1 ÂżCĂłmo va la cuarentena?
Columna Escribo desde acá
La rutina me está matando. VenĂa bien, pero ya no estoy tan segura de eso. No sĂłlo no salgo a ningĂşn lado más que al sĂşper o a la lavanderĂa, sino que hago todos los dĂas prácticamente lo mismo. Ir a la semillerĂa es la salida del mes, no podrĂan creerlo. Dos cuadras más, un festĂn para la vista y los poros. A veces, como hoy, doy una vuelta a la manzana de más o busco un supermercado que quede un poquito más lejos, para poder disfrutar unos minutos más de sol encima.
Siempre con barbijo. El primer dĂa que salĂ desde esa metodologĂa, me lo olvidĂ©. Claro que no fue totalmente casual. Estaba en contra de usarlo: me embola, me molesta, me cansa. Estaba resfriada y querĂa comprar un remedio en la farmacia. EntrĂ© muy campante y el guardia de Farmacity me frenĂł y me dijo que no podĂa entrar sin tapabocas. Inmediatamente me enojĂ©, claro, pero volvĂ a buscarme uno. QuĂ© impotencia tenĂa. ÂżNo puedo entrar a la farmacia porque tengo una dolencia si no me tapo la cara desde hoy?Â
Finalmente improvisĂ© con un pañuelo, como en el tutorial que enseñó Pampita. Me lloraban los ojos, me caĂan mocos por la nariz, y estuve esperando 20 minutos para que me atendieran. Al toque identifiquĂ© que no lloraba por la alergia ni la incomodidad, lloraba de bronca, de tristeza, llanto puro y fluido. Por un minuto he fantaseado con tirarme al piso y explotar, contarle al policĂa cuánto extraño salir, que me da pánico que algo me tape la cara y no poder respirar es una de mis peores pesadillas, que necesito tener clases presenciales porque son vitales para mi vida “normal”, que extraño tanto a mi pareja que ya no me soporto y que no quiero estar un dĂa más sin tocar el pasto. Pero no me animĂ© a tanto.
En estos Ăşltimos diez dĂas no logro concentrarme en un libro. Nada me gusta, nada me interesa, nada mantiene mi atenciĂłn. Tengo una hermosa biblioteca, enorme, pero no de esas que una atesora para recordar lo que leyĂł, para presumirlo como un trofeo o para atesorarlo y mirarlo siempre que puede. Es una biblioteca de libros que voy comprando, que aĂşn no leĂ y que siempre quise pero, por falta de tiempo, nunca podĂa. Me disperso mirando una serie de Netflix y me duermo frente a una peli que hace tanto querĂa ver. Siempre en la cama, el escenario donde se está desarrollando mi vida Ăşltimamente por excelencia.Â
Estabas por preguntarme sobre el trabajo, Âżverdad? Bueno, bien. Gracias. Eso es otro capĂtulo y ya se los contarĂ©, junto con la historia de los libros que comprĂ© y no leĂ, y que se vinieron conmigo.
Con mi compañera de casa hablamos todos los dĂas, nos llegamos a conocer más que lo que conozco a mis propios hermanos. A la mañana se despliegan puros monosĂlabos, cuando no reina el silencio. DespuĂ©s del mate ella, y del cafĂ© yo, pasamos a desarrollar un poco más las noticias del dĂa. Por suerte compartimos la ideologĂa polĂtica, las formas de mirar el mundo y, lo más importante, el feminismo. Bueno, no por suerte. Nos buscamos explĂcitamente asĂ, porque convivir, lo que se dice convivir, no es para cualquiera. Los horarios de desayuno, almuerzo y cena son cualquier cosa ya en este hogar.
Limpio mi habitaciĂłn más que nunca antes. La casa está impecable casi siempre. El gato que tenemos, Panchuque, nada casual en una casa de tucumanas, está molesto, más llorĂłn y demandante que antes. Es el Ăşnico que lucha a brazo partido por mantener sus rutinas y sus horarios de comida. Lo lleva bastante bien, dĂ©jenme decirles. Es un Ă©xito para las protestas, creo que podrĂamos incluirlo en nuestros espacios de militancia tranquilamente.
No estoy preocupada por mi salud y no tengo miedo de contagiarme. Me estoy empezando a cansar. Profunda, honda y sostenidamente harta.Â
Siempre me gustĂł esa frase que dice ÂżCuánto puede un cuerpo? Ahora pienso más en Âżcuánto sabe una que puede? Y, Âżhasta cuándo se me permite no explotar?Â
Esta es una tucumana en Buenos Aires. Esta es la primera cuarentena de mi vida. Ya les contarĂ©.Â
Escribe y deja escribir. Â