Ser kitsch en la era del minimalismo cool: Piffa presentó Agota
El segundo disco del proyecto define su identidad sin encasillarse
Hay una creencia popular sumamente falsa, que condena a lo emergente (llámese "underground", "indie", "no-mainstream") a una mediocridad chata. Porque es autogestivo se entiende como desprovisto, algo improvisado, quizás incluso desprolijo. "Ya se harán las cosas bien cuando la peguemos, cuando haya plata, cuando firmemos con una gran discográfica".
Ninguna apuesta puede ser demasiado jugada. Hasta que alguien se la juega.
Piffa es la prueba de lo absurdo de estos pre-conceptos. La viva evidencia de que, con un poco de amor (por más cursi que suene), un proyecto independiente puede ser profesional, tener proyección, sonar y verse bien. Solo es necesario animarse, algo que no le cuesta en lo más mínimo: más que pensar fuera de la caja, desde su disco debut, Piffa pateó el cartón imaginario, construyendo su propio crisol de límites que moldar a piacere.
Con Agota, su segundo álbum, el artista redobla la apuesta y crea un universo multicolor, multimedia y a servicio de la fusión, con el que se propone "recorrer los bordes de la emoción".
En sus nueve canciones, Agota camina todas las líneas límite: no tiene un único género, ni una tendencia sonora, escondiendo en caja fuerte la respuesta al curioso: "¿A qué suena?". Suena a todo lo que necesita sonar, guiado por el hilo conductor de una lírica ácida, con un cierto afán de ridiculizar lo propio y lo ajeno. Con referencias a la cultura pop, la idiosincrasia millennial, el fútbol; se adentra incluso en imágenes lisérgicas como el "acuario de cerezas" de "Ya voy a salir", primer adelanto del álbum.
"Este disco me encontró con la necesidad de ser mucho más dueño de las cosas que contaba y cómo las contaba", explicó Piffa en su paso por Arde Radio. Y lo que afrma es fácilmente escuchable. El debut, Café Recalentado (2023) marcó el camino de lo absurdo: en el encierro pandémico, sus gatos se convirtieron en protagonistas de teorías conspirativas; pero no dejó de ser cotidiano, una ventana a la monotonía repetitiva de la taza agria y fría girando en el microondas.
Si el debut nos adentró en la cotidianidad de Piffa, Agota nos invita a su universo onírico y analítico.
Del hastío a la esperanza
"Agota" abre y bautiza el álbum fuerte, rockera, con una vibra muy Marilyn Manson y un puente que bien podría pertenecer a la banda sonora de un videojuego. La letra es pícara, un poco bardera, flameando la identidad lírica del proyecto desde el arranque.
En seguida, “Particular” nos saca de la densidad para entrar en un mood dreampopero, Bándalos Chinos core, digno representante del auge shoegaze que atraviesa la región; con algún coqueteo disco al estilo Silvestre y la Naranja. Acá y en "Pospan" la temática de hartazgo se mantiene: hay un agotamiento generacional, una indiferencia que en algunos puede ser paralizante pero en este proyecto es impulsor.
Piffa se aburre de lo monótono y recluta a sus amigos para recorrer Buenos Aires comiendo panchos en un divertido videoclip. Y ahi esta el diferencial: es un proyecto pensado, cocinado y laburado. Tiene eso que nuestra mentalidad de pais chico no puede evitar categorizar bajo la reflexión: “parece de afuera”. El resultado es atractivo. El riesgo funciona.
Escrita tras el robo de sus equipos que pareció poner en jaque la concreción del disco, “Ya voy a salir” empieza a dejar pasar la luz. Sobre una melodía más bien melancólica, no acompaña ni consuela, pero pulsa con la energía de quien tiene hambre de más. Primer adelanto del disco, el videoclip muestra a Piffa en su oficina, harto (aunque también comiendo panchos, para obsesiva continuidad).
Es una representación del músico uruguayo. Hacer hacer y que nada pase. “Estar tan lejos desespera, siempre lo mismo, ¿qué flashea?” canta, y parece dialogar con mi teoría de que todo lo distinto se condena. Intencional o accidental, hay muchas referencias a la escena musical montevideana, a la que Piffa pertenece sin sumergirse excesivamente, escapando a su endogamia y homogeneidad.
Cafú puede ser un ídolo brasileño, pero su canción es británica por todos lados: un poco de Wet Leg, un poco de Strokes y la manija futbolera—originalmente impuesta y ahora reflotada por Oasis—. Junto con "Millenial" son un nuevo volantazo hacia la oscuridad más post punk del álbum.
En el universo anglosajón, suele decirse que para criar un niño se necesita a todo un pueblo. ¿Cuánta gente se precisa entonces para lanzar un disco? Piffa es un proyecto solista, pero su creador no está solo. En vivo lo acompañan Bruno Grillo, Bruno Cánepa y Oliverio López, una banda de amigos que solidifica el sonido.
Desde la técnica, Agota tuvo a Nicolás Demczylo en mix y master, una serie de co-productores, un drum doctor e instrumentistas invitados. Además, el universo visual es importantísimo para el proyecto: "Es una extensión de mi arte", definió Piffa. Por eso, hay estilismo, diseño gráfico, dirección de videoclips y elaboración de visualizers; sin los que el espíritu kitsch, hipersaturado del álbum no sería posible.
En un viaje a Estados Unidos, Piffa contactó al fotógrafo Derek Perlman con una idea loca. En ocho horas lograron todas las placas del álbum—incluso las de los singles—, encontraron el concepto del hot dog como ícono de esta etapa e incluso recultaron a la novia del fotógrafo, Simone, y su perro Spider, para evocar una fantasía al estilo ¿Y dónde están las rubias? o Romy and Michele’s High School Reunion. Ya en Uruguay, Manuel Méndez, Alina Viera y Federico Molinari se pusieron al hombro los videoclips; éste último convirtiendo la electro-funky "Danza el diablo" en un ambicioso e inquietante proyecto enteramente hecho con inteligencia artificial.
Agota demuestra entonces, en la globalidad de su sonido y su imagen, que el riesgo creativo y la ambición integral son el diferencial de un proyecto. Con su segundo disco, Piffa no pide disculpas ni permiso, pateando ácidamente la puerta del cancionero uruguayo con media hora de música minuciosamente trabajada para defenderse por sí sola. Lejos de ser una "nueva promesa", es un presente esperanzador.
El álbum es una montaña rusa tan adictiva que apenas tocar tierra firme, invita a hacer fila para volver a subir. En el pico y después del hitazo "Ser Horrible", Agota se despide indie con "Golosina", pieza que defiende el género canción con mucha dulzura, afianzando la frase que el músico repite como un mantra: "Vamos las canciones".