“I walk in the air between the rain
Through myself and back again
¿Where? I don’t Know” Counting Crows
Hoy he tenido un pésimo día.
He llegado a casa fastidiado. Sin ganas de hacer nada más que recostarme.
Me he comprado un cuartito de leche –se me ha antojado un café–.
Conecto el micro. Lo enciendo.
Luego de tanto sentimiento raro de incomodidad, me han dado ganas de tomar el auto y manejar sin rumbo.
Adoro conducir por las noches.
Siento una extraña y certera clase de libertad.
La noche es perfecta en más de un sentido.
A veces siento el viento que va en mi contra. Empuja. Arrastra. Seduce.
Da en mi cara. Me golpea. Choca. Abate mi cabello… me resulta imposible rechazar su compañía.
Frente al camino y sus elementos, medito sobre mi actual situación; mi condición.
Sobe las cosas que creo. Debo ó, debería tener.
Sí es así, Dios… –me pregunto– ¿iré en la dirección correcta?.
Me concento en comprender, en reconocer, si en verdad conducir un auto debería ser considerado un deporte.
–Lo he visto en televisión –en curvas, terrenos planos, empedrados. Llanos. En las noches. Sus recuerdos. Sus aromas.
Hermosos autos recorriendo enormes distancias en una corta cantidad de tiempo.
Quizás debería replantear… preguntarme lo que significa la palabra deporte.
He subido al auto sin música. Sin ruido. Sin mente.
Sólo así puede escucharse, apreciarse, disfrutarse, todo tipo de sonido tanto al exterior como al interior.
Sin autos, hay calma, serenidad.
Sin ruido, hay música. Belleza.
El asombro de un descomunal lenguaje. De las intermitentes luciérnagas de un oscuro y profundo cielo. Lejano. Intangible. Irrelevante.
Para ese otro que soy, los latidos de mi corazón me resultan ajenos. Distantes.
A ratos resuenan impropios. Hipnóticos.
–Cuánta tranquilidad, cuánta fragilidad… serenidad hay en este algo vago e indescifrable.
Me resuelve la noche… su oscilante oscuridad. Intermitente anhelo. Vago… confuso.
Para ese otro que soy, la música resuena dentro de mi cabeza. Canto Creep de Radiohead. O Where is my mind de Pixies. O no estoy cantando. Permanezco en silencio bajo el hipnótico trance del sueño y de la noche.
No saber lo que ocurre. Lo que sucede...
“Round here, we always stand up straight”…
Luego escucho el singular lamento de las ruedas del auto en movimiento al pasar sobre cada borde, cada grieta y cada relieve –entre cuadro y cuadro de concreto–.
Es como un enorme latido; pum-pum… su corazón… se agita… pum-pum… un suave relieve.
La aguja sobre un cristal empañado.
Un vaso que cae. Se estrella.
El roce del metal con el metal.
Comienza a sonar la alarma. Sé hace escuchar como el eco de un momento apropiado para despegar ó, despertar.
Un leve pitido vuelve a resonar.
Es el singular sonido del horno de microondas.
Vierto un par de cucharadas de café artificial sobre el agua caliente –la adicción puede más. Siempre puede–.
Esta vez el tintineo es el de una cuchara al agitar. Batir. Menguar.
El suave sonido del metal al chochar en cerámica o cristal. El eco dentro de la taza. El suave contoneo. Su baile. El elixir del ritmo. La danza etérea al disolver los aromas del tiempo en sus relojes y compases. Su textura final.
Pienso en los copos de nieve al caer. Al estrellarse y terminar por disolverse en la nada de su existencia. En su singular lenguaje y su salvaje movimiento kamikaze, al caer. Fragilidad, delicadeza. Una enorme determinación y seguridad.
En el eco y la espiral, el tiempo es una constante.
Arrastro mis pies hasta la entresala y ahí, me recuesto.
Me pierdo en oler el contenido de la taza. En disfrutar y saborear su aroma que, más que su sabor, la sensación me reconforta.
Me hundo en un nuevo tren de pensamiento. Reflexiono sobre mi actual situación.
La música, esa danza eterna, energía kundalini, se funde en el misterio de una canción que suena, de manera irremediable, dentro del auto o dentro de mi cabeza. En el sonido de las ruedas del coche al pasar entre cada borde y cada grieta de concreto en el acto del movimiento.
En el sonido del microondas al encenderse. Al Girar. Al pitar. Al apagarse.
En la cuchara al ser agitada y mezclar los elementos contenidos dentro de la taza.
En el recuerdo de mis padres, cerca de mí, compartiendo mis abrazos. Mis sonrisas. Mis besos.
Deleitándome. Presumiéndome.
Pienso en lo mucho que me gustaría tener un coche para poder conducir, a mitad de la noche, por la ciudad. Y ahí, en medio de ese viaje, poder reflexionar.
Perderme. Ó reencontrarme.
Mientras el auto avanza, y se mantiene en la constante hilvanar del movimiento de sus silenciosas ruedas, me concentro en recordar.
Que todos los lugares por los que he pasado, siempre me parecieron la mejor opción. El mejor olor. El mejor aroma. La mejor fragancia. El mejor sabor. El mejor momento. El mejor recuerdo, incluso, el mejor sitio.
El sonido de un reloj retumba hasta hacer temblar las paredes de esta vieja casa. Y es hora de dormir o de despertar. Pero tengo un sueño recurrente del cual me cuesta trabajo despertar.
En él sueño, todavía soy un niño. Mis padres están conmigo. Papá me peina y mamá limpia mis sucias mejillas con una servilleta rosa humedecida. Es mi cumpleaños. Papá va a regalarme mi primer y último auto. Un descapotable convertible de los años 50.
Me despierta sobresaltado un pitido. El pitido del microondas. O el pitido de otro auto. Uno con el que estoy a punto de chocar. O el pitido de la alarma del reloj despertador.
Y ahí estoy yo otra vez. Sólo…
“I was swimming in the Caribbean
Animals were hiding behind the rock
Tryin' a talk to me, say wait wait