Mi amigo es un muerto. Se llamaba Jacobo. O más bien se llama, porque como dicen los cursis: uno no pierde su nombre si aún queda alguien que lo recuerde [hasta que todos los que lo recuerdan se mueren y entonces pues ya nadie tiene nombre]. Pero, me estoy desviando del tema. Conocí a Jacobo en tercero de primaria y un día dejamos de verlo y otro día la maestra Lupita dijo en la asamblea: a Jacobo le dio leucemia y se murió. Nos quedamos sorprendidos y una que otra maestra se echó a llorar.
Por qué te moriste, Jacobo, le digo a mi amigo. Pero él no me responde. Y no es que no me conteste porque ya esté muerto. No, los muertos sí contestan, aunque -por lo general- sólo hablan puras incoherencias. Pero, otra vez, ya me fui por otro lado. Quizás mi amigo Jacobo no me contesta porque en realidad ni éramos amigos y, cuando se murió, él estaba en quinto y nunca me dirigió la palabra. Pinche, Jacobo, por qué te moriste si eras mi amigo. Y es que así somos las personas y qué se le va a hacer si nos gusta hablar de nosotros mismos y de lo mucho que nos duele que se haya muerto Jacobo. Y sí: por qué te moriste, Jacobo, por qué te moriste.