¿Cuantas veces se puede romper un corazón?
Por una misma persona, escucharte decir que le llevarías una bebida hasta su casa me hizo sentir un hueco en el pecho. Condilando con mi estomago, no hay ira, no la hubo un tiempo atrás. Tal vez solo estoy cansada de sentir mi corazón abierto, destrozándose y rompiéndose una y otra vez con cada frase, con cada palabra, con cada acción insignificante… pero que para mí significaba todo. Trato de llenar mi corazón para no sentirme vacía, pero a este punto no creo que esté vacío, solo roto. Y me pesa, porque tus ojos condilando con los suyos me duelen tanto, porque sus abrazos me consumen y me queman desde adentro.
Es lindo, los sentimientos correspondidos son lindos, son cosas que se deben celebrar. De alguna forma siento envidia: quería ser yo quien te movilizara hasta mi casa porque se me antojara algo; quería seguir besándote bajo la lluvia porque se sentía fantástico; quería que vinieras a mí, abrazarnos, hablarte de todo lo mío y escucharte hablar de lo tuyo. Quería ser yo. Pero no lo fui, no lo era, no lo soy, ni lo seré.
¿Y eso está mal? No, claro que no. Quiero celebrar que alguien a quien quiero con mi corazón esté siendo tratado con cariño y cuidado. No quiero llegar a casa y llorar acostada en el piso, en medio de mi habitación, cuestionando un montón de cosas: ¿por qué no fui yo? ¿por qué a ella sí y a mí no? ¿qué me faltó? A la larga, las cosas simplemente son así. No es cuestión de que falto o no algo: la vida es así, conectamos con personas, unas te calan en el pecho y otras no. Y no es su culpa que tu pecho se llenara de él, pero en el de él tú no.
¿Lo hace eso malvado? No. Tal vez las cosas no se hicieron de la mejor forma, porque sí hubo desplantes, noches de espera sin respuestas, sin explicaciones, búsquedas para recibir un beneficio. Y aunque no me di cuenta en su momento, ahora que lo sé tiene sentido. ¿Lo hace acaso alguien malo? No, solo lo hace humano.
No sé qué me hizo quererlo tanto ni qué ocupó con tanta fuerza mi pecho y mi cabeza, pero algo es claro: no somos. Me gusta, me gustaba y me gustará por un largo tiempo, pero no es. Aprendí mucho, me reflejaste mis vacíos, mis inseguridades, mi destruida y trastornada autoestima, mi deseo de ser amada, de ser vista con cariño, deseo, respeto, estima, cuidado, empatía, resguardo, calidez… como quería ser vista desde tus ojos. Pero solo encontraba deseo.
Tal vez dediqué más llantos de los que debía, y poco a poco esos llantos van matando mis gustos y mi cariño por ti. Algún día estaré tranquila. Y conocerte no fue del todo malo. Sí, he llorado ríos, no diré mentiras: he pasado noches, semanas en estados lamentables, en posición fetal hasta dormir sin saber exactamente por qué. Antes de conocerte, le dije a mi psicólogo que quería enamorarme, me refiero al enamoramiento que llena de químicos el cerebro. Tal vez fue eso: ¿me terminé enamorando?.
A este punto quiero ser compasiva conmigo, con mi dolor y mi sentir. Si hoy siento cariño, mañana irá; pasado, dolor; y en semanas, nada. Pues me lo permito, y todo ha sido real porque lo he sentido y lo siento. Lloro y a la vez quiero que me abraces. Lloro y digo que me arrepiento de haberme metido contigo, y a la vez añoro que me beses.
Cuando veo cosas quiero regalártelas o pienso en ti: en el muss, en los macarrones, en el medicamento, en la tertulia, en el olor a maracuyá, en el aceite, en la crema hidratante, en el muñeco, en el perro camisa. Pero a la vez tomo este dolor en medio del pecho que me hace pequeña, como una niña llena de lágrimas, para mantenerme al margen. Porque ya entendí, a las malas, que tú no me puedes brindar lo que yo tanto deseo. Y mi corazón tendrá que romperse las veces necesarias, lloraré por ti, por mí, por la ilusión, por lo que no fue y por lo que sí, cuantas veces me toque… hasta el día en que ya no se rompa más. Y no me seguiré sintiendo avergonzada por ello.
Sentí sin freno, quité el freno de mano, me dejé ir, aceleré, le metí turbo y sentí sin límite. Y no me arrepiento. Aún me encanta tu existencia, y aunque me amarro para no correr a preguntarte cómo estás, a veces no puedo contenerme y caigo en la preocupación. Sé que no me corresponde, y me alejo de corazón. Espero un día estar en paz con todo esto y que te vaya muy bien: que seas amado y cuidado con cariño, respeto, empatía y amor.