Entender a los demás siempre ha sido complejo; nunca ha sido algo que se me dé bien. Al igual que ponerme límites, interactuar, conectar y demostrar. Siempre fui más de usar máscaras que me hicieran ver lejana, porque cuando era lejana, la gente no cuestionaba. Explicar mis dificultades era exponerme, y así no tenía que agredir mi autoestima con el fin de darle sentido o lógica a mi peculiar forma de transitar por la vida.
Y eso suena como una excusa, entonces me cuestiono: ¿cuál es la necesidad de racionalizar todo? Mi sentir, el porqué actúo como actúo. Porque aunque parezca que no me movilizo, cada acto me cuesta días de sobrepensar, de mirar las múltiples posibilidades, solo para generar un “hola” que parece seco y superficial… pero que lo da todo de mí.
Es difícil convivir siendo así. Aunque no debería importarme, muchas cosas me importan demasiado. Como valorar la opinión de los otros, y basta con un solo comentario que, ante mi percepción, suene negativo, para sentir que todo se derrumba.
He sido muy buena moldeándome, adaptándome, tolerando y, sobre todo, soportando. Porque a veces pensaba que soportar era la mejor forma de hacer que las personas se quedaran a mi lado. Desde mi perspectiva, no tengo cualidades ni merezco amor, así que siento que debo esforzarme mucho por un amigo, un gusto, un novio… y aguantar.
Claro, habrá una o dos cosas que no soporte ni tolere, pero fuera de esas, es casi imposible que me vaya. Y eso, a este punto de mi vida, es peligroso… y doloroso. La cantidad de posiciones espantosas en las que me he visto por ello son tan numerosas —incluso infinitas—, y eso DUELE.