Ardes todavía en mi piel como una herida que no cierra, y en mis labios persiste el sabor feroz de los tuyos, como un pecado que no busca redención.
Fuimos fuego desbordado, un abismo al que caímos sin miedo y sin regreso, la tentación hecha certeza en un instante equivocado.
Porque aunque nos tuvimos como si el mundo fuera nuestro, la verdad siempre estuvo al acecho: ya éramos de otros, ya estábamos atados a otras manos…



















