«Irshad era extraño. Apenas hablaba con nadie. Se limitaba a observar todo, protegernos… fue el último en llegar al grupo de refugiados de Awel antes que yo. Venía de Níger y él mismo había dejado atrás todo cuando huyó del horror en que fue sumida su vida una noche en la que volvía con dos cántaros de agua y presenció el asesinato de su madre desde la puerta abierta de la choza que su padre, el asesino, había construido para poder vivir. A partir de entonces, vivió en las calles. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, pero todavía llevaba reciente la huella del dolor en su mirada.
Dejó de contar sus años pero nunca olvidó que vio a su padre dar más de diez palos a su madre antes de reaccionar y salir corriendo. Lo último que quedó de Irshad en esa vieja casa construida con placas de metal, escombros y restos, fueron los cántaros de agua rotos en la arena y la sangre de su madre derramándose.»
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“Fueron seis días de viaje hasta Jerusalén. Nos hicimos con dátiles, cereales, agua… tuvimos descanso a la sombra de las palmeras, a duras penas sí conseguía dormir… Cuando atravesamos el desfiladero acampábamos cada anochecer junto a las grandes paredes de granito consiguiendo refugio para descansar. Awel tenía conocidos en el campo de refugiados Shufat y parecía una misión sencilla dentro del plan suicida de cruzar la frontera de Jerusalén. Pero pensábamos hacerlo de noche... Sin embargo aquella mañana desperté como las demás: hacía sol y estábamos durmiendo contra el granito ardiente del desfiladero que recorríamos rumbo a la frontera; tenía la misma idea en mente desde que Irshad me convirtió en la marioneta de su yugo. Había silencio… solo silbaba el viento. Por eso esa mañana fue distinta a todas…
Sabía que si todos dormían nadie podría detenerme. Así que me moví despacio como lo hacía la brisa levantando la arena a ras del suelo… apenas hice ruido al levantarme de la tela sobre la que dormía, quedando incorporada para poder echar un vistazo a mi alrededor: Awel dormía con Yiye abrazado a él. A mi espalda, Zahiya todavía no había despertado y permanecía junto a Amani, que se hallaba en posición fetal, como si todavía no hubiera nacido y el mundo no la hubiese hecho daño. Un poco más apartado, junto a las ascuas ennegrecidas de la fogata de la noche, Irshad yacía bocarriba con la cara tapada para protegerse del sol y el fusil de asalto al alcance de su mano.
Me levanté. Caminé descalza, sigilosa, alerta… Me detuve a un costado de Irshad, con el AK-47 a mis pies. Le observé: estaba al alcance de mi mano, le tenía solo a centímetros, podía hacer lo que quisiera… Tenía una camiseta sucia en la cara y la alta temperatura apremiaba. Cabía la posibilidad de morir por un golpe de calor. ¿Quién iba a pensar que había sido yo? Solo debía apretar la camiseta contra su cara y todo acabaría en pocos minutos. Pero sin embargo, las lágrimas se me agolparon en los ojos y solo cuando ya no podían aguantar más ahí, cayeron como pesadas sendas por mis mejillas y me escoció la piel.
Yo no era así… no era un monstruo, no podría cargar con la culpa toda la vida, no podía hacer daño a nadie incluso con lo sencillo que podría resultar terminar con todo mi sufrimiento y evitar que Irshad volviera a violar a una mujer. Pero un movimiento en su cuerpo me asustó y mi cerebro fue más rápido que mi razón cuando me agaché rauda a por ese fusil y no dudé en apuntarle directamente. No tenía ni idea de cómo cargar ese arma, pero había visto a Irshad y Awel hacerlo, amén de muchos hombres que portaban armas en esa red de tráfico de la que fui prisionera, así que mi instinto me llevó a accionar el cerrojo echándolo hacia atrás mientras sostenía el AK-47 en mis manos temblorosas, apoyado en el antebrazo y con el cañón hacia su cabeza. Fue precisamente el sonido del cerrojo lo que le despertó. Sabía que tenía un instinto que los demás no teníamos y que siempre se despertaba ante cualquier ruido que no fuese normal, por eso casi siempre quería ser él quien más noches u horas pasara en vigilia velando por nosotros.
Sus ojos despavoridos me miraban enrojecidos cuando se quitó la camiseta de la cara. Su respiración ya era acelerada antes de verme y creo que hasta sus pupilas se clavaron en las mías antes de saber que me estaba viendo. Sintió miedo, lo sé. Pero más miedo tenía yo. Estaba dispuesta a acabar con su vida o eso creía al menos hasta que dejé de verle como un monstruo y su humanidad asomó en su mirada asustada. ¿Por qué nos convertimos en monstruos? ¿Qué lleva a una persona a cometer atrocidades? Esas fueron las preguntas que me recordaron mi propia humanidad. Solo hay un segundo entre la persona que eres y el ser en el que te convertirás para el resto de tus días… Eso fue lo le que había sucedido a Irshad que incluso cuando tuvo valor para hablarme, con la voz acongojada, me dio asco:
—No, no, no… —dijo repetidas veces, incorporándose con su mano extendida hacia delante en señal de negación cual si fuera un inocente rogando misericordia por su vida.
—No quieres hacer esto, Anoona.
—Ni me nombres, miserable. —Me apresuré a decir dando un paso más hacia él con intención de que volviera a acostarse en la arena al tener más cerca de su cara el cañón del AK-47. No quería acercarlo demasiado por si lo tomaba en su mano y lo arrancaba de las mías pero tenía tanto miedo que solo comenzó a sollozar. Tal vez todavía seguía siendo aquel niño que vio a su madre morir apaleada a manos de su padre, tal vez a día de hoy volvía a tener la misma edad con la que abandonó su hogar y por eso ya no sabía si tenía veinte años o acababa de pasar los dieciocho.
—¿No soy Leila? —Pregunté con la rabia arañándome la garganta.
—Tú eres Leila. A Anoona jamás la toqué. Recuerda eso porque, si no lo haces, acabaré contigo. Mantén la boca cerrada y todo irá bien. —Le recordé sus propias palabras de aquel soleado día en que abandonamos Jartum y me convirtió en su marioneta. Amenacé con el cañón del AK-47 moviendo este hacia él. Era tan cobarde que tembló e hizo el intento de arrastrase por el suelo cual gusano en un impulso por escapar.
—¿Has oído? —Repetí la pregunta que él me hizo y miré por encima de mi hombro a todos los demás, que permanecían dormidos. Fue solo una fracción de segundo en la que supe que volvió a intentar levantarse hasta que moví con rapidez el fusil hacia un lado cogiendo fuerza para asestarle un golpe fuerte en la sien con el cañón.
—Eso nunca existió en la vida de Anu. Lo acepté... ¡para que no echaras mi cadáver al Nilo! -Le grité porque sus quejidos de dolor por el golpe que le había dado se hicieron intensos y despertó a los demás. Escuché la voz grave de Awel nombrándome varias veces mientras yo contemplaba con una mezcla de rabia, dolor y repulsión cómo el monstruo convertido en niño se miraba en la palma de la mano la sangre que brotaba de esa herida en la cabeza que yo le había hecho.
—Anu, baja el arma. —Escuché decir mientras el fusil seguía temblándome en las manos, un poco menos que mi corazón bajo los huesos. Yo no tenía intención de bajar el arma, pero me veía incapaz de apretar el gatillo.
—Awel, Awel, ¡ayúdame! —Suplicaba Irshad haciéndome arder de ira por dentro.
—¡A mí no me dejaste pedir ayuda! Me silenciaste, me violaste, me amenazaste. —Increpé al causante de toda mi miseria en este viaje. —Díselo. Díselo a todos. Confiesa lo que me hiciste hijo de puta o juro por lo que más quieras que acabas aquí mismo.
No quería sentirme vulnerable y vencida, quería al menos su confesión, su secreto que me hizo guardar como si yo fuera su confidente y no su víctima. La voz de Awel se escuchó de nuevo preguntando si eso era cierto. Había silencio por parte de Zahiya, pero los niños lloraban. Irshad no estaba dispuesto a hablar, por eso lo hice yo.
—Fue en la reserva de caza —tragué saliva con la fuerza necesaria para apaciguar la sensación de ahogo que convertía el aire en plomo—, me pidió que no dijera nada pero ya no puedo más con el asco que me da ver esta puta cara cada día al despertar.
La ofensa parecía hacia él y no hacia mí pues me miraba con odio y hasta parecía que se había olvidado del dolor del golpe en la cabeza o de la sangre que manchaba su mano. Se hizo silencio hasta que vi a Awel abalanzarse sobre él cogiéndole por el cuello de la camisa de tal forma que le levantó del suelo gritándole a la cara que le dijera la verdad. Ni siquiera tuvo miedo de interponerse entre el fusil e Irshad. Me causó escalofríos oír a Yiye exclamar "papá" y me sentí culpable por empezar una guerra. Al final los inocentes son quienes más heridos resultan.
Al volverme a ver al pequeño le vi abrazado a Zahiya, que le protegía a él y a Amani abrazándoles a ambos. Aunque sea más mayor, no puedo dejar de ver a mi hijo reflejado en Yiye. Volví la mirada a los dos hombres viendo a Awel encima de Irshad a quien golpeaba con un solo puño porque le mantenía sujeto por la ropa con su otra mano. La violencia engendra violencia... a veces no se ve, hasta que explota reventando todo a su alrededor. A veces el desespero termina por romper el silencio de nuestro dolor. A veces se apaga, pero siempre quedan ascuas y, en algún momento, se encenderán. Awel le gritaba, le pedía que confesara, le preguntaba con incredulidad y esperanza si eso era verdad, si se había atrevido a tocarme. Le recriminaba todo lo que había hecho por él cuando no tenía nada y le dio un lugar en el mundo, un motivo por el que luchar y seguir vivo.
—Lo... —consiguió decir en un delirio mientras los ojos se le iban hacia arriba y la sangre le caía de la nariz, la boca, las cejas... Fue en ese momento cuando Awel se detuvo, cogiéndole de la cara con las dos manos, entre el desespero y el odio. —¡Habla! —pidió a gritos con tanta fuerza que hasta el suelo me tembló bajo los pies. Pero era yo quien temblaba, como si desde dentro quisiera aparecer otra parte de mí que había querido dormir. —Lo hice... ¡Lo hice!
Todavía tenía fuerzas para gritar. Debe ser el trofeo que obtienen los criminales en cuya mente no hay lugar para la culpa o el arrepentimiento. Mientras ellos se sienten fuertes, las víctimas nos volvemos vulnerables. Tanto como debió sentirse el pobre Awel que, como si no pudiera creerlo, soltó al mísero ser dejándole caer al suelo en el que se retorció de dolor mientras él se ponía en pie sacudiendo sus doloridas manos y toda mi atención se iba a él preguntándome si estaría bien. La visión se me distorsionaba por las lágrimas que inundaban mis ojos y el silencio volvía a reinar salvo por el sonido de la arena bajo el cuerpo de ese sucio gusano arrastrándose en el suelo.
No lo vi venir ni siquiera cuando mis ojos ya estaban puestos de nuevo en él y el cañón del AK-47, aunque más bajo, seguía alzado en mis manos. Una fuerza inesperada se me vino encima al mismo tiempo que un grito de rabia ronco en la voz de Irshad. Solo un segundo bastaba para romper el tiempo en cualquier corazón, de la misma forma que el abrupto estruendo quebró la inmensidad del valle.
Solo un segundo... Un segundo capaz de convertirme en un monstruo o dejarme seguir siendo humana. La muerte rompe el alma. No importa si tu mano la ejecuta, tu corazón la siente o tu vida se acaba... La muerte rompe la vida en todas sus formas. Y ese segundo rompió todo hasta resumirlo a polvo. La espalda de Awel al cubrirme me tapó la visión, pero pude llegar a ver a Irshad abalanzarse contra mí instantes antes de cerrar con fuerza los ojos, sentir las manos de Awel arrancarme el fusil y escuchar el disparo que lo convirtió todo en silencio dentro del desfiladero de Aqaba. No pude gritar, pero oí gritos. No vi nada hasta que caí al suelo de espaldas, y abrí los ojos: Awel miraba abajo, a su izquierda; el cañón del fusil se apoyaba en la tierra seca y de su mano resbalaba sangre que se fundía con el hierro. Al bajar la mirada, lo vi... Irshad yacía muerto, junto a mis pies, con los ojos hacia arriba y un disparo que le atravesaba desde debajo del mentón a la cabeza. En la sien tenía abierta la herida del golpe que le había asestado yo, pero la mayor herida la tenía en su vida vacía.
Junto a su mano, un puñal anunciaba el último segundo de mi vida si no llega a ser porque Awel me salvó. Yo no quería armas... nunca las quise... Siempre dije que las armas traían problemas porque, de llevarlas al final, se terminan usando. Contemplaba su cadáver incapaz de moverme, incapaz casi de respirar. Le había dicho que le juraba que acabaría aquí mismo, que daría fin a su vida si no les confesaba a todos lo que me hizo. Quería su confesión... quería justicia, quería abandonarle a su suerte en ese desfiladero o apañármelas para librarme de él en la frontera de Israel. Se me había pasado por la cabeza tantas veces la idea de vengarme y acabar con toda la rabia y el dolor que inoculó en mí que había conseguido convertir en asesino al hombre que tantas veces me había salvado. Sí, quería matarle... Quería acabar con mi sufrimiento esa mañana, poner fin a su existencia, librar del dolor a otras mujeres que pasaran por su vida... pero sentí que yo no podía decidir sobre la vida de nadie, que no podía manchar de sangre las manos que habían tocado el vientre de mi madre por dentro... no había formado mis huellas dactilares y cada línea de mis palmas para que contaran la cruenta historia de un crimen.
No quería convertirme en un monstruo pero, cuando le vi sin respirar y escuché los gritos de Zahiya y los llantos de los niños, realmente así me sentí. Irshad, se desvelaba por las noches para vigilar que no nos ocurriese nada, siempre estaba atento a todo aunque nunca me gustó su fijación por las armas, pero también le había visto consolar a los niños, jugar con ellos, reír cuando las noches se volvían tediosas y a veces conseguíamos cantar mientras, fuera, se peleaban los guerrilleros por guerras de las que casi nunca sabíamos mucho... Había visto el miedo en sus ojos cuando nos embarcamos en la primera huida a bordo de un avión de carga, me había ayudado, nos había ayudado a todos, descubrí la desesperanza que también había en sus pupilas y el descontrol al que sucumbía cuando perdía los nervios, llegando a frustrar nuestro viaje en ese avión cuando ya apuntó al piloto con el fusil. Creo que a partir de ese día, algo cambió a Irshad, que le volvió más rabioso y violento... Siempre era el más fuerte de todos, incluso a veces más que Awel, pues tenía más resistencia para permanecer despierto. Pero siempre solía estar callado, observándolo todo, manteniéndose más al margen que nadie... Yo sentí lástima cuando supe la historia de su vida, llegué a hacerle parte de mí, le hice un hueco entre las personas en las que podía confiar aunque no ponía una mano en el fuego por él, y en cambio, me traicionó, me hizo daño, me humilló, me maltrató, me engañó... Y ahora estaba muerto. Muerto por mi culpa.
Lo último que quedó de Irshad fue el dolor y su sangre derramándose en la arena... como cuando él mismo, de niño, vio morir a su madre a manos de su padre...
—Vámonos. —Esa voz me sacó de mis pensamientos y volví a oír las voces que parecían haberse callado: los niños seguían llorando y a ellos se había unido Zahiya, con una mezcla de desesperación y angustia. No supe reaccionar, pero Awel me miró y yo le miré, alejando por vez primera mis ojos del cuerpo sin vida de Irshad para ver su sangre en las manos del hombre que acababa de salvarme la vida. Quizá yo acabase de volver a nacer, pero acababa de matar a un hombre. Mis manos estaban igual de manchadas que las de quien apretó el gatillo.
—Levanta, Anoona. Tenemos que cruzar la frontera. —Fueron esas palabras las que hicieron que me diera cuenta de que corríamos peligro porque la guardia fronteriza habría escuchado ya el disparo y nos buscarían. Por eso negué con la cabeza tragando saliva todo lo fuerte que pude armándome de valor para pensar con toda la rapidez de la que era capaz y así poder llegar a Jerusalén. Pero eso es otra historia.”