La niña del trigal
El día celeste había durado largos años
acunado en el brillo del agua bajo el sol
era rosada y leve la tela del vestido por donde lo escuchaba
era todo un jardín que la vestía
tenía ya en el regazo las amapolas necesarias para el trigal de su sonrisa
en la partida
cuando entreabrió la noche
apareció en un cuarto pequeño sin llave
en donde nada había
no se podía decir si afuera transcurría el verano o inverno
estaban tapiadas las ventanas
allí pudo crear sus propios océanos
con el agua salada de las lágrimas y las olas incesantes
de los días y las noches.
Dibujó una cama para dormir
unas sábanas descoloridas de flores lilas
un arcón para darle cobijo a los seres
que iba inventando
eran muchos, y les faltaban ojos, o piernas
ella también
para mejor acompañarlos, se hizo muda
y les contaba historias con los ojos.
Vinieron a buscarla un crepúsculo
porque había una fiesta
habían retorcido todas las flores en una guirnalda y decían
que era bella
habían aprisionado a todas las luciérnagas
y el mundo tenía frío.
No quiso la carne del festín
guardó a los monstruos bajo la cama, y comió solamente
una fruta que tomó con la boca del árbol
se le habían desdibujado los brazos
innecesarios para ver.
La mañana la encontró en el pasto reseco del otoño
era un trigal segado por las hoces del tiempo
la casa la miraba de lejos con los ojos cerrados
en la soga un jirón de ropa abandonada
una tinaja de madera para lavar recuerdos
las nubes plácidas en el cielo gris celeste le trajeron una pluma
del pájaro que alguna vez había aleteado, feliz
en su pecho.











