Kity ahora ya es mucho mayor que cuando comenzó a laburar con sus hermanos y primos.
Ahora se le implantó una duda, un deseo. Decide a la par del miedo que ya no quiere esa vida, que nunca la quiso.
Quiere un cambio.
Quiere viajar, viajar de verdad, más allá de sus viajes imaginarios con los que escapaba de su realidad.
Quiere trabajar en una feria, vivir de sus dibujos.
Quiere dejar algo en los demás, no solo una “alegría momentánea”.
Quiere trascender a través de sus dibujos.
Quiere ser más que un cuerpo.
Quiere que la quieran.
Manuel y el equipo le ofrecen unirse al grupo. Ella acepta un poco insegura, no sabe cómo va a hacer para hablar sobre todos esos sentimientos que se amotinan por salir. Por ser escuchados.
Por otro lado, hay un sentimiento que predomina, pero no es un sentimiento propio sino un eco, un eco de una voz que le dice desde que tiene 15 años que está destinada a noches largas, noches frías y desamoradas.
Ecos que la convencieron de quedarse en esta vida durante tantos años.
Tal vez por necesidad, tal vez por desamparo, por seguridad o tal vez porque “no hubo de otra”.
Kity ahora está sentada en el círculo, escuchando atentamente el resto de las experiencias que se proclaman en la sala.
No sabe qué es lo que le espera en adelante, en realidad ninguno de los que están reunidos lo saben.
Pero ese “no saber”, de alguna forma la reconforta.
La única seguridad que tiene es que ya se permitió pensar y desear más allá de esas cuatro paredes que la contuvieron/retuvieron.
Sabe que no va a volver allí.
Kity encontró en el grupo un espacio para alojar aquello que no se puede nombrar.
Encontró en Manuel un amigo, un confidente.
María Venencia 01/11/2023
Algo mío para la clase.
Universidad de Buenos Aires.













