Buenos días dragoncitos, estoy dándole vueltas a algo que me pasó ayer y que pensándolo más profundamente es un acto que se repite hoy en día como si nada.
Quizá estoy especialmente sensible con el tema de la comida estos días.
Durante el Ramadán el ayuno vuelve el cuerpo más atento a ciertas cosas, más consciente de lo que entra en él y de lo que significa alimentarse.
Ayer, mientras veía comer a unas chicas, escuchaba cómo hablaban del pan como si fuese algo indeseable, algo malo para el cuerpo.
Y mientras lo decían, las veía desmenuzar entre sus dientes la carne de un animal.
La escena me produjo un fuerte impacto.
Cuándo algo que parece tan normal, tan naturalizado, de repente se ha vuelto profundamente contradictorio?
Qué le ha pasado al mundo para que tantas personas traten al pan como si fuese un enemigo, mientras entre sus dientes desgarran tendones y mastican la carne de otro ser vivo sin el menor conflicto?
Hoy hay quien teme al pan como si fuera veneno, pero mastica a otro ser con absoluta tranquilidad.
Me sorprende pensar que el pan ha sido durante milenios un símbolo de vida, de trabajo y de compartir, y que hoy muchos lo miran como si fuese algo malo, mientras mastican sin pensar la carne de otro ser.
Cómo ha cambiado tanto la conciencia con la que miramos las cosas?
El pan ha sido un alimento sagrado en muchas tradiciones.
En Egipto era tan importante que se ofrecía a los dioses y a los muertos. Formaba parte del salario de los trabajadores y existían decenas de tipos distintos.
En el Mediterráneo, partir el pan juntos era un gesto de profunda confianza. Compartir el pan significaba hospitalidad, comunidad…
De hecho, la palabra compañero viene del latín cum panis: literalmente, el que comparte el pan contigo.
En el cristianismo el pan adquiere un significado aún más profundo ya que en la eucaristía representa unión espiritual.
En muchas tradiciones sufíes y orientales el pan se trata con un respeto profundo, porque representa baraka, bendición: la bendición de la tierra, del trabajo y de la vida compartida.
Y sin embargo hoy ocurre esto, un alimento tan simbólico como el pan se convierte en enemigo, mientras que la violencia implícita en la carne parece pasar completamente desapercibida.
No estamos ante una pérdida de conciencia en algo tan básico como lo que comemos y cómo comemos?
Hoy incluso hay muchas personas cuyo propio cuerpo rechaza el pan. La intolerancia al gluten y la sensibilidad al trigo son cada vez más comunes. No lo niego. Es una realidad para muchos cuerpos.
Pero eso también abre otra pregunta: qué ha pasado con los alimentos?
El trigo ha cambiado. La agricultura ha cambiado. El modelo de producción alimentaria también.
La agricultura industrial, dominada por grandes corporaciones agroquímicas como Monsanto, hoy integrada en Bayer, ha transformado profundamente la forma en que se cultivan y procesan los alimentos.
Semillas modificadas, herbicidas asociados a esas semillas, fertilizantes, nuevas tecnologías de cultivo… todo un sistema agrícola que ha cambiado radicalmente lo que comemos.
Resulta curioso que en un sistema donde quienes producen esas semillas, esos químicos y esas tecnologías agrícolas están cada vez más vinculados con las farmacéuticas, y que cada vez haya más cuerpos que reaccionan mal a alimentos que durante milenios fueron básicos… no sé…
A veces parece que nuestros cuerpos están reaccionando antes de que nuestra conciencia termine de comprender lo que ha cambiado.
Tal vez no solo han cambiado los alimentos.
Tal vez también ha cambiado profundamente nuestra relación con ellos.
Me pregunto si la gente realmente se cuestiona estas cosas, o si simplemente acepta que ahora es “intolerante al pan” y sigue adelante, sin preguntarse qué está cambiando en los alimentos, en nuestros cuerpos… o incluso en el mundo que estamos construyendo.
Porque tal vez la pregunta no sea solo qué comemos, tal vez la pregunta sea cuánto de eso lo estamos eligiendo realmente.
Antes comer también era conocimiento, tradición, comunidad, seguir el ritmo natural de las estaciones…
Hoy muchas decisiones alimentarias vienen del marketing, de dietas de moda o de la industria nutricional.
Quizá una forma sencilla de recuperar algo de equilibrio sea volver a la simplicidad: alimentos menos procesados, apoyar la producción local, recuperar la cultura alimentaria.
En Barcelona, por ejemplo, existen muchas cooperativas de consumo, pequeños productores, panaderías de masa madre y mercados de proximidad donde todavía se cuida cómo se cultiva y cómo se hace el pan.
Puede que eso no cambie el sistema global de inmediato, pero sí cambia nuestra relación con él.
Observar con más conciencia lo que comemos, interesarnos por el origen de los alimentos y recuperar el conocimiento cultural que hay detrás de ellos es, en cierto modo, salir del piloto automático del sistema.
Porque todavía no todo está perdido.