Verde regadera
Tomando un café en el Buenas Migas que hace esquina con Gràcia.
Suena el inicio de Bohemian Rapsody: “Mamaaaaa, just killed a maaaaan…”. Unos metros más arriba, en la esquina opuesta, se encuentra el hotel de lujo donde Woody Allen grabó unas escenas de Vicky, Cristina, Barcelona. Hace poco descubrí que Scarlett Johansson —Cristina en la peli— mide 1’60 cm, y me sorprendí del sex-appeal que evoca una mujer de tan baja estatura. Reflexioné sobre la relación entre la altura y el atractivo. El sesgo genético, o biológico, es conocido: hombres altos bien, hombres bajos mal, sin embargo, mujeres altas mal, mujeres bajas bien. Decía Darwin que la atracción consiste en seleccionar al macho, o hembra, más competente, al individuo de genes más estupendos, para procurar una descendencia capaz. Si se acaba el amor, que al menos sobrevivan los retoños. Pero seguro que es más complicado. A mí me parece que alguien bajo tiene siempre una urgencia, algo pendiente, alguna trama. Y que el alto es idiota. Llegué a la conclusión de que es mejor quedarse con Vicky, la morena.
Algunas frases que pillo al vuelo: ninguna. No consigo discernir las palabras entre el murmullo general de la cafetería. Solo hay mujeres. Es sábado y hemos acudido a esta esquina, ¿qué dice eso de nosotras?
Se acerca una chica. Recoge la bandeja que habían abandonado los anteriores inquilinos de la mesa y limpia la superficie en círculos, con una servilleta, antes de sentarse a mi derecha. Lleva pantalones verdes, bufanda del mismo color, aunque de un tono más eléctrico, y una boina gris de la que se libera ahora. No sé cuántos idiomas domina. Saca su portátil y se ocupa de contestar mensajes de WhatsApp en el móvil. Está realmente cerca de mí. También ha colocado una libreta roja encima del ordenador, seguramente es una estudiante. Corrijo: se trata de una agenda. Ahora la chica, Beth, se va a llamar Beth, está borrando algo que había escrito dentro de un rectángulo. Ha pedido una infusión con menta. Del doble vaso de cartón que la contiene asoma la punta de una hojita arrugada, sofocada ahí dentro. A esta chica le gusta el verde. Estoy pensando que mi sobrina cambia de color preferido cada vez que nos vemos. Durante el último encuentro me aseguró que eran, sin duda, el negro y el lila. Pero no recuerdo que hubiera elegido nunca el color verde, todavía no. El verde prado es un color espantoso para según qué cosas. Para los tejidos, en general: sábanas, cortinas, toallas, alfombras, albornoces. No os vistáis de verde prado para una entrevista, ni de verde botella, ni de broma, las personas desconfían de los interlocutores verdes. No penséis en verde. Dejadlo estar donde está, en la menta.
Un amigo opina que los vaqueros no combinan con cualquier color. La idea opuesta, que sí lo hacen, es una creencia arraigada debido a la ubicuidad de la prenda, a su todoterrenismo. Los jeans clásicos desprenden claramente un tinte azulado y no es posible obviar esa tendencia. Los vaqueros no se entienden, por ejemplo, con un verde prado. Quizá solo antes, allá por los 80, podía ser un atuendo aceptable. Meryl Streep con sus vaqueros azules y un jersey de rombos en tonos pardos y el rubio esponjoso sobre el rostro claro. Y en el mismo plano, De Niro con vaqueros oscuros, un jersey verdoso y cuello de camisa blanca. Ambos caminando por un Manhattan brumoso y navideño, contentos con sus vaqueros y sus verdes porque estaban Falling in Love en el tren de cercanías de camino al trabajo. En los 80 todavía se creía en el amor.
Beth, la estudiante, está rellenando casillas de marzo. Se va organizando la primavera a rajatabla. “Tanto correr, tanto correr” dice una mujer de cabello gris en la mesa de enfrente. También ella ha elegido los vaqueros para una cita con la amiga. Son azules y los combina con un suéter cuarzo rosa. A juego, en el mismo tono, unas botas tobilleras con tres dedos de tacón de las que brotan calcetines repletos de fresones.
Masones: por la mañana he visitado una biblioteca de herencia masónica, especializada en movimientos sociales. Hoy no está vinculada a ninguna logia más que a través de su fundador, que era masón y filántropo y muy rico. En la segunda sala, dedicada a la simbología, pregunté si el espacio se usó como templo para reuniones. “No”, me contestó la guía, que era tan bajita como Scarlett, pero nada más. Existen templos masónicos en la ciudad que, ahora, debido al coste del alquiler, se comparten entre varias logias que se turnan a lo largo de la semana. Descubrí también que la biblioteca cuenta con uno de los fondos más extensos dedicados a Sherlock Holmes. Sir Arthur Conan Doyle era practicante de la masonería y, según he leído, bastante alto: medía 1’82 cm.
Sobre la puerta del baño cuelgan dos cuadros geográficos. El que muestra la silueta de Italia incluye el mensaje: “Caffè e focaccia”. En el segundo, con la silueta del Reino Unido, dice: “Tea and cake”. ¿Buenas Migas?
Empiezo a aburrirme. Aquí no ocurre nada, la vida va pasando al otro lado de las puertas automáticas que se accionan a ritmo de parpadeo. Dejan entrever algo, de tanto en tanto se percibe cierto frescor. Viene bien un poco de aire fresco, aunque estas puertas permiten entrar a cualquiera.
Hoy es el último día de enero. ¿Qué tal os va? ¿Seguís vivos? Mañana la luna sale llena y tiene un nombre, pero no lo recuerdo. Empezará un nuevo orden planetario, alguna que otra conjunción, un torpe espasmo de Plutón pondrá en marcha los engranajes y sentiremos un ligero desfallecimiento en los huesos. Después del malestar, saldremos mejores, digo. En el lomo de la agenda de Beth veo escrito “Agenda 2026 - Blackie Books”. ¿Pero esta chica habla castellano? Con esos pantalones verdes…












