Hace poco me encontré con una frase que me encantó tanto que terminé comprándome una camiseta con ella:
“No soy borde, soy de simpatía selectiva.”
Y es que, sinceramente, me sentí muy identificada.
A primera vista, muchas personas piensan que soy seria, distante o incluso borde. No los culpo, tal vez esa sea la impresión que doy. La realidad es que me cuesta abrirme de inmediato: necesito observar, escuchar y analizar a las personas antes de entregarles un mínimo de confianza.
Lo curioso es que, desde fuera, puede parecer que soy una persona sociable: hablo, río y converso con naturalidad. Pero quienes me conocen de verdad saben distinguir cuándo estoy disfrutando de una charla y cuándo solo estoy siendo amable por educación o “por trabajo”. Y sí, esas mismas personas también notan enseguida cuando estoy incómoda o con ganas de escapar de una conversación.
Con los años he aprendido que no quiero perder tiempo en relaciones superficiales. Me gustan las personas que me aportan algo, con quienes puedo aprender y crecer. No soporto las conversaciones que giran eternamente en torno a los males, los dolores o los egoísmos. Prefiero las charlas que se convierten en inspiración, que me abren la mente o que, simplemente, me hacen sentir en casa.
Admiro profundamente a la gente humilde, esa que aunque tenga millones en el banco, te trata como un igual. Personas que se emocionan al contar cómo se sintieron al leer una novela, al vivir un momento o al compartir algo valioso contigo.
Por eso, no es que sea borde: simplemente no me gusta ser hipócrita. Prefiero ser sincera, aunque a veces suene cortante, antes que fingir simpatía por alguien o por una forma de actuar que no me convence.
Y aquí te lanzo la pregunta:
👉 ¿Tú también eres de simpatía selectiva o eres de los que se muestran sociables con todo el mundo, sin importar cómo es la otra persona?