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Quelle
Students of Jiraya sensei! :D

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Chibi Comm for @blades-end <3 Thank you again bub! And I’m glad you and Lili like it.
ᴀᴛᴀʀᴅᴇᴄᴇʀ ᴄᴀʀᴍᴇsí
( Art by https://www.artstation.com/artist/kyunghankim ) La oscuridad es ese ser envolvente que aferra los últimos retazos de incandescente luz obligando que la misma se marchite bajo los últimos compases de su propia existencia de su creación; pero algunas veces la misma oscuridad es capaz de asfixiar una alma.
Zed sabía muy bien cual era aquella sensación ¿Al caso su propia alma no había sido engullida por aquel ser de ente propio que acecha en las esquinas de aquello que no era arrojado sobre la luz?
Las búsquedas de poder pueden trazarse en dos únicas sendas, la primera es la llamada senda del honor y la segunda del odio pero quien podía precisar del honor, en un mundo marchito por su propia hipocresía, donde los valores se habían perdido en el mismo instante en el cual el hombre había aprendido a empuñar el arma.
El ninja recordaba con cierta vagueza aquella lumínica época donde su rostro no era un vivo retrato de los más funestos pecados ¿Por qué se había sentido tentado por el Equilibrio en su juventud?
No todas las historias de grandes hombres se narran en épicas narraciones en las cuales sus pasados parecían brillar como un lumínico astro en las alturas de los cielos; la historia de Zed se pintaba en un grisáceo tono caracterizado por la indecorosa ira y envidia.
Nació sin nombre y sin orígenes ¿Al caso le podía deparar un heroico futuro bajo aquella premisa?
Hijo de la nada y hermano de la soledad no tardó en encontrar dentro de su odio interior al más satisfactorio de sus amigos; este odio visceral que hacía que sus dedos se transformasen en un puño y sus ojos en una fulgurante amalgama de deseos siniestros ante aquellos que le perturbaban el alma
Amaba odiar, sentía que el odio era el perfecto alimento para azuzar sus impulsos más profundos y alcanzar la cima dentro de la Orden del Kinkou para disfrutar de la cálida y placeba sensación que era situarse en una cúspide erigida sobre los hombros de aquellos que lo tuvieron todo; los mismos que jamás apreciaron lo que les había bendecido al nacer.
Después de todo solo quería ser uno más ¿Al caso era tan extraño?
Proscrito y desterrado de cualquier racionalidad no tardó en encontrarse con la sombra que le aguardaba encerrada en un viejo baúl en las entrañas de aquel impío templo que adoraba una patética senda que ni el mismo había llegado a comprender….
Sus ojos se tiñeron del escarlata color de la sangre y de sus manos emanó una sinuosa neblina de oscuridad que le mostró el más recto y sabio de los caminos; una verdad que solo él podía contemplar y entender.
Aquel mundo tal y como había sido construido era incorrecto, una civilización donde los hombres se mataban en nombre de falsas religiones y mundales confalones que apestaban a mera hipocresía ¿Reyes y dioses? Falsos ídolos para embriagar los ignorantes corazones de aquellos que jamás tuvieron la oportunidad de levantarse del suelo donde permanecían de rodillas.
Entendió cuál debía ser su camino; Cumpliría aquello que profetizaron las sombras para erigir un nuevo resurgir de la humanidad donde los falsos dioses fuesen descabezados y los hombres recordasen que la delgada línea que los separaba de la divinidad era nada más y nada menos que una falsa luz que emanaba del corazón de aquellos que los querían subyugarlos para mantener el correcto orden de todo aquello que consideraban “El equilibrio”.
Rompió las cadenas que lo ataron durante décadas con un único enfrentamiento contra su propia humanidad corrupta destrozando de aquella forma los vínculos que habían alimentado su odio durante su mortal existencia.
Ya no era un mortal como todos ellos, claro que no. Había logrado aquello que jamás había soñado su Maestro, al fin fue el primer verdadero ninja que pisó las verdes praderas de Jonia convertido en un ente oscuro que marcaría los pasos de una nueva generación de hombres y mujeres hambrientos por cambiar el mundo y desterrar aquel agónico dolor existencial.
¿Justicia? Era realismo pues el mundo que había pisado hasta entonces estaba lleno de cosas que deseaba y su existencia le había obligado a reconocer que la actual realidad solo estaba hecha de dolor, sufrimiento y vacío; pues donde hay luz también hay sombras y mientras exista el concepto de ganadores también existirán los perdedores.
¿Al caso el propio concepto de paz no lo crearon las guerras? ¿Y el odio no nació para proteger el amor?
Era aquella extraña silenciosa guerra de emociones la que había finalmente arrastrado al joven ninja a la desesperada búsqueda de algo nuevo, una ínfima posibilidad de cambiar la realidad y silenciar aquel doloroso odio.
La visión que le mostraron las sombras fue lo que hizo que cambiara para no volver ¿Que habían enseñado? La terrible maldición que los hombres apresaba; una maldición que había nacido para que los hombres se odiasen y jamás pudiesen encontrar el entendimiento; El mundo se desangraría hasta que finalmente no quedase vida alguna y la luz fuese la única que bañase las llanuras y las montañas haciendo así que miles almas corrompidas por aquella maldición fuesen solo un mero objeto de mercancía.
Los ninjas después de todo solo eran los necios perfectos, agentes de un truco que intentaba evitar que la paz depositase su apacible sentir en los corazones desgarrados de tanto vivir de la humanidad.
Para defender algo, hay que sacrificar algo... y ese mundo no es sino un sueño ¿Al caso merecía le pena no sacrificar su propia alma? Ahora solo tenía que buscar otras manos con las cuales lograr acariciar las estrellas y simplemente dejar que aquel sueño fluyese para hacer desaparecer el odio que le habían conducido hasta aquella verdad.
Debía construir todo aquello que deshizo el Equilibrio y para ello estaba dispuesto a destruir todo lo que impidiese su avance.
Y así fue como el atardecer carmesí se alzó en el incandescente cielo para desterrar aquella falsa luz que cegaba a los hombres.
ᴜɴ ʟᴀʀɢᴏ ᴠɪᴀᴊᴇ ɪɪ
Edward estaba acostumbrado a la penumbra. Los magos eran criaturas nocturnas y sus miradas se habían formado para internarse en los libros bajo la luz de un pequeño candil, así como para penetrar en los misterios más tenebrosos del universo. Por eso, tal vez, el noxiano buscaba en el firmamento la clave a los enigmas que lo desvelaban en la tierra.
Por esa razón, quizá, llevaba semanas sin poder conciliar el sueño. Por ese motivo ignoró que alguien estaba llamando a su puerta. Edward tardó algún tiempo en abandonar sus cavilaciones. Se había quedado perplejo contemplando una superficie lisa, suavemente reflectante, que absorbía su atención como si fuera la lectura más minuciosa de su biblioteca; o aún mejor: como si hubiera hallado un astro nuevo en el cielo al que todavía no hubiera catalogado. Y pese a todo, había observado cientos de veces aquel espejo. Se había deleitado con la lisura de sus contornos, con los relieves finamente trazados de su marco, que remedaban enredaderas de los bosques del norte; y desde luego, no podía evitar abstraerse con el reflejo que le devolvía aquella lámina de cristal palpitante. No fueron las pisadas las que lo pusieron sobre aviso, ni tampoco el chillido de los goznes de una puerta que llevaba décadas sin engrasarse, fue uno de los orbes de luz, una de las estrellas de su constelación privada, la que le advirtió de la presencia de otra persona en sus dominios. Aun durante sus meditaciones más concienzudas, ya sumergido en un diálogo apasionado con los autores del pasado, ya examinando alguna muestra en su laboratorio, jamás perdía la noción de dónde se situaban las esferas luminosas de su galaxia personal.
A falta de un orden cósmico superior al que ceñirse, las lámparas de Edward se regían por unas reglas existenciales propias: a veces las obligaba a dibujar círculos y elipses que constituían un factor esencial en sus investigaciones sobre las órbitas reales de los cuerpos celestes, o bien que probaban en la práctica alguno de sus teoremas físicos o matemáticos; en otras ocasiones, las usaba como centinelas o para fines puramente utilitarios, como el de guiar a sus invitados o a su maestro a su mesa de trabajo; y aun en otras circunstancias, aquellas bolitas radiantes atendían a propósitos que incluso el mismo Edward ignoraba. Aquel era uno de esos momentos: Edward no envió a ninguna de sus linternas a que escoltase a su visita, más lo habían hecho. ¿Se habían rebelado contra él, o habían operado siguiendo algún automatismo oculto, algún impulso inconsciente nacido de la portentosa mente del archimago?
—Mi señor —anunció una voz dulce, melosa y femenina.
Edward se volteó. La escudriñó con unos ojos ámbar como focos de luz diurna. Era Fahora. Una encantadora joven Joniana que vivía en una casa cercana, vestida con la sencilla elegancia que la caracterizaba, presentaba una bandejita de plata, muy a juego con el color de sus ojos, en la que recogía tres platos y una copa. El cáliz estaba relleno por un jugo oscuro, seguramente zumo de bayas o tal vez vino, y en la cerámica se había servido, como él había ordenado horas antes, varios bocados de carne aderezada y, por separado, un plato profundo con un consomé de aspecto frío. El postre, el bollo de judías rojas, figuraba aparte, en un platito coqueto de menos de una palma de diámetro.
—Edward, no habéis venido a cenar.
—Soy consciente de ello —contestó. Se removió y erizó algo los labios. Echó un vistazo por encima del hombro al espejo. Fahora guardó silencio unos instantes, con la vista baja. Pasados unos segundos, la alzó, y enfrentó su iris gris contra los de él.
—Pensé que tendríais hambre —se explicó—. El consomé se ha enfriado, pero puedo calentároslo.
—No hará falta —repuso, parcamente. Su actitud, antes distraída, se había mudado a otra esquiva. El mago le dio la espalda a Fahora y se centró de nuevo en el espejo. Su semblante cambió: toda la ira y el amargor de antes se transformaron en expectación, en miedo. Tenía los párpados completamente abiertos y apenas pestañeaba; sus manos, a resguardo por las anchas mangas del traje, lucían encrespadas y nerviosas. Se olvidó de la presencia de la joven tan deprisa como había reparado en ella. Fahora no permitió que la austeridad del Noxiano la afectase: reanudó su faena y dejó la bandeja sobre la mesa, en un lugar donde no entorpeciera las labores del mago; y después, alumbrada por una de las bombillas astrales, se dispuso a emprender el camino de regreso a las escaleras. No obstante, algo la detuvo. Tal vez un anhelo de curiosidad, o puede que auténtica preocupación por Edward, el nuevo inquilino de la torre. Desanduvo sus pasos y se dirigió a Edward, la callada estatua de piedra. Este ni siquiera se inmutó cuando pasó a su lado. Tampoco se enteró de que estaba a su vera, de que estudiaba la pantalla reluciente del espejo junto a él. Si solo fuera porque de verdad lo hubiera hecho, ya que lo que realmente analizaba Fahora era el rostro descompuesto de Edward.
—Ed…
— ¿Uhm? — Edward inquirió distraido, más por la fuerza de la costumbre que por el interés, aunque apenas se alteró.
— ¿Hay algo que os preocupe? El mago se tomó su tiempo para responder. Lanzó una exhalación cargada.
—Muchas cosas. Tal vez demasiadas.
— ¿Es por la prueba de mañana? —indagó ella—. ¿Les habéis dicho ya a Taldriel lo que sucederá; que partiréis de vuelta a vuestro hogar? Aquello sí que logró perturbarlo, ya que frunció los labios. Fahora interpretó aquel gesto como una victoria.
—No. Quiero mantenerle al margen de esa tensión o mis resultados empeorarán —confesó. Clavó sus ojos agudos en los de Fahora—. De hecho, tú tampoco deberías inquietarte por estas cosas. Te quedarás a cargo de la torre en mi ausencia y podrás hacer lo que te plazca. Estarás sola y estarás bien. Edward había realizado el amago de esbozar una sonrisa, pero aquel indicio de alegría murió de manera prematura antes del parto. El mago reanudó la admiración silenciosa de su reflejo, mas estaba turbado. Fahora tensó la boca. Sus intentos de aproximarse al mago no estaban dando ningún fruto. Al igual que él, se sumió en la contemplación reflexiva del espejo. No percibió nada raro en él: tan solo era un mueble viejo y polvoriento, a tono con su dueño; había vivido tiempos mejores y su marco estaba rayado, pero a pesar de ello conservaba un cierto porte, una majestad que residía en la elaboración de su talla, en su planta alta y estilizada, en la belleza de su silueta y en los brillos que despedía bajo el prisma de aquella atmósfera estelar.
—Nadie valora las reliquias del pasado —dijo él—. Aunque otrora rebosaran lustre, vida y emoción, con el paso de las edades acaban quedándose obsoletas y se convierten en antiguallas que apilamos en un rincón sombrío, desterradas por su fealdad, por todas las vivencias que nos recuerdan y más a menudo por aquellas fantasías, sueños de una época feliz, que vertimos en ellas y que se quedaron sin completar. La fámula crispó las manos sobre su regazo, como hacía siempre que se sentía insegura. Plisó la tela con energía, la arrebujó y agachó la mirada.
—A veces son ellas las que no quieren salir a la luz —objetó Fahora, haciendo acopio de un valor que se originaba en lo más profundo de su ser. Edward la miró con extrañeza, despacio—. A veces son ellas las que se esconden porque temen que las vean, porque creen que han perdido su vigor, su fuerza, su encanto, y se rodean de todo un pabellón de antigüedades con el que mitigar su dolor. El mago cesó de inspeccionar el espejo y se puso a catar a Fahora. A ella. Los pómulos de la criada se enrojecieron de la vergüenza. —Día tras día observo cómo os consumís en la mesa de vuestro estudio. Os dedicáis a empresas eruditas que no alcanzo a comprender, que requieren de un gran esfuerzo intelectual y de una entrega envidiable, pero… —Fahora chascó la lengua. Sintió una punzada aguijoneándole el estómago, pero no podía pararse. Ahora no—. Cuando llegasteis aquí hará más de un año rebosabais de cierta inocencia encantadora pero día a día veo cómo os deterioráis emocionalmente, pese que tu aspecto parece más robusto puedo notar que os morís lentamente, Edward. Vuestro destino no es pudriros en esta húmeda y gélida torre acompañado de un anciano. Por favor, Ed…En el pueblo podríamos darte una casa y un cometido.
El mago estaba completamente aturdido. Miraba a Fahora a la cara y trataba de balbucir algo, pero ninguna voz emanaba de su garganta. Una tristeza lejana se apoderó de sus rasgos. Edward volteó el cuello en otra dirección, rígido como un bloque de mármol, y se armó con una coraza de autosuficiencia.
—Con suerte no tendrás que soportar mi hechura contrahecha por mucho más tiempo, Fahora. Creo que encontré las respuestas que necesitaba en los tomos de este torreón para cumplir una vieja promesa. La muchacha se mordió los labios con tanta ira que se provocó sangre. Su mirada nítida y argentada se empañó. Aunque el mago fingía estudiar detalladamente la imagen que le devolvía el espejo, una revolución estaba teniendo lugar en sus adentros. Al ver espejado en el cristal el destello de un reguerillo rojo que brotaba de la boca de su criada, tiró al suelo su armadura junto a todo su arsenal y acercó a ella una de sus manos. Pero Fahora se apartó. Lo cogió por la muñeca y rehusó su tacto, con una determinación firme que partía de su orgullo herido.
—Debéis de ser el ciego con mejor vista de todos, Edward, pues os empeñáis en no ver a quienes están a vuestro alrededor y en cambio no cesáis de mirar a los que ya no están —afirmó ella con una calma glacial que le heló las vísceras al Noxiano.
Fahora alisó los pliegues de su vestido y se dio la vuelta. Salió de la cámara con la misma parsimonia con la que había entrado, perseguida por una de las lámparas cerúleas que arrojaban fulgor y calidez a la noche artificial del mago. El inquilino de la torre siguió el sonido de sus pisadas hasta que se cerraron las compuertas que daban acceso a sus aposentos, su santuario, su refugio. Aquel estrépito rotundo de la caoba se entremezcló con el latido de su corazón. Distinguió la cena que reposaba sobre la mesa y luego le echó una última ojeada al espejo. El embrujo que lo paralizaba se había roto. La insensibilidad que lo había tornado en su presa yacía rasgada y reducida a andrajos frente a sus pies. Las yemas de sus dedos intentaron tocar a alguien que ya no estaba allí, y entonces cayó en la cuenta de que, efectivamente, ella no estaba allí. El mundo perfecto que había recreado en su salón no podía emular aquello: los sentimientos, gozoso yugo de los hombres, eran fuerzas que ni el propio Edward podía predecir. Eran potencias milagrosas, seres extraordinarios que escapaban a su estudio sistemático y racional de la naturaleza. No había cálculo que los sometiera, ni teoría que los abarcase en la totalidad de su extensión. Y aun siendo consciente de lo nocivo de su influencia, de lo arbitrario de sus designios y de los sinsabores a los que daban ocasión, el joven Edward, prodigio de mago y esclarecido Noxiano, se sentía inevitablemente a merced de ellos, arrastrado por una corriente vertiginosa de la que se sabía incapaz de huir. Cubrió el espejo de las almas con la manta que lo había cobijado durante generaciones, se aproximó a las ventanas eternamente oscurecidas y mandó que se abrieran con un ademán, permitiendo que el sol matinal entrase e inundase con su claridad la habitación. Los cuerpos celestes de su cosmos particular interrumpieron sus oficios, confusos. Las leyes sempiternas a las que tan fielmente se habían adherido durante siglos acababan de alterarse, posiblemente para siempre. Y por primera vez en un año, el inquilino de la torre abandonó su morada al despuntar de un nuevo día.
SᴜSᴜʀʀᴀᴅᴏʀ ᴅᴇ ɢᴜɪᴊᴀʀʀᴏs
( This soooo coooool art by http://vaard.tumblr.com )
¿Y si te dijera que los pequeños elementos susurran cuentos capaces de encandilar las almas de aquellos dispuesto a escucharles?
Mil cuatrocientos años dan para muchas historias, desde cálidos cuentos que acariciaron mi alma hasta gélidas narraciones que me hicieron sentir mi mortalidad como una mera excusa para recordar mi ignorancia; este es un mundo cargado de misterios.
Me llamo Isaar un tanto paradójico cuando su significado es “El eminente”, tal vez mis estimados progenitores aguardaban de mi senda un camino repleto de glorias y no esperaban que los pequeños guijarros del suelo llamasen mi atención.
No, nunca destaqué como un gran combatiente y tampoco como un erudito de la Sagrada Luz ambas sendas escapaban de mis manos como una tolondra en pleno vuelo siempre que intentaba dominarlas ¿Al caso era tan torpe? Siempre perdido en mi propia existencia sin saber cómo obrar o pensar dentro de una sociedad iluminada por una razón que era incapaz de comprender pero incluso en mi desesperanza los susurros abrazaban mi alma para recordarme cada instante que existía algo importante o incluso superior a mi necia existencia; después de todo solo era un niño.
Una vez conocí a un hombre o mejor dicho un gran hombre que amaba la vida y la libertad de todos los seres ¿Cómo era posible que existiese un corazón tan noble como aquel? Aún recuerdo el tacto de su mano pálida sobre mi hombro mientras me educaba en el digno camino de los Elementos ¿Lo puedes comprender, querido lector? Al fin pude responder a aquellos murmuros y entender que incluso en el mayor de los pozos uno puede encontrar un ínfimo rayo de luz capaz de iluminar las sendas más oscuras, una agradable excusa para abrir los ojos y combatir por una meta.
Pese que esta narración te parezca una colección de retazos existenciales me he visto incapaz de unirlos como un hábil costurero para trazarte una biografía digna de los eruditos sacerdotes de Auchidoun siempre he sido más de divagar y dejarme perder entre los destellos de la mañana…Oh…Hablando de destellos, he recordado una cosa.
Durante mis gratos y felices años en las tierras de Draenor conocí mi particular lumínica llama de luz que permanecía encerrada bajo las lúgubres paredes de un Templo ¿Por qué la flor se debe marchitar en la oscuridad? Enigmática existencia cuanto menos ¿No crees? Parece que la inmensa rueda del destino gira y gira pero se olvida de detenerse en los dulces momentos como aquellos donde nuestras miradas se encontraban y una cálida sonrisa acariciaba el tesón de mi existencia.
Oh... ¿Supongo que quieres que hable sobre la huida de Draenor, verdad? Me temo que en esta pequeña historia sobre un Draenei llamado Isaar esos oscuros capítulos son remplazados por los cálidos amaneceres acariciando mi espalda mientras el dulce aroma a la brisa mañanera mantenía los campos húmedos con ese inconfundible olor a vida; naturalmente existió dolor y violencia pero las almas no deben torturarse con el recuerdo de lo desagradable.
Y aquí me encuentro en las extrañas tierras de Azeroth en busca de un viejo fantasma que pareció desvanecerse en los albores de la conciencia colectiva pero que aún me mantiene recorriendo el solitario camino de los elementos ¿Al caso existiría algo más noble que preservar la vida de aquello que amamos? Podemos querer la música que emana de los ríos al encontrarse con las rocas, amar con nuestro corazón el soplido del viento en nuestro rostro y anhelar el tacto de la tierra en nuestras desnudas pezuñas.
La vida no se compone de grandes cosas, la vida son aquellas pequeñas cosas que se guardan en nuestra memoria como una inequívoca caricia de los mundos para recordarnos que nunca nada es tan hueco como parece.
Algunas personas eligen ver la monstruosidad de este mundo... el caos, yo elijo ver la belleza. Creer que hay un orden en nuestra época, un propósito. Sé que las cosas serán como están destinadas.

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ᴜɴ ʟᴀʀɢᴏ ᴠɪᴀᴊᴇ ɪ
Un aroma intenso y peculiar saturaba el aire de la habitación.
El olor fijaba su fuente en un pebetero colocado encima de la mesa. El recipiente estaba hecho de bronce y encerraba en sus formas un motivo tradicional: las asas equidistantes tomaban el cuerpo de unas carpas que unían colas y bocas con el resto de la artesanía; la tapa tenía el aspecto de un tejado a dos aguas en el que podía distinguirse la figura de un dragón reptando a través de la cumbrera; de los ventanucos que salpicaban la base del edificio manaban hilillos fragantes que se esparcían en rizos por la sala.
Se trataba de una pieza antigua. Pese a que se había eliminado toda pátina de óxido que pudiera deslucir su superficie, las muescas presentes en los asideros y la decoloración del metal daban señas de lo longevo de su existencia. Aún podían averiguarse cuatro estatuillas de dragones en la peana, cada una orientada hacia un punto cardinal: eran ornatos que trazaban su origen en la isla de Jonia.
Y en medio de aquel sahumerio, nadando a la deriva entre corrientes de humo gris, había un hombre sentado, sumido en la más completa negrura. Las ventanas de la casa estaban cerradas, los postigos echados; solo se entreveían las siluetas ténebres de los muebles, pálidas sombras que temblaban a la luz de unas candelas posadas en los estantes.
Había una silla de mimbre entrelazado, aunque el sabio prefería sentarse en el piso. La mesa era de sauce, y en su superficie recogía un exceso de pliegos, pergaminos y libros desparramados sin voluntad de orden. Bajo la iluminación atenuada de las velas, a veces parecía que los caracteres danzaban y se permutaban, creando así una historia viviente.
En las baldas de las estanterías se acumulaban más ejemplares de aquellos rollos que atestaban la mesa. Las paredes estaban revestidas por un telón de calendarios zodiacales que medían no solo el paso de los días, sino también la posición de los astros en la bóveda celeste. De ellas colgaban, además, tapices con imágenes mitológicas, desvaídos por los lavados y por la acción del tiempo.
La cama empotrada contra la pared era pequeña, redonda y austera, con un jergón de esparto —que por lo delgado se quedaba en sábana— envuelto en telas de tinte añil.
Algunos barriles apilados en las esquinas manifestaban el apego del dueño por los licores; asimismo, las manchas de humedad en la alfombra, que esbozaba una escena heroica, corroboraban la afición del eremita por las bebidas espirituosas. De hecho, aquel tejido bordado en oro era el adorno más suntuoso de un hogar que, de otra manera, podría haberse consagrado como el principal santuario y bastión de la estoica filosofía del Equilibrio de la isla de Jonia.
La mansión era un remanso de paz y de tranquilidad. El asceta podía sentir cómo su mente despegaba y se liberaba de sus ataduras terrenales para flotar; o, mejor dicho, para flotar en un nimbo compuesto por gases de dudosa salubridad. Como fuera, el anciano se veía arrastrado por los vaivenes plácidos de la niebla, que sacudían su consciencia y la sumergían en un bendito estado de serenidad y de comprensión ultramundana.
Podía vislumbrar dragones etéreos de gracia inconmensurable deslizándose por los contornos borrosos del vaho; atisbaba a los ancestros cobrando vida y peleando entre sí, en un paisaje ameno de increíble belleza natural, acotado por los suaves límites del humo. Toda la Creación se encendía y brillaba para él, como un manto de estrellas cuidadosamente dispuesto. Todo tenía un sentido y un significado únicos, todo estaba indisolublemente ligado, y ninguna fuerza en el Universo podía fracturar ese concierto, esa armonía fundamental…
Hasta que un trueno presagió la llegada de la tempestad.
El crujido quebró las órbitas de las esferas cósmicas y difuminó sus estelas, convirtiéndolas en volutas al borde de la extinción. La puerta se abrió con un estrépito y la luz del sol redujo a jirones la densidad de la atmósfera nocturna que allí se había instalado.
Entonces, el sabio entendió una profunda verdad: los sueños son efímeros, y ninguno dura para siempre. Su meditación no había sido nada más que un sueño, uno que acababa de fugarse para no regresar jamás.
—Buenos días, maestro —Una voz jovial atravesó el umbral de la entrada. Su propietario asomó la testa al interior para cotillear— ¿Querías fundirte con la tormenta?
El muchacho penetró en la vivienda y trajo tras de sí un vendaval que disipó las últimas nubes visionarias, ya anémicas y vaporosas.
Extendió el cuello, arrugó su nariz y aspiró la peculiar esencia que inundaba el aire.
—Uhm, qué interesante —dijo. Arqueó una ceja—. ¿Estabas fumando cánnabis? Dicen que despeja los pulmones y que es bueno para la relajación; además, aumenta el apetito. Y no lo sé porque lo haya probado, ¿eh? Esto lo sé por un…libro. Un libro, sí. Bueno, no, más bien es un escrito; ni siquiera llega a la categoría de libro. Yo no leería un libro así.
El chico sonrió con toda la convicción que pudo reunir, que no era mucha.
Era un chico alto y garbado. A simple vista podía hacerse pasar por adulto, pues era especialmente elocuente y estoico, pero aquella apariencia se desmentía rápidamente por dos detalles: en primer lugar, sus ojos de un ámbar intenso transmitían aún cierta vitalidad juvenil; y segundamente, su rostro completamente ausente de señales de envejecimiento, sus facciones aún eran demasiado tiernas; su sonrisa, demasiado amplia e ingenua; su cabello, demasiado poblado, lustroso y de un saludable color negro.
Suponía un notable contraste con respecto al anciano que lo observaba desde su asiento a ras de suelo: de cabello grisáceo jaspeado de mechones blancos, algo ralo en la zona de la cabeza; la cara, hirsuta y fruncida, surcada por arrugas; el cuerpo membrudo, sí, pero compacto, con extremidades gruesas y cortas; la vestimenta, unas togas de lino tan simples como sobrias, desteñidas por el efecto de la lejía, por el sudor y por una colección interminable de remiendos; y finalmente su barba, cana y luenga como una cascada de agua primaveral, que solo encontraba acomodo sobre sus piernas entrecruzadas, donde se enrollaba a la guisa de una serpiente albina.
—Te has adelantado media hora, Edward —comentó el anciano con los ojos cerrados. Sus cejas estaban fruncidas en clave de fastidio—. Es muy temprano. La vulpeja aún no ha vuelto a su madriguera; la alondra todavía no entona su canto matinal. Dudo que haya un ser sobre la faz de Jonia que esté en pie ahora mismo. Exceptuándote a ti, claro.
El joven percibió de inmediato el mosqueo en el tono de su maestro; a pesar de ello, le dedicó su mejor sonrisa. Trató de quitarle hierro al asunto con un gesto de las manos.
—La verdad es que vine tan deprisa porque vi que un extraño humo blancuzco salía de la rendija de tu puerta. Creí que había un incendio, De hecho, te habrías asfixiado si no llego a tiempo para ventilarte la casa.
Acrecentó su sonrisa, pero la expresión del anciano no se mudó un ápice.
Ahora, el viejo lo miraba: hendía sus pupilas fijamente en él. Tenía los labios torcidos en una mueca áspera, y sus cejas velludas formaban un pico de ave puntiagudo, inquisitivo y poco halagüeño.
—Tienes muy poca confianza en mí—lo recriminó. — Has interrumpido mi meditación y te has preocupado en vano. A estas alturas, deberías saber de sobra que soy un joniano juicioso y responsable; de no ser así, no habrías acudido a mí.
El sabio descruzó las piernas y se levantó lentamente, disimulando la fragilidad de sus articulaciones tras la fachada de un ritmo digno y comedido, que imprimiría en su invitado una imagen de veteranía y de solemnidad.
O así debería haber sido de no ser porque, en un descuido, se pisó la sierpe que tenía por barba y perdió, de golpe y porrazo, toda la majestuosidad y el equilibrio de los que había hecho alarde.
—Cuidado, Taldriel
El anciano decano se tambaleó y se precipitó hacia adelante sin control.
Su invitado fue a socorrerlo y saltó hacia él con la agilidad propia de una nutria fuera del río.
En su impulso se llevó por delante la mesa, pero al menos consiguió ayudar a su mentor en el aprieto: cuando este ya se había sujetado a un estante, logró agarrarlo por la cintura. Así, sometido a la inercia y al peso de su alumno, al maestro no le quedó otro remedio que caer en plancha a la tierra.
—Uff, ¿estás… estás bien, Taldriel?
El chico comenzó a enderezarse. Se apoyó en la mesa.
—Lo siento, Taldriel—balbuceó—… Mis pies no son tan veloces ni tan obedientes como mi cabeza.
«Tu cabeza tampoco es muy obediente, que digamos», pensó su mentor. Pero no fue eso lo que le dijo:
— ¿Por qué has venido tan pronto, Edward? —preguntó. También empezó a incorporarse—. Creo que es la primera vez en todos estos meses que apareces con antelación para tu clase. Normalmente, no te esperaría hasta dentro de una hora, por lo menos...
—… Bueno, la verdad es...
Edward hizo una pausa para recapacitar. Condujo la vista a lo alto y se quedó pensativo durante unos segundos.
El anciano agudizó las cejas.
—Ayer me contaste que para hoy me habías preparado una lección especial. Estaba tan emocionado por iniciar algo diferente que apenas he podido dormir y… —Calló. Se frotaba nerviosamente las manos. Su voz vacilaba—. Después de haber pasado dos semanas con la prueba de Ventisca en las cimas de Jonia, tras haber superado la Tormenta del Desierto de Shurima, el Granizo de Freljord y el Aguacero de Aguas Estancadas, tuve algunas dudas acerca de tu método didáctico.
El anciano movió el cuello y juntó las cejas en un semblante duro.
— ¿Uhm?
Edward tragó saliva. Desvió la mirada de sus pies y la enfocó en el anciano.
Era horrible: tenía pelos por todas partes, pelos encrespados como la vedeja de un león, que le crecían desde lo más hondo de las narices y hasta de dentro de las orejas. Sentía que lo acusaba con aquellos ojos marrones y diminutos.
—Pensé que te habías quedado sin ideas, dada la familiaridad entre las últimas lecciones que me habías impartido —indicó, despacio. Elegía sus palabras con prudencia—
La pregunta se quedó suspendida en el ambiente por más tiempo del que era educado.
El anciano se estiró con pausa los bigotes. Cataba a su invitado atentamente con la mirada.
Te aseguro que en el próximo nivel no hay Granizos, ni Tormentas, ni Aguaceros ni Ventiscas: pasaremos al estudio de los clásicos de las bibliotecas Jonianas.
El chico arqueó una ceja, escéptico. Refunfuñó y se cruzó de brazos. Pese a ello, le permitió continuar.
—Me confesaste que querías convertirte en un archimago. Dijiste que habías estado ojeando libros arcanos y que te sabías de memoria unas cuantas fórmulas —Guardó silencio. Examinó la expresión de su invitado—. Sin duda te has acercado a mí porque en mi juventud, aleccioné a muchos de los magos más eminentes de esta generación. Y ya sabes que vivo en el retiro desde hace algunos años…
Edward resopló un par de veces, incapaz de contenerse. Finalmente explotó.
— ¿Por eso me has estado paseando de un lado para otro como a un borrico durante meses? ¿Es que no quieres adiestrarme? —lo increpó. No cabía en sí de la ira: todo su cuerpo se estremecía violentamente—. ¡Llevo medio año contigo y ni siquiera hemos hablado de la teoría de las esferas! ¡Ni de la constitución de los elementos! ¡Ni de las líneas ley! ¡Nada! ¡He tenido que formarme por mi cuenta todo este tiempo! Y para colmo, siempre que intento encaminar la conversación por esos cauces me cambias de tema…
El anciano dio un puñetazo sobre la mesa, aventando la mitad de los papeles.
Edward se sobresaltó.
—Tienes una mala costumbre, Edward: hablas, pero no escuchas —repuso. Su voz sonaba fría, impasible—. Ni siquiera te has planteado cuál podía ser el sentido de todas estas pruebas.
«Torturarme», masculló para sí el muchacho.
—Pensaba felicitarte de corazón: iba a abrazarte y a darte un obsequio, una muestra de mi satisfacción por tus progresos. Pero, ¿sabes? Me has quitado las ganas —Bufó. Tomó asiento en la alfombra y se cruzó de piernas—. ¿Crees que todo esto no ha servido para nada? Muy bien, si mañana por la mañana no vuelves a llamar a mi puerta, sabré que has tomado otra dirección.
Alargó los dedos y buscó algo en la mesa. Al cabo de unos segundos, desenterró una pipa de madera de cerezo de entre las pilas de legajos y de mamotretos.
Metió la otra mano en una talega que pendía del mimbre y sacó un manojo de hojitas trituradas. Lo derramó en la cazoleta, se llevó la cánula a los labios y vertió su aliento por la boquilla.
De repente, por arte de abracadabra, una llama trepó por el caño y quemó la hierba.
Esperó unos instantes antes de dar la primera calada. Cuando lo hizo, un zarcillo de humo serpenteante ascendió del hornillo de la pipa.
—Puedes llevarte lo que te iba a regalar. Se encuentra bajo aquella estantería, junto a la puerta, dentro de la talega —Lo señaló con el dedo—. Después, cierra la puerta y márchate.
Edward dirigió la vista adonde le indicaba su tutor. Divisó el envoltorio de lana sin mucha dificultad: se trataba de una bolsa amplia y clara, con una abertura en la sección superior anudada por un cordel. Dentro yacía un objeto con un perfil circular.
El noxiano se echó la bolsa al hombro, practicó una escueta reverencia y abandonó la vivienda del sabio.