Carta al vacío de la existencia, al suicidio y a la necesidad de morir.
¿Me puedo sentar un momento? Es que los pensamientos de estas fechas me pegan, es que el viento de la tarde se impacta violentamente como suaves caricias de melancolía, y es que, ahora, en este instante, no me siento con ánimos de caminar, seguir o inclusive estar de pie. Ya no sé si me quiero sentar o solamente quiero desfallecer en la tierra. Podría sentarme en la tierra, podría dejar que me desgarre, sería menos cruel que soportar esta vida que no avanza, esta insoslayable muerte funcional.
Me quiero quedar en el recuerdo, en la memoria de los días no vividos, en ese momento de suspensión del tiempo, del regreso eterno a una mañana nublada, imperecedera e inmaculada, desgastada con cada nueva visita. Me quiero quedar ahogado en el viento del otoño, en sus hojas moribundas y en el anhelo de una vida que nunca llegó y está lejos de llegar.
La brutalidad de la mañana entró por mi puerta como una ráfaga violenta de amores inconclusos, deseos furtivos, sueños inacabados y muerte diferida. Y me quedé sentado mirando el reloj, era tarde para el trabajo y seguía todavía descalzx de motivos para marchar.
Nada bueno puede venir de este ser, nada bueno puedo ofrecer y definitivamente aprendí que no puedo salvar nada ni a nadie sin antes salvarme a mí. Lástima que mi salvación ha pasado, mi alma es caduca y esto que se ve no es más que el cascarón de un tiempo iluso de bienestar que nunca existió, un engaño más, una máscara para fingir la tranquilidad ante el derrumbe, para fingirme un poco más humanx.
Cada día me sorprende más la tragedia humana, entendiendo esta tragedia como el mero acto de vivir y decidir, o no, permanecer con vida. Ojalá fuera tan fácil disponer de nosotrxs mismxs, ojalá fuera tan libre la vida como para poder tomarla con dulzura y apagarla. Porque habemos quienes nos sabemos incapaces de vivir y de morir, somos lxs inútiles, lxs condenadxs al caminar sin camino, por inercia y sin el deseo de realmente hacerlo. No sabemos vivir y no nos dejamos morir, vivimos en un limbo la mar de asqueroso. Somos el lastre de la humanidad, el defecto de la vida, y sin embargo, desgraciadamente, aquí estamos.
No hay resistencia a la vida, no hay forma de vivirla en nuestros términos, es decir, no vivirla. No hay forma de detenerla y no hay forma de que cause satisfacción alguna. Estoy cansadx, cada día me agota más y francamente me estoy rindiendo a tener que aceptar mi vida.
Una de las cosas de la que no se hablan de esta media vida, de este velo de desinterés y desesperado aferro a respirar, es que, justamente, intentamos llegar a un punto menos gris, porque o escogemos vivir y nuestras cabezas no hacen sentir que todo estará relativamente bien, con la motivación adecuada para poder conducirnos en este infierno llamado vida; o bien tiramos a la desesperanza, al abandono de la causa, nos dejamos morir y nos consumimos hasta que no haya otra opción más que la muerte.
Sin embargo, este limbo, este maldito punto medio, esta gris zona para vivir no perdona, no te deja vivir en paz, pues siempre te está tirando a uno u otro lado; pero igual no, sigues aquí, sigues aquí sin ánimos de estarlo y añorando no estarlo, pero aquí estás, en este camino sin salida. Y creo que estoy cansado de la indefinición de mis propias ganas de estar con vida.
No entiendo el punto de lo que escribo, creo que solamente es un ejercicio de catarsis, porque las lágrimas ya no me fluyen, porque mis ojos están tan cansados que ya no intentan llorar, solamente se limitan a la contemplación de vivir sin objeto. Pero está bien, está bien, de cualquier forma moriré.
Tal vez no todo está perdido, y no hablo de mis esperanzas o deseos de vivir, esos sí están perdidos, me refiero a lo siguiente: creo que uno de los propósitos, más allá de la catarsis personal, es demostrarle a otras personas que no están solas en este mísero sentimiento de vivir, de no vivir, de estar gris, de estar en el limbo, de ser un constante estado de indefinición, de muerte y esperanza. No estamxs solos en este terrible sentimiento, y de cualquier modo sí lo estamos, no podemos salvarnos unxs a otrxs, solamente estamos en una compañía extraña, no nos conocemos pero esta miseria de vivir a medias nos une.
<< Luna llena ¿no me ves? Llévate esta pena de una vez, sácame de este pozo que me sofoco, muéstrame el camino de regreso al ayer>>
Indestructibles - Torreblanca.
Una realidad que me parece infranqueable es la desesperanza ante la vida misma. Es decir, creo que hemos personas que no tenemos lo que se necesita para vivir y estamos conscientes de esa condición, la vida nos abruma y el peso de la existencia es, sin lugar a duda, un suplicio. Precisamente por esos pensamientos es que he decidido escribirle a la vez en que intenté quitarme la vida.
Todavía ahora me resulta un poco doloroso e incomodo hablarlo, así como una insospechada tristeza de no tener lo necesario para acabar con mi existencia. De cualquier forma aquí estoy, recordando la sensación y sus implicaciones, y pensando en el contraste con mi ahora, después de varios años después de ese incidentes y con la visión que me embargó hace unas semanas de estamparme contra un muro de contención
Abordar el tema me hace pensar más en lo que pienso cuando lo pienso que en la relatoría de los hechos podría resultar igualmente interesante, pero aquí, en esta carta, no haremos eso. Quiero aprovechar a explorar esa memoria para reflexionar en mi incapacidad de compromiso con mi propia muerte y mi falta de claridad al poder decir si mi decisión fue correcta o equivocada o, al final, solamente fue una decisión sin mayor consecuencia en el curso de una existencia destinada a la nada, a la futilidad de una vida sin mayor eco que la de ser una persona más en este terrible lugar llamado tierra, en este tormento al que hemos decidido nombrar vida.
Recuerdo el terror ante la libertad, no sé si fue el miedo a lo desconocido o fue la felicidad del descanso lo que me dejó inmóvil. Esa sensación me afectó en el centro, me rompió y me demostró mi falta de compromiso con mi muerte. No sé si fue cobardía o un rayo de cordura pero me dejó anclado aquí. De esa manera acabé, afortunadamente o desafortunadamente, todavía no creo ser capaz de nombrar el calificativo correcto, hecho ovillo en la cama, llorando por la imposibilidad de tomar la decisión. No dormí esa noche, me la pasé en vela y unos días más tarde le pedí ayuda a mi madre para ir al psiquiatra.
Ahora, años después, me arrepiento en muchos sentidos de no haber sido capaz de tomar una decisión que, en potencia, hubiese significado una paz infinita, un escape de esta vida para evitar estar aquí varado sin rumbo, padeciendo de la vida, en un extraño término medio. Mientras tanto me encuentro incapaz de vivir una vida medianamente soportable o llevarme al acabose total que permita crear convicción total y determinación indiscutible para poder aniquilarme y renunciar a todo.
Entonces ¿por qué no te matas? ustedes se preguntaran, y pues bueno, la verdad es que la respuesta se encuentra en lo que ya expresé, me siento en un punto medio, en un limbo de grises sombras que no son ni enteramente buenas ni malas, de modo que ante el atisbo de impulso suicida interviene una parte de mí, la que menos aprecio, a detenerme y dejarme aquí, en la eterna espera del fin, de la muerte, de la indecisión y de la falta de coraje necesario para ser verdaderamente libre tomando la decisión de vivir o no. Existir o no.
Por otro lado, sospecho que mi muerte podría causar un impacto positivo en este mundo y, al menos, traerle una gran alegría a diversas personas. Y no, no es que me niegue a la dicha ajena, por el contrario, la celebro, pero es que no me siento con la capacidad de poder hacer eso, al menos no ahora, al menos no con esas intervenciones indeseadas de mi mente. De tal forma que solamente puedo pedir perdón a quienes puedan congratularse de mi muerte, ya que no es mi intención seguir aquí, pero no sé cómo hacerle y pues también me lamento por el poco o mucho cambio que mi existencia pueda significar, lo lamento, de verdad.
Disculpen, de verdad, pero es que me siento indigno de la felicidad y considero esta vida como un suplicio por el hecho de existir. Y me explico, lo siento así por todos los males que he causado o podría causar por mi existir. A veces siento que todo lo que siento lo merezco, como una especie de castigo y como consecuencia de todos mis arrepentimientos, de todas las veces que le hice daño a personas que quise, quiero y/o aprecio.
En realidad me parece curioso este deseo de muerte, no lo voy a negar, y más cuando la única experiencia cercana a ese estado es desmayarme por falta de oxígeno hace unos ocho de años, cuando padecí demasiados problemas en las vías respiratorias (para volverme un fumador empedernido con posterioridad, vaya que la estupidez no tiene límite ¿no?). Tal vez me haga falta un coma para poder entender la seriedad del telón en negro, para operar allí como una especie de antesala, como un ensayo antes de la verdadera muerte, de la oscuridad eterna, o tal vez no, tal vez no necesite eso, tal vez solamente debo matarme.
Hoy igual me quiero morir, aunque no he tomado la resolución de matarme.
Arruiné mi vida y no hay nada más, soy un sin futuro más, soy parte de la generación perdida, de esa parte incómoda de la generación, la que no quiere estar aquí, la que no quiere triunfar. Pero no arruiné mi vida por eso, la arruiné en general, vivo por inercia, por desesperanza, porque no me puedo acostar a llorar, porque no me puedo quedar inquieto porque el Estado no se queda quiero, porque se me exige producción y sólo soy un engranaje más, solamente vivo por inercia aunque arruiné mi vida. Así que si me ve por la calle, aunque no me conozca, hágale un favor al mundo y muchas personas, por favor tíreme el auto encima, hágame un favor, hágase un favor.
Gracias a cualquier persona que se haya tomado la molestia de leer esta basura, de leer mis pensamientos y una disculpa por las faltas en redacción u ortografía, sépase que no reviso mucho estas cosas.