El periodista veterano Jack McEvoy ha atrapado a un asesino alguna vez, pero cuando una mujer con la que tuvo un lío de una noche es asesinada de forma especialmente brutal, se da cuenta de que puede que en esta ocasión se enfrente a una mente criminal como nunca ha conocido.
Contraviniendo las advertencias de la policía y de su jefe, Jack decide investigar el caso y realiza un descubrimiento sorprendente que conecta el crimen con otras muertes misteriosas por todo el país. Un cruel asesino que ha pasado inadvertido a las fuerzas del orden ha estado escogiendo, acechando y cazando a mujeres usando información genetica que ellas mismas habían compartido.
Sumergiendose en los rincones más oscuros de la dark web, Jack busca a contrarreloj la última fuente que puede llevarlo hasta el asesino. Pero este ya ha escogido a su próxima víctima y está listo para atacar.
"Había titulado el artículo «El Rey de los Timadores». Al menos eso fue lo que escribí en la primera línea, pero estaba convencido de que lo cambiarían, porque entregar un artículo con un titular era pasarme de la raya como reportero. El título y el subtítulo en sumario eran ámbito del director, y ya podía oír a Myron Levin reprendiéndome: «¿Acaso el director reescribe tus entradillas o llama a los protagonistas de tus artículos para hacerles más preguntas? No, no lo hace. Se limita a hacer su trabajo y eso significa que tú has de limitarte a hacer el tuyo».
Como Myron era ese director, sería difícil replicarle en mi defensa. Aun así, envié el artículo con el titular propuesto porque era perfecto. La pieza retrataba el oscuro submundo del negocio del cobro de deudas —del cual seiscientos millones al año se sustraían en timos— y la regla en FairWarning era poner cara a cada fraude, fuera la del depredador o la de la presa, la de la víctima o la del victimario. Y esta vez se trataba del depredador. Arthur Hathaway, el Rey de los Timadores, era el número uno. A sus sesenta y dos años se había pasado la vida delinquiendo en Los Ángeles, llevando a cabo todo tipo de estafas imaginables, desde vender lingotes de oro falsos hasta crear webs que simulaban recaudar fondos para víctimas de catástrofes. Su última estafa consistía en convencer a la gente de que debía un dinero que en realidad no debía y conseguir que lo pagaran. Y era tan bueno que estafadores novatos le pagaban por lecciones que impartía los lunes y los miércoles en un antiguo estudio de interpretación de Van Nuys. Yo me infiltré como estudiante y aprendí todo lo que pude. Y había llegado el momento de escribir el artículo y usar a Arthur para denunciar una industria que cada año estafaba millones de dólares a cualquiera, desde ancianitas con cuentas bancarias menguantes hasta jóvenes profesionales que ya estaban hasta el cuello de deudas por el préstamo universitario. Todos mordían el anzuelo y enviaban su dinero, porque Arthur Hathaway los convencía. Y encima estaba enseñando a hacerlo a once futuros estafadores y un periodista infiltrado a cincuenta pavos por cabeza dos veces a la semana. La escuela de estafadores podría ser la mayor estafa de todas. El tipo era un auténtico rey y no mostraba ni un ápice de sentimiento de culpa, cual psicópata. Mi trabajo también informaba de la historia de las víctimas a las que Hathaway les había vaciado la cuenta bancaria y arruinado la vida.
Myron ya había colocado el artículo como un proyecto de colaboración con Los Angeles Times, y eso garantizaba visibilidad y que el Departamento de Policía de Los Ángeles tendría que tomar nota. El reinado del rey Arturo terminaría pronto y los aprendices de estafadores de su mesa redonda no tardarían en caer en una redada."
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