El cálido sol del desierto se alzaba sobre la base Odyssey, una instalación secreta en el corazón de Nevada. Allí, un coloso de acero, el cohete Atlas-H5, se erguía como testimonio del ingenio humano hasta entonces. Con 120 metros de altura, este bólido representaba la culminación de años de investigación y desarrollo en la carrera espacial. El Dr. Samuel «Sam» Kessler, científico en jefe del Proyecto Hércules y exalumno del profesor alemán Werner Von Braun, quien creó el programa espacial norteamericano, quien lo inspiró para el desarrollo de esta operación, observaba con atención los preparativos finales. A pesar de su apariencia serena, su mente estaba llena de preocupaciones y preguntas sin respuestas. Había detectado irregularidades en los sistemas de a bordo, pequeñas anomalías que, aunque sutiles, podrían tener consecuencias catastróficas.