Te hablé, pensando que llenarías algún vacío, pero este universo que habita en mi pecho; no es por menospreciarte ahora, pero ya no se llena con cualquier cosa. Es más, no se llena con nada.
Te invite a salir porque pensé que extrañaba mis manos rozando tus huesos a través de la delgada capa de piel que arropa cada parte de tu esqueleto, pero mis manos no murieron a pesar de que no pasó.
Quise contarte mis días, cómo hace algún tiempo, pero ya tu atención me es tan indiferente cómo la de cualquier otra persona a la que podría contarle mis males aún si le acabase de conocer en el transporte y supiera que nunca más volvería a verle.
Pensé que te extrañaba, a ti, a tus cabellos raros, a tu sonrisa y a tus ojos de loca. A tu esbelta cintura o a tus arranques de ira. Por un momento pensé que extrañaba a tu boca demeritando mis pensamientos, mis acciones, pensé que me extrañaba a mi, a mi soportando todo eso que odiaba de ti solo porque en mi inmunda e inmensa tristeza de alguna forma creía que te amaba.
Ni te quise hablar a ti, ni quería salir contigo, ni quería contarte nunca más nada. Ni te extrañaba, ni a tus cabellos, ni a tus ojos ni a tu sonrisa ni te extrañaba a ti de ninguna forma.
Pero me di cuenta que si extrañaba algo, y era esa imagen, esa persona que nunca fuiste pero que por amor, que por un amor errado y enfermo yo había idealizado. Pero esa mujer a la que extraño, a la que ame, a la que aún amo y que siempre amare. A la que siempre podría ver sonreír, y sorprenderme con mis dedos enredados en sus cabellos extraños. A la que si la vida me permitiese yo con gusto me quedaria para siempre, clavado, ahí, en sus clavículas. Esa mujer nunca existió. O quizás lo hizo, pero solo en mi cabeza, y así será tal vez de siempre en siempre. Oh bella mujer fruto de mis problemas mentales, yo siempre te tendré aquí, y tú así serás, bellla, pero solo en mi cabeza, y solo para siempre.















