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Tumor benigno

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Caballo o perro

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El amor llega de maneras inescrutables
Una mujer mayor va a cruzar Colón a las doce y media del mediodía. Su cabello es cano y ondulado y lo usa untado al cráneo, sostenido pareciera por hileras de gruesos incaíbles por encima de sus orejas. Bajo el solazo su pelo relamido luce como si estuviera hecho de olas quietas y brillantes. Porta anteojos negros de armazón de carey de un estilo moderno que no coincide con el resto de su ropa: zapatos cerrados de cuero, medias negras, un faldón de terciopelo negro con enredaderas bordadas en verde pistache que nacen del dobladillo y se extienden asimétricas hacia el costado del faldón. Un chaleco ocre profundo y debajo una blusa oliva con holanes en las mangas y en el pecho. Y sobre su pecho un crucifijo de pasta o madera que pende de una cadena de plata o acero inoxidable.
Yo también quiero cruzar Colón y estamos unos segundos frente a frente cada uno desde su banqueta. Mi sudor apesta a alcohol. Ella me observa mientras la observo y envalentonado por mis lentes oscuros -que esconden mis ojos rojos e hinchados- decido no dejar de mirarla. El semáforo cambia a rojo para los autos y verde para los transeúntes y entonces noto sus dos manos blanquísimas que sostienen un paraguas color guindo. Ella anda a pasos leves como si sus pies diminutos no pudieran despegarse del concreto. La mujer toma el paraguas por el mango, con sus dos manos como si fuera una katana. Al acercarnos descubro varios anillos en sus dedos: de plata manchada y gemas que parecen ámbar y tal vez ónix. Ella y yo estamos en franca trayectoria de colisión, así que doy un paso al costado, pero ella también hace lo mismo. De nuevo me aparto de su camino, pero la mujer insiste y por eso saco mis dos manos de los bolsillos, porque intuyo, creo o presiento que la mujer me va soltar un paraguazo en la cabeza con su katana.
Afilo mis sentidos pese a la nublazón de la cruda. La mujer por fin está a centímetros de mi cuerpo. Ella apesta a humo, a flores, a madera quemada. Y yo hiedo a ceniza de cigarro y a servilleta empapada de cerveza. Tenso mis brazos. Espero a que ella haga el primer movimiento y, en lugar del katanazo, la mujer suelta una de sus manos del paraguas y me lo pone en el hombro y me dice casi a susurros: Jesús te ama.
Y la mujer sigue su camino y se lleva su aroma a madera y yo me quedó ahí aturdido en medio de la avenida hasta que el chofer de una van de mercado libre acciona el claxon y me grita: muévete a la chingada.
Compro un bote de agua, le doy un sorbo para refrescar mi boca agria. Espero a que cambie el semáforo para regresar a la oficina y me percato que nunca nadie antes me había dicho que amaba mientras cruzaba una calle sucia del centro. Y entonces muchas gracias señora de la katana, Jesús también la ama, y si existe un dios, que Dios se lo pague. Pienso. Y yo también sigo mi camino sudoroso bajo ese sol pesado del mediodía.