Las Princesas de la Muerte (@Cynthia) - [UA]
La leyenda dice que hace mucho tiempo, cuando las personas eran respetuosas del equilibrio universal y la paz reinaba en cada espacio del espacio, Yveltal y Giratina se reunieron en secreto. Preocupadas por la agobiante calma en la que estaba sumida la Tierra, crearon dos esferas y las escondieron en puntos distintos del planeta. Hecho eso, acordaron continuar pacientemente con sus vidas.
Dos mil años después, un niño se rompió la muela y fue llevado de urgencia al dentista. Al parecer, en su torta de cumpleaños había algo más sólido que cualquier cosa que uno pudiera esperar encontrar en una torta de cumpleaños. El dentista se quedó con aquel objeto con la tonta excusa de que lo ayudaría a fabricar una mejor prótesis dental, pero la realidad es que solo le pareció algo bonito. Seis meses más tarde entraron a robar en la casa del dentista. Le sacaron muchas cosas: dinero en efectivo, joyas, un sillón y aquella perla de color claro que supo haberle costado una muela a su paciente. A fines de ese mismo año, la novia de uno de los ladrones recibió la minúscula esfera como regalo de aniversario. Emocionada, ella le pidió matrimonio en ese mismo momento. Al año siguiente fue su luna de miel y más tarde se divorciaron. La jovencita arrojó a la basura todo recuerdo de aquel patético ser que había amado, y esa misma noche un mendigo encontró la perla azul cuando buscaba algo para comer. Creyó que podría cambiársela a un amigo por un huevo de Blitzle para que le hiciera compañía en los días difíciles, pero fue víctima de una cruel estafa: su amigo huyó con el preciado objeto. Aquel hombre consiguió trabajo en un pequeño barco pesquero y en su segundo día en el puesto cayó al mar y el susto hizo que muriera antes de ahogarse. La perla, negra como la soledad, arribó a las costas de una playa lejana al poco tiempo.
Una niña de rubios cabellos había terminado de construir su castillo de arena, pero sentía que algo le faltaba. Miró a su alrededor buscando algo que le permitiera terminar su obra con estilo. Vio una vistosa rama a unos metros y se levantó para ir a buscarla. Cuando quiso regresar, observó con tristeza como otro niño pisoteaba el castillo que tanto le había tomado. No tuvo el valor de gritarle nada, así que se limitó a llorar de rodillas frente a los restos de su construcción. Ahí fue cuando la vio, asomando entre los granos de arena.
Su padre logró hacer de la esfera un collar que la niña comenzó a llevar consigo a todas partes. No se lo sacaba nunca, ni siquiera para bañarse. Le fascinaba porque nunca se opacaba. Al contrario, cada día brillaba más y, de alguna forma, cada día estaba más negra.
Un día se rompió un caño de gas en su casa y sus padres llamaron a un profesional para que lo arreglara. El hombre hizo su trabajo y luego pidió a la familia una exagerada suma de dinero. Se generó pronto una gritada discusión que puso a la niña a llorar segundos antes de que el gasista sufriera un infarto.
Legalmente no hubo consecuencias porque todo aquel que se atrevía a insinuar que la familia había tenido algo que ver con la muerte del trabajador era encontrado muerto al poco tiempo. Las causas de los fallecimientos eran siempre distintas y, a la vez, iguales.
Pronto llegó el cumpleaños número cinco de la niña. Como su reputación no era la mejor, nadie asistió a la fiesta que junto a su madre había planeado con tanto esmero. La lista de invitados se convirtió, en cuestión de horas, en una lista de personas muertas.
Justo antes de que terminara el día de su aniversario de natalicio, la niña recibió la noticia de que tendría un hermano y se alegró mucho. Las semanas siguientes las pasó pensando en lo maravilloso que sería tener alguien con quien jugar a diario, alguien que no la juzgara nunca.
Sus padres también estaban muy emocionados. Todos los días planificaban un aspecto distinto de la vida de su próximo hijo. La excitación se duplicó cuando a la pareja le confirmaron que se trataría de un varón. Tal era la desesperación, que la niña sentía que se la estaba dejando de lado. Ya nadie le preguntaba cómo estaba, qué sentía ni qué quería. Ni siquiera sus padres la recordaban.
El sexto cumpleaños de la portadora de la perla fue también el primero que decidió pasar únicamente con su familia: su madre y su padre. Fue una fiesta encantadora; hubo juegos y comida para los tres.
Giratina e Yveltal aparecieron ante ella esa misma noche, le regalaron un pulóver de lana por su cumpleaños y le pidieron que fuera con ellos a algún sitio.
—Solo vamos a presentarte a alguien. Alguien como tú.