La tristeza y el invierno.
Te acostumbras a la tristeza, como te acostumbras al invierno. Incluso llegas a crear un horario que se adapte a ella.
Las horas nocturnas son su momento favorito. Llega de pronto, cuando estás a punto de dormir después de un largo dÃa. Se acuesta a tu lado y comienzas a dar vueltas en la cama, hasta que te cansas de sentirla ahà y te giras para quedar frente a ella. La observas. No es imaginación, porque la sientes.
Pero por las mañanas también le gusta asomarse por las ventanas cubiertas de neblina. Caminas sobre el pasto lleno de gotas de sereno, mientras ella trae consigo de todo, menos serenidad.
Suele ser inaceptable y, sin embargo, esencial. Y tú, como un ser adaptado a su presencia, también la recibes. La observas moverse por toda la casa, como si viniera de recolecta, llevándose tu energÃa y esparciendo recuerdos por la sala.
Una gris serenidad que regala su compañÃa, como si quisiera que no olvidaras aquello que sostienes allà dentro.










