Tía Amargura: Ella nació entre el verdor y la humedad de un lugar entre Misantla y Colipa, a un costado del camino entre el croar de las ranas y el canto de los grillos en una tibia noche de abril.
Mientras nacía un armadillo caminó a su lado, la recibió, se hizo su tonal; de allí la armadura que la tía Amargura desarrolló en su corazón. Fue criada al igual que sus otras cinco hermanas; aprendió del telar y el metate y tostó en el comal la nuez para el pan de granillo. Caminó entre las calles con las trenzas sujetas con listones mientras el viento soplaba el olor a café y vainilla.
Una tarde mientras llevaba el cántaro a llenar conoció a José; él estaba allí, recargado entre los cedros con las manos sueltas sobre sus costados. La miró con atención, con sus ojos de avellana bien puestos sobre ella; en su vestido de algodón que parecía nube, en los bordados de su huipil y en sus collares de concha y jade.
La tía Amargura también lo miró, parado allí con sus pantalones de manta. Con el negro de su piel resplandeciendo bajo el sol; con su sonrisa mulata y un cigarro entre sus labios gruesos.
De aquellas miradas nació la unión. Luego la boda y después los niños: Carmen, Ignacio, José.
Yo la conocí muchos años después; cuando sus cabellos negros se habían vuelto blancos, cuando las arrugas habían llenado su rostro cual surcos de tierra barbechada en su piel morena. No había sonrisa en sus labios, ni una pizca de alegría en sus ojos negros. La tía Amargura -le decía en secreto-
La veía ir y venir enfundada en su enredo negro con sus pies descalzos, de la costa a la casa en donde los visitábamos cada año. Cuando se quedaba quieta junto a las paredes verdes de su hogar o entre el huerto o el jardín repleto de flores y pajarillos me recordaba los rostros de piedra de Paxil; carentes de emoción, ajenos, lejanos, indiferentes.
Durante todos esos años jamás sonrió, ni lloró ni pronunció una palabra amable para nadie. Miraba al tío Pepe salir a pescar cada noche y lo veía regresar cada madrugada, vio a Carmen casarse e irse lejos en cuanto tuvo la oportunidad, vio a Ignacio y a José partir entre las barcas y regresar con la marea como también lo hacía su padre.
La tía Amargura nos recibía en su casa, colocaba el mosquitero en nuestras hamacas y preparaba atole de chapulín agrio antes de enviarnos a dormir; por las mañanas nos despertaba el olor a masa y café tostado. Solo decía con su voz grave y monótona: Ya vénganse a desayunar, y ponía los tamales de frijol, pipián y chile seco en nuestros platos. Se quedaba callada, con sus ojos fijos en la nada y después de comer simplemente se iba a caminar.
El tío Pepe decía que ella no era mala.
– ¿Sabes mija? Nosotros tenemos suerte, no nos tocó un mal tonal. Esa mujer es buena, tiene un jardín en su corazón, pero no puede dejarlo salir más que de poquito a poquito. Ya te tocará una flor, tenle paciencia.
Ahora se va a la playa, viendo el vaivén de las olas se calma; le arrullan el alma y le dan fuerzas para continuar.
Mi tío y yo la mirábamos hacerse chiquita entre el camino de madera y arena, nos quedábamos allí hasta que la tía Amargura desaparecía y luego regresábamos al interior de la casa. José sacaba el requinto de un viejo baúl y comenzaba a tocar; los sones, las voces y las risas inundaban la casa callada.
El último recuerdo que tengo de ellos es más dulce que el piloncillo de los pemoles:
Era una mañana cálida, el rocío del mar llegaba hasta nuestra cara y se quedaba atrapado en nuestros cabellos.
El tío Pepe llegó con pescado fresco recién sacado del mar. La tía Amargura lo envolvió en hojas de acuyo poco después de bañarlo en chiltepín; Ignacio y José prepararon el horno de tierra y pusimos los pescados allí. Poco después llegó Carmen, traía un bebé en brazos. Mulato como mi tío, mulato como mi padre.
-Se llama Eugenio- nos dijo
Yo lo cuidé mientras mi madre, la Tía Amargura y Carmen se encargaban de preparar lo demás.
Eugenio no tenía tonal, había nacido en el hospital; por más que buscaba entre sus ojitos negros no alcanzaba a adivinar de qué animal llevaba el alma.
Quizá fue la presencia del bebé lo que hizo que saliera una flor del jardín de la tía Amargura; se acercó a mí y me lo pidió con amabilidad; una sonrisa brotó de sus labios secos. Le devolví la sonrisa y le entregué al pequeño.
Lo arrulló entre sus brazos hasta que se durmió.
Esa mañana comimos, cantamos y bailamos. En nuestros ojos y nuestros corazones quedaron grabados los momentos, las sonrisas, el clamor de nuestra sangre negra bombeando al ritmo de nuestros pies. Días después la despedida con olor a sal y también a coco.
Pasaron los meses, prendimos el televisor. El huracán estaba devastándolo todo; no podíamos ir ni comunicarnos con nadie. Las copas de las palmeras eran sacudidas de un lado a otro por el viento más fuerte que jamás sopló en aquél lugar; arrancados los cocos, las tejas de los techos, la madera de las bardas, las rejas del gallinero y del corral.
Llegamos junto al ocaso. Las lágrimas de mi padre y las mías se mezclaban en los torrentes de agua y lodo que seguían corriendo entre las calles recién convertidas en caudal.
Septiembre se llevó todo: las paredes verdes, el huerto, las hamacas y el horno de piedra. Arrancó las vigas y también el techo.
Todos habían muerto a excepción de Tía Amargura. Ella estaba sentada allí, adonde hacía unos meses habíamos comido, cantado y bailado; adonde había arrullado a su nieto, adonde había sonreído para mí por primera vez.
Todas las flores del jardín se habían ido con el río y también con el mar; nadaban inertes entre los peces y los cocodrilos. Me acerqué a ella y la abracé, sentí el olor de su piel húmeda y fría similar a la corteza de los cedros.
Lloré y ella también lloro. Enredé mis dedos entre sus cabellos blancos, me acurruqué entre sus brazos viejos y nos quedamos calladas las dos- ajenas, lejanas, indiferentes-
Días después la tía Amargura murió; -una neumonía dijeron los doctores- sin embargo, esa tarde de llanto las dos vimos un armadillo agonizando entre las algas y el coral; era su alma, su espíritu, su tonal.
La tía Amargura se fue con la sonrisa en los labios, la vi hacerse chiquita entre el camino de arena y madera, la vi desaparecer hasta convertirse en el jardín que siempre fue.
Texto: Paola Klug.
Fotografía: “Mujer haciendo Tortilas”, San Agustín de Oapan, Guerrero. [1984]
Blog: https://paolak.wordpress.com/2016/04/28/tia-amargura/