Escribo esto mirando hacia atrás, hacia donde te dejé, desde donde me dejé - quiero que sepas que me quede ahí contigo porque prometí que nunca iba a dejarte: este que veo ahora es un reflejo de mí -, no desde donde tú lo hiciste porque tú ya lo habías hecho cuando choqué en unas olas cuando me caí contra una pared cuando me ahogué y perdí el orden de mi vida, de las letras, de este poema: me ahogo con el concreto, choco contra el mar, pierdo el paso cuando sueño contigo y no apareces. Dice Elvira Sastre que uno tarda su propia vida en comprender que ya no le aman, sin embargo, a mí me da miedo escuchar las canciones que un día escuchamos juntos - aunque lo sigo haciendo de vez en cuando para que no me olvides - y todavía me asusto cuando alguien pronuncia tu nombre esperando que mi mundo y mi risa y mis ojos y las placas tectónicas se partan en dos que pienso, después de todo eso, que llevo vidas echándote de menos y que esta que vivo, que yo, no soy, no somos la excepción. No te culpo, ¿cómo podría hacerlo? El sol me toca los cabellos cada mañana y me dejo abrazar por las calles de esta ciudad en la que vivo, a veces me falta el aire y pienso en el mar - ese que tienes al frente - y lo recupero al aire, al respiro pero no a ti. No lo sé, creo que no quieres saberlo, pero te lo digo, por si acaso: esta mañana un árbol fue cortado al lado de mi casa, un pájaro cantó por mi ventana
y yo volví a pensar en ti.















