¿Y el papel, papá?
1. Mi padre era un hombre aficionado a la lectura política en revistas y diarios que criticaban al sistema político nacional. Ese gusto por tales lecturas lo extendía de manera rara hacia los libros. Vendedores de aquel entonces debieron haber hecho su agosto, como dice el dicho popular, vendiendo por aquí o por allá las enciclopedias autodidácticas Quillet, Mis primeros conocimientos o la enciclopedia temática Salvat. Digo que hicieron su agosto porque vi dichas colecciones en muchos hogares de la región. Además de estos libros mi padre tenía otros de la Editorial Posada y varios más de Rius. Esa nutrida y variada biblioteca pocas veces sería consultada por mi padre mismo quien prefería seguir con sus revistas políticas.
2. Siendo yo un niño solitario y enfermizo, pasé muchas de mis horas consultando esos ejemplares que representaron para mí tal vez mi primera fuente de conocimiento enciclopédico. El gozo de aprender sobre tipos de piedra, hacer unos cuantos trucos de magia o aventurarme en el dibujo. Era guiado por aquellos libros maravillosos de la biblioteca de mi padre. Las lecturas meramente literarias me llevaron a disfrutar novelas de Julio Verne (Miguel Strogof, Los hijos del capitán Grant). No debo olvidar mencionar unos de los primeros libros que compondrían esta biblioteca de la que hablo: El llano en llamas y La feria, libros que marcarían en definitiva mi gusto por la literatura.
3. Ese gusto nacido en la biblioteca de mi padre, me llevaría a formar la mía propia posteriormente. Varios fueron los primeros libros que aún conservo, pero cuyo orden de adquisición he olvidado. Apenas sí recuerdo el de Así se templó el acero y un par de los gordos libros de Neruda. Como mi madre vería que aquella colección iba en serio, me regaló un «esquinero» que nosotros transformaríamos en un pequeño librero. Ahí estaban mis primeros libros, a un costado de mi cama como un buró de papel. Poco a poco mi biblioteca iría creciendo, y luego ya cuando me casaría me la llevaría conmigo hasta Colima donde, por supuesto, seguiría recibiendo más libros.
4. Mi matrimonio me daría dos hijos varones que siempre vieron a su padre rodeado de libros. Mis hijos no recibieron nunca indicaciones de obligatoriedad sobre el ejercicio de la lectura, simplemente por su propia cuenta llegarían a tomar los libros de manera libre y leerían lo que ellos consideraban interesantes en aquellos días. Así vería yo desaparecer mis libros de los estantes para luego encontrarlos sobre la cama o el escritorio de mi hijo Allan, mi primogénito. Luego Aarón, su hermano, tomaría los libros filosóficos y científicos para aprender de ellos. Así pues, mis hijos continuarían la tradición aquella de acercarse a la cultura a través de los libros de su padre.
5. Ahora hay que mencionar que nuestra familia está en la transición del papel hacia lo digital, y es mi hijo Aarón quien nos está dando muestras de tal avance. Le regalamos un iPad que aprovecha enormemente explotándole todas sus posibilidades. Claro que no se olvida de la lectura en papel y ahora va creando su propia biblioteca, entre digital y física. Tiene ya varios volúmenes almacenados y leyéndolos: Lenin, Marx, novelas rusas y muchos libros de ciencia ficción. ¿Qué pasará en el futuro con esos libros sin papel?
6. Al parecer la tendencia actual apunta a la llamada “muerte del papel”. La enciclopedia británica ha dejado de imprimirse sobre papel despueś de más de 200 años de tradición en imprentas; periódicos de Brasil ya han abandonado sus imprentas al parecer definitivamente; aquí entre nosotros vemos ya muchos diarios que desde su origen jamás han publicado en papel. Tal vez sea inminente la desaparición de lo impreso. Hay quienes aseguran rotundamente eso con la aparición de tablets y formatos digitales capaces de llevar la letra escrita hasta nuestras pequeñas pantallas del celular. ¿Qué va a pasar con las bibliotecas familiares, otrora campo de un ejercicio de herencia cultural?
7. Este juego de herencias está focalizado en la presencia y la posesión del libro en tanto objeto tangible. Objeto que fue comprado en algún momento y llevado a casa, a la biblioteca familiar. Lo digital, por definición, ha omitido por completo este sentido de posesión. Lao Tsé, en su libro del Tao, señala que de lo material viene la posesión y del vacío viene la utilidad (una tasa es poseída en tanto es un objeto tangible, pero es útil gracias al vacío que ella misma forma). ¿Es que con lo digital la posesión es eliminada quedándonos la pura utilidad? Recordemos cuando prestábamos nuestros libros y siempre teníamos ese sentimiento maldito de que jamás los volveríamos a ver. Hoy con lo digital simplemente creamos copias de nuestros archivos libros para prestarlos a nuestros amigos. Pero deberíamos omitir ahora aquí la palabra prestar y deberíamos decir directamente regalar. ¿Es que el desprendimiento de lo digital, implícito en este ejemplo, nos llevará a crear más lectores de un libro que podrá multiplicarse por cien?
8. La biblioteca de papel, esa posesión según estamos concluyendo, tenía un carácter comunitario de alguna u otra manera. Ese sentido comunitario es evidente en las bibliotecas públicas: libros al alcance de quien quisiera acceder a ellos. Ese sentido comunitario lo tienen todas las bibliotecas en general. Hasta la del abuelo más celoso tendrá que abrir las puertas al conocedor de su tesoro guardado bajo llave. Sociedades secretas pueden tener también escondidas sus bibliotecas, pero éstas estarán siempre dispuestas para sus iniciados y sus eruditos. Simplemente no veo el caso de una biblioteca que esté a disposición absoluta de una sola persona. No, no tiene caso alguno. ¿Contradictorio que una colección de posesiones tenga un carácter de compartición?
9. Lo digital, extrañamente, a pesar de su sentido de “no posesión” que ya habíamos señalado anteriormente, carece de ese sentido comunitario. Si bien es cierto que ahora compartimos de manera muy fácil nuestros libros, nuestra biblioteca en nuestros dispositivos electrónicos es tan nuestra que nadie va a hurgar en ella para ver qué es lo que tenemos disponible para nadie. Y es aquí donde está en juego la heredad de la que hablamos al principio. El gusto por ciertos títulos evidencia nuestra propia personalidad y la orientación de nuestros pensamientos. Los objetos libro que tenemos en nuestra biblioteca son tomados por nuestros hijos y, al leerlos, están también recibiendo parte de lo que somos. Hoy en las inaccesibles bibliotecas digitales ¿desaparecerá este juego de heredad del pensamiento? No quiero afirmar ninguna cosa, simplemente quiero hacer notar que, en definitiva, los cambios de lo digital nos llevarán a senderos que hasta ahora desconocíamos. Estamos en el umbral de los cambios, y esos cambios nos llevarán a territorios distintos que antes ignorábamos por completo.

















