Acción-reacción
No puede decirse que no hubiera reacción.
Inmediatamente después de acabar el partido, unos cuantos perroflautas más acudieron a Sol, la Plaça de Catalunya y demás lugares habituales de reivindicación, armados con incisivas pancartas y móviles repletos de batería. Cierto es que perdieron bastante tiempo negociando con la Comisión Espacial en qué rincón ubicarse sin molestar a los retenes permanentes del 15M, la PAH, los proabortistas, los antiabortistas, los mineros asturianos, la AVT, los taxistas, los pedigüeños disfrazados de personajes de Disney® y las vendedoras de lotería de navidad, pero al final se hicieron oír desde las calles aledañas, y cómo. «Mariano marrano», «No más cuentos chinos, cochinos» y «No, no, no nos venderán» fueron eslóganes que torturaron los oídos de turistas y comerciantes durante semanas, hasta el anuncio del lanzamiento de un nuevo iPhone®.
Por supuesto, un general de tierra compareció en rueda de prensa para anunciar la inmediata movilización de todos los efectivos del ejército español con el fin de deponer a un gobierno traidor a la patria y expulsar al invasor. Dichos efectivos consistían exactamente en un par de docenas de ujieres, otros tantos chóferes y la banda de cornetas y tambores de la Escuela Naval de Cartagena, ya que las tropas habían emigrado meses atrás a Francia para la vendimia, hartas ya de no cobrar. Aunque un par de cientos de reservistas se presentaron voluntarios en los cuarteles, poco pudieron hacer ante la falta de gasolina para los tanques y balas para los cetmes. La crisis, claro. Además, tenían que volver a casa para cenar, o atenerse a las consecuencias.
En las furibundas tertulias de la TDT Party, ahora emitidas las 24 horas del día, sorprendió inicialmente el colaboracionismo del Rey. Hasta que trascendió que Xu Min-ho había negociado hábilmente con Don Juan Carlos, ofreciéndole a cambio de su total apoyo una docena de osos pandas a los que poder abatir a escopetazos y tres botellas de coñac Soberano. «¡Qué gracioso el jodío chino!», dicen los testigos presenciales que exclamó el monarca entre risas, campechano como siempre, firmando a continuación el real decreto que formalizaba la adhesión de España a China, y de paso el divorcio. Cuentan las malas lenguas que algunos meses después se le vería surcando de noche las calles de Beijing en su flamante triciclo eléctrico. Alguno sugirió que al pobre viejo se le había ido la cabeza, y que Felipe debía tomar las riendas, pero éste explicó oficialmente que había que esperar a que el Rey abdicara o la diñara, y que además menudo marrón, con lo bien que se estaba sin afeitarse y dando conferencias por las Américas. Quita, quita.
En cuanto a los líderes políticos, pues ya se sabe. Los cargos del PP mostraron su total y completo apoyo a Mariano o salieron por patas a Suiza, más o menos a partes iguales. Rubalcaba volvió a explicar a los ciudadanos que algo así jamás habría pasado con el PSOE, y apoyó la regeneración completa de su partido negando otra vez su inminente dimisión. Rosa Díez le robó el micrófono a un periodista de TVE y bramó en contra de la intolerable polarización inane del parlamento antes de ser reducida por la policía, pero obviamente nadie la entendió. Cayo Lara no podía dejar de sonreír y declinó hacer declaraciones.
Por lo demás, poca cosa.
Ah, sí: a @andritxol le explotó un ojo.















