habitación.
El olor fijaba su fuente en un pebetero colocado encima de la mesa. El recipiente estaba hecho de bronce y encerraba en sus formas un motivo tradicional: las asas equidistantes tomaban el cuerpo de unas carpas que unían colas y bocas con el resto de la artesanía; la tapa tenía el aspecto de un tejado a dos aguas en el que podía distinguirse la figura de un dragón reptando a través de la cumbrera; de los ventanucos que salpicaban la base del edificio manaban hilillos fragantes que se esparcían en rizos por la sala.
Se trataba de una pieza antigua. Pese a que se había eliminado toda pátina de óxido que pudiera deslucir su superficie, las muescas presentes en los asideros y la decoloración del metal daban señas de lo longevo de su existencia. Aún podían averiguarse cuatro estatuillas de dragones en la peana, cada una orientada hacia un punto cardinal: eran ornatos que trazaban su origen en la isla de Jonia.
Y en medio de aquel sahumerio, nadando a la deriva entre corrientes de humo gris, había un hombre sentado, sumido en la más completa negrura. Las ventanas de la casa estaban cerradas, los postigos echados; solo se entreveían las siluetas ténebres de los muebles, pálidas sombras que temblaban a la luz de unas candelas posadas en los estantes.
Había una silla de mimbre entrelazado, aunque el sabio prefería sentarse en el piso. La mesa era de sauce, y en su superficie recogía un exceso de pliegos, pergaminos y libros desparramados sin voluntad de orden. Bajo la iluminación atenuada de las velas, a veces parecía que los caracteres danzaban y se permutaban, creando así una historia viviente.
En las baldas de las estanterías se acumulaban más ejemplares de aquellos rollos que atestaban la mesa. Las paredes estaban revestidas por un telón de calendarios zodiacales que medían no solo el paso de los días, sino también la posición de los astros en la bóveda celeste. De ellas colgaban, además, tapices con imágenes mitológicas, desvaídos por los lavados y por la acción del tiempo.
La cama empotrada contra la pared era pequeña, redonda y austera, con un jergón de esparto —que por lo delgado se quedaba en sábana— envuelto en telas de tinte añil.
Algunos barriles apilados en las esquinas manifestaban el apego del dueño por los licores; asimismo, las manchas de humedad en la alfombra, que esbozaba una escena heroica, corroboraban la afición del eremita por las bebidas espirituosas. De hecho, aquel tejido bordado en oro era el adorno más suntuoso de un hogar que, de otra manera, podría haberse consagrado como el principal santuario y bastión de la estoica filosofía del Equilibrio de la isla de Jonia.
La mansión era un remanso de paz y de tranquilidad. El asceta podía sentir cómo su mente despegaba y se liberaba de sus ataduras terrenales para flotar; o, mejor dicho, para flotar en un nimbo compuesto por gases de dudosa salubridad. Como fuera, el anciano se veía arrastrado por los vaivenes plácidos de la niebla, que sacudían su consciencia y la sumergían en un bendito estado de serenidad y de comprensión ultramundana.
Podía vislumbrar dragones etéreos de gracia inconmensurable deslizándose por los contornos borrosos del vaho; atisbaba a los ancestros cobrando vida y peleando entre sí, en un paisaje ameno de increíble belleza natural, acotado por los suaves límites del humo. Toda la Creación se encendía y brillaba para él, como un manto de estrellas cuidadosamente dispuesto. Todo tenía un sentido y un significado únicos, todo estaba indisolublemente ligado, y ninguna fuerza en el Universo podía fracturar ese concierto, esa armonía fundamental…
Hasta que un trueno presagió la llegada de la tempestad.
El crujido quebró las órbitas de las esferas cósmicas y difuminó sus estelas, convirtiéndolas en volutas al borde de la extinción. La puerta se abrió con un estrépito y la luz del sol redujo a jirones la densidad de la atmósfera nocturna que allí se había instalado.
Entonces, el sabio entendió una profunda verdad: los sueños son efímeros, y ninguno dura para siempre. Su meditación no había sido nada más que un sueño, uno que acababa de fugarse para no regresar jamás.
—Buenos días, maestro —Una voz jovial atravesó el umbral de la entrada. Su propietario asomó la testa al interior para cotillear— ¿Querías fundirte con la tormenta?
El muchacho penetró en la vivienda y trajo tras de sí un vendaval que disipó las últimas nubes visionarias, ya anémicas y vaporosas.
Extendió el cuello, arrugó su nariz y aspiró la peculiar esencia que inundaba el aire.
—Uhm, qué interesante —dijo. Arqueó una ceja—. ¿Estabas fumando cánnabis? Dicen que despeja los pulmones y que es bueno para la relajación; además, aumenta el apetito. Y no lo sé porque lo haya probado, ¿eh? Esto lo sé por un…libro. Un libro, sí. Bueno, no, más bien es un escrito; ni siquiera llega a la categoría de libro. Yo no leería un libro así.
El chico sonrió con toda la convicción que pudo reunir, que no era mucha.
Era un chico alto y garbado. A simple vista podía hacerse pasar por adulto, pues era especialmente elocuente y estoico, pero aquella apariencia se desmentía rápidamente por dos detalles: en primer lugar, sus ojos de un ámbar intenso transmitían aún cierta vitalidad juvenil; y segundamente, su rostro completamente ausente de señales de envejecimiento, sus facciones aún eran demasiado tiernas; su sonrisa, demasiado amplia e ingenua; su cabello, demasiado poblado, lustroso y de un saludable color negro.
Suponía un notable contraste con respecto al anciano que lo observaba desde su asiento a ras de suelo: de cabello grisáceo jaspeado de mechones blancos, algo ralo en la zona de la cabeza; la cara, hirsuta y fruncida, surcada por arrugas; el cuerpo membrudo, sí, pero compacto, con extremidades gruesas y cortas; la vestimenta, unas togas de lino tan simples como sobrias, desteñidas por el efecto de la lejía, por el sudor y por una colección interminable de remiendos; y finalmente su barba, cana y luenga como una cascada de agua primaveral, que solo encontraba acomodo sobre sus piernas entrecruzadas, donde se enrollaba a la guisa de una serpiente albina.
—Te has adelantado media hora, Edward —comentó el anciano con los ojos cerrados. Sus cejas estaban fruncidas en clave de fastidio—. Es muy temprano. La vulpeja aún no ha vuelto a su madriguera; la alondra todavía no entona su canto matinal. Dudo que haya un ser sobre la faz de Jonia que esté en pie ahora mismo. Exceptuándote a ti, claro.
El joven percibió de inmediato el mosqueo en el tono de su maestro; a pesar de ello, le dedicó su mejor sonrisa. Trató de quitarle hierro al asunto con un gesto de las manos.
—La verdad es que vine tan deprisa porque vi que un extraño humo blancuzco salía de la rendija de tu puerta. Creí que había un incendio, De hecho, te habrías asfixiado si no llego a tiempo para ventilarte la casa.
Acrecentó su sonrisa, pero la expresión del anciano no se mudó un ápice.
Ahora, el viejo lo miraba: hendía sus pupilas fijamente en él. Tenía los labios torcidos en una mueca áspera, y sus cejas velludas formaban un pico de ave puntiagudo, inquisitivo y poco halagüeño.
—Tienes muy poca confianza en mí—lo recriminó. — Has interrumpido mi meditación y te has preocupado en vano. A estas alturas, deberías saber de sobra que soy un joniano juicioso y responsable; de no ser así, no habrías acudido a mí.
El sabio descruzó las piernas y se levantó lentamente, disimulando la fragilidad de sus articulaciones tras la fachada de un ritmo digno y comedido, que imprimiría en su invitado una imagen de veteranía y de solemnidad.
O así debería haber sido de no ser porque, en un descuido, se pisó la sierpe que tenía por barba y perdió, de golpe y porrazo, toda la majestuosidad y el equilibrio de los que había hecho alarde.
El anciano decano se tambaleó y se precipitó hacia adelante sin control.
Su invitado fue a socorrerlo y saltó hacia él con la agilidad propia de una nutria fuera del río.
En su impulso se llevó por delante la mesa, pero al menos consiguió ayudar a su mentor en el aprieto: cuando este ya se había sujetado a un estante, logró agarrarlo por la cintura. Así, sometido a la inercia y al peso de su alumno, al maestro no le quedó otro remedio que caer en plancha a la tierra.
—Uff, ¿estás… estás bien, Taldriel?
El chico comenzó a enderezarse. Se apoyó en la mesa.
—Lo siento, Taldriel—balbuceó—… Mis pies no son tan veloces ni tan obedientes como mi cabeza.
«Tu cabeza tampoco es muy obediente, que digamos», pensó su mentor. Pero no fue eso lo que le dijo:
— ¿Por qué has venido tan pronto, Edward? —preguntó. También empezó a incorporarse—. Creo que es la primera vez en todos estos meses que apareces con antelación para tu clase. Normalmente, no te esperaría hasta dentro de una hora, por lo menos...
—… Bueno, la verdad es...
Edward hizo una pausa para recapacitar. Condujo la vista a lo alto y se quedó pensativo durante unos segundos.
El anciano agudizó las cejas.
—Ayer me contaste que para hoy me habías preparado una lección especial. Estaba tan emocionado por iniciar algo diferente que apenas he podido dormir y… —Calló. Se frotaba nerviosamente las manos. Su voz vacilaba—. Después de haber pasado dos semanas con la prueba de Ventisca en las cimas de Jonia, tras haber superado la Tormenta del Desierto de Shurima, el Granizo de Freljord y el Aguacero de Aguas Estancadas, tuve algunas dudas acerca de tu método didáctico.
El anciano movió el cuello y juntó las cejas en un semblante duro.
Edward tragó saliva. Desvió la mirada de sus pies y la enfocó en el anciano.
Era horrible: tenía pelos por todas partes, pelos encrespados como la vedeja de un león, que le crecían desde lo más hondo de las narices y hasta de dentro de las orejas. Sentía que lo acusaba con aquellos ojos marrones y diminutos.
—Pensé que te habías quedado sin ideas, dada la familiaridad entre las últimas lecciones que me habías impartido —indicó, despacio. Elegía sus palabras con prudencia—
La pregunta se quedó suspendida en el ambiente por más tiempo del que era educado.
El anciano se estiró con pausa los bigotes. Cataba a su invitado atentamente con la mirada.
Te aseguro que en el próximo nivel no hay Granizos, ni Tormentas, ni Aguaceros ni Ventiscas: pasaremos al estudio de los clásicos de las bibliotecas Jonianas.
El chico arqueó una ceja, escéptico. Refunfuñó y se cruzó de brazos. Pese a ello, le permitió continuar.
—Me confesaste que querías convertirte en un archimago. Dijiste que habías estado ojeando libros arcanos y que te sabías de memoria unas cuantas fórmulas —Guardó silencio. Examinó la expresión de su invitado—. Sin duda te has acercado a mí porque en mi juventud, aleccioné a muchos de los magos más eminentes de esta generación. Y ya sabes que vivo en el retiro desde hace algunos años…
Edward resopló un par de veces, incapaz de contenerse. Finalmente explotó.
— ¿Por eso me has estado paseando de un lado para otro como a un borrico durante meses? ¿Es que no quieres adiestrarme? —lo increpó. No cabía en sí de la ira: todo su cuerpo se estremecía violentamente—. ¡Llevo medio año contigo y ni siquiera hemos hablado de la teoría de las esferas! ¡Ni de la constitución de los elementos! ¡Ni de las líneas ley! ¡Nada! ¡He tenido que formarme por mi cuenta todo este tiempo! Y para colmo, siempre que intento encaminar la conversación por esos cauces me cambias de tema…
El anciano dio un puñetazo sobre la mesa, aventando la mitad de los papeles.
—Tienes una mala costumbre, Edward: hablas, pero no escuchas —repuso. Su voz sonaba fría, impasible—. Ni siquiera te has planteado cuál podía ser el sentido de todas estas pruebas.
«Torturarme», masculló para sí el muchacho.
—Pensaba felicitarte de corazón: iba a abrazarte y a darte un obsequio, una muestra de mi satisfacción por tus progresos. Pero, ¿sabes? Me has quitado las ganas —Bufó. Tomó asiento en la alfombra y se cruzó de piernas—. ¿Crees que todo esto no ha servido para nada? Muy bien, si mañana por la mañana no vuelves a llamar a mi puerta, sabré que has tomado otra dirección.
Alargó los dedos y buscó algo en la mesa. Al cabo de unos segundos, desenterró una pipa de madera de cerezo de entre las pilas de legajos y de mamotretos.
Metió la otra mano en una talega que pendía del mimbre y sacó un manojo de hojitas trituradas. Lo derramó en la cazoleta, se llevó la cánula a los labios y vertió su aliento por la boquilla.
De repente, por arte de abracadabra, una llama trepó por el caño y quemó la hierba.
Esperó unos instantes antes de dar la primera calada. Cuando lo hizo, un zarcillo de humo serpenteante ascendió del hornillo de la pipa.
—Puedes llevarte lo que te iba a regalar. Se encuentra bajo aquella estantería, junto a la puerta, dentro de la talega —Lo señaló con el dedo—. Después, cierra la puerta y márchate.
Edward dirigió la vista adonde le indicaba su tutor. Divisó el envoltorio de lana sin mucha dificultad: se trataba de una bolsa amplia y clara, con una abertura en la sección superior anudada por un cordel. Dentro yacía un objeto con un perfil circular.
El noxiano se echó la bolsa al hombro, practicó una escueta reverencia y abandonó la vivienda del sabio.