Siempre conservaré en el fondo una parte de mí que quiere rendirse. Escuchando canciones de cuando estaba deprimida pienso en la mucha fuerza que se necesita para vivir y en lo fácil que sería caer, dejar de intentarlo, dejar de fingir que tienes la energía para vivir cuando no la tienes. Estar mínimamente bien, en cambio, implica cuestionarte preguntas que te desgastan por dentro, quién soy, a dónde voy, cómo puedo ser feliz. Cuando estaba hundida ni siquiera me había planteado algo así porque tenía demasiado interiorizado de que ni era nadie, ni tenía rumbo fijo ni iba a ser feliz. Jamás había pensado en el sentido de la vida porque estaba demasiado segura de que no tenía ninguno. Es mucho más fácil vivir guiada por el dolor, porque él era el causante de todo, me permitía no tomar responsabilidad de mis actos. Alejarme de los demás, no echarle ganas a la vida, llorar, dormir todo el día, ojeras y los huesos, el dolor siempre era el culpable, mi excusa para no encontrar el valor que no tenía para vivir. Estando bien tengo que asumir yo la carga de esa culpa, ya no hay un mal que la pueda cargar. Estaba tan dolida que no me responsabilizaba del dolor que causaba, ni del exterior ni del interior. Y no es que quiera una excusa para hacer daño, es simplemente que es mucho más fácil no ayudar a los demás a ser feliz por pensar que nadie puede serlo. Era nadar entre familiares mares de miseria y oceános de incomprensión.
Pensar en lo que haces, sin embargo, pesa mucho. El peso de tus acciones, lo llaman. Era mucho más fácil vivir sin evaluar tus sentimientos, es agotante hacerlo. Vivir sin necesidad de saber qué pasa por dentro de tí por saberte demasiado rota y sin posibilidades de ser arreglada. Estar todo el día en un estado de indiferencia total en el que no sientes ni piensas.