Y aprendió a danzar bajo los copos de sus emociones, purísima, nívea como el talco de la bruma triste espolvoreado en su alegre tutú.
Y giró y giró confiando en la vida y en el amor, sin percatarse en la brizna de su mirada, obnubilada y abrigada entre el frío de lo que fue y la tibia cauda de lo que será.
Me sostuve del cristal, absorto a la lozanía de su danza, prístina, impoluta. Tan cerca y al mismo tiempo tan lejana. Niña del ballet de mi ilusión amada.
El tiempo no sucedía en el rodar de mi vida. Con los ojos bloqueados permanecía. Sólo el viento agitando la nieve yo podía percibir.
El bullicio de mis ansias fuerte soplaba; el violín incandescente tocaba, pero no era más que mi alma, mi alma que la contemplaba... enamorada.
Definir mi pasión es imposible, no puedo hablar, esto que siento es indescriptible. Es la fuerza de mi espíritu quien mueve, silente y amoroso, perpetuo y añorante, la flama que detalla los trazos de mi baile.
No descanses, sigue adelante. Sigue esparciendo el alma como se vuela la hoja en el viento. Te amo así, sin ningún descontento, límpida, mujer, niña y universo. ¡Te amo demasiado y no tocarte lo prefiero!
Elijo enamorarme...
Enamórate aún más de la vida, que con ella se ponen a tus pies todos los amantes del arte y de lo etéreo. Y a mí sólo déjame besarte desde lejos, entre el cristal que protege la bondad de tus copos, tus lamentos.
Elijo sonreír...
Tu sonrisa es mi fortuna, jamás conocí a un ser tan entregado a la pluma, al infinito negro de su tinta, al infinito claro de su llanto. Jamás conocí a una dama que trasmutara en miel sus desencantos.
Te elijo a ti...
Quédate, permanece así.
—Burbuja de invierno.
Leukiel y Paloma Zerimar — coautores(c)




















