Te encontré, en el lugar menos previsto, en el mismo momento en el que perdía mi fe, y a pesar de tu lejanía me haces sentir bien, porque eres igual que las estrellas, tienes la misma presencia, la misma pose, la misma luminiscencia, y por desgracia la misma distancia en años luz que ellas. Pero empiezo a creer, que me pierdo entre tu existencia, que nuestras almas son tan impuras que encajan perfecto entre sus huecos, porque cuando me enamore de ti mis ojos cambiaron al color correcto. Tengo miedo, inseguridades, he hecho cosas malas, pero cuando tu voz hace eco por mis odios me es inevitable pensar en eso, cuando comenzamos a surcar entre nuestros pensamientos, intercambiando palabras que tienen más significados que el que un diccionario podría imponernos. Me quedo en silencio de vez en cuando, porque amo la pasión con la que me cuentas tus deseos, y de en ese mismo instante en el que el mayor de mis anhelos es verte a ti postrada sobre el cielo. No necesitas ser como yo, y no necesito ser como tu para amarnos, porque tu eres el fuego y yo soy el hielo, si te acercas demasiado a mi te apagas, si me acerco demasiado a ti me convierto en simple viento. Pero si solo me abrazas, si me dejas amarte como yo siento, si te dejo mirarme, si te dejo decirme lo que pasa cuando sientes miedo, si hago de mi forma de pensarte algo devoto, si hacemos de este sentimiento un pensamiento y despues una forma de vida, entonces sabremos que seremos el agua que dará vida más allá de nuestra muerte.