"La invitación hacia la calidez, el cobijo y el acto abrigarse del invierno, puede ser una perspectiva que nos viene desde el interior y en la forma de una inusitada como ecléctica visión propugnada por esta xilografía, partiendo desde el vientre de un templo que mira hacia el exterior y su escena, observando a un gentío que se dirigen hacia el otro templo de Kannon, ubicado al frente. Como encuadre cinemático o filigrana de una escena cotidiana y costumbrista: la pared izquierda, el suelo entarimado y el farol encendido sostenido por dos hilos, son una estancia mayestática como imponente entre volubles flamas enrojecidas, de intermitentes periodos fragmentados y entrecortados, que contrastan la pasión con la infinitud, la vitalidad con el silencio, la sencillez con la vorágine natural, y que enfatizan sobre todo con la intimidad y la profunda humanidad del corazón que nos advierte de la soledad y la distancia ocular del pintor, decidiendo que este propio espectador-pintor, se quede solo en su estancia, pero con el privilegio de la quemazón urbana que gorjea y hormiguea buscando el afecto y el ardor espiritual en otro tempo tan lejano a él; puesto que, lejos de alejar a los feligreses que se dirigen hacia ese otro templo ubicado en la fuga central del grabado, quizá por su ateísmo o juguetón escepticismo, decide conservar la autoridad del que observa y es observado en ese proceso bajo el eterno fogaje de una mirada absorta y serena que lo contempla, siendo dominado por los altos árboles cargados por una intensa ventisca blanquecina que los cubre hasta volverlos signos inmutables y contrastados por el color rojo, como también con los tejados que sostienen espesos bloques de una nevasca pesada y abultada que nunca cesa de caer, y con la noche estrellada que deposita esos sutiles copos de nieve sobre la tierra y los paraguas de los apresurados asistentes tratando de asistir al fogón humano de las creencias, la virtud y la fe; ya que este manto de pureza albina neutraliza todo el espacio abierto por ese cromatismo uniforme como desolador, algo vacuo y expectante de ser llenado con una mirada reflexiva y teórica, que nos lo acerca con suma integridad y lo vuelve un detalle palpable, más cercano al tacto que al ojo, porque dicha sinestesia es más del quemarse en ese voyerismo, del querer ser como una polilla incendiada ante una luminaria de belleza y recrudecida por esa pasmosa representación del friaje y la ventisca, porque nos demuestra, con esa innovación, el acto cómplice de absorber todo lo que está afuera con un simple gesto del acercamiento, precisamente con ese recurso de un tipo de panorama que cada vez es más oclusivo, melancólico, incierto, pero humanamente tan real como la ilusión de sentirlo en la piel."