Desplacé el peso de mi cuerpo y contuve el aliento, sentía mi angustia crecer. ¿O fue al revés? ¿La ansiedad me llevó a contener la respiración? Fuera como fuera, mi lucidez no volvía. Muy al contrario: todas las imágenes que conservaba de lo que había después de la curva estaban desapareciendo a toda velocidad, como si un borrador muy eficaz estuviera barriéndolas. Primero los colores, luego los perfiles y por fin las formas, hasta que me pareció que la misma existencia del pueblo se iba a desdibujar y desaparecer.
Escuché unos pasos que se acercaban por detrás, casi desde el pie de la colina. Un ejecutivo me adelantó, con un portafolios bajo el brazo izquierdo y un paraguas en la mano derecha. Caminaba inclinado hacia delante para contrarrestar la empinada cuesta, pisando primero con los dedos de los pies, sacudiendo el puño del paraguas con cada paso. El cierre estaba aparentemente roto, porque las varillas se abrían y cerraban como si el paraguas respirara. No tuve valor para llamarlo, pero sentí la tentación de seguirlo, avanzando a grandes pasos confiados como hacía él. Quizá fuera lo mejor. Otras cinco o seis zancadas y lo que fuera que había tras la curva se revelaría de golpe. Una vez que absorbiera la vista con mis propios ojos el problema se resolvería solo, como una píldora desalojada de la garganta con un trago de agua. El hombre dobló el recodo y desapareció. No se oyó ningún grito, así que era de suponer que la cima del cerro seguía allí. Si él podía hacerlo, yo también . Era sólo cuestión de cinco o seis pasos, diez segundos como mucho. Valía la pena intentarlo.
¿O no? De repente tuve la sensación turbadora de que si actuaba apresuradamente, sin esperar a que me volviera la memoria, provocaría un desastre. ¿Y si penetraba en territorio desconocido? ¿entonces qué? Por lo que sabía, incluso el escenario que tenía delante, que tan familiar me parecía, podía convertirse al instante en algo extraño. Aquellas casas junto a la carretera podían resultar ser una entelequia de mi imaginación, y mis recuerdos del dédalo de calles más abajo fácilmente podían haber sido sugeridos por la elevada chimenea de los baños. Incluso mi presunción de que aquél era el lado norte del cerro podía revelarse no como un recuerdo, sino como algo inferido de la presencia del lóbrego manchón de musgo que se extendía desde el muro hasta la calzada.
De hecho, podía ser que mi sensación de familiaridad con este lugar no estuviera fundada en un auténtico recuerdo sino en un engañoso fenómeno de déjà vu. Asimismo, suponer que me dirigía a mi casa podía ser, lógicamente, una mera prolongación de esa experiencia. En tal caso, llevando el discurso a su lógica conclusión, yo mismo ya no era yo, sino un misterioso otro.