Curtis.
Nueva York, Estados Unidos | 42 años | Soltero Exdetective de la NYPD | Cazador Ubicación actual: Brooklyn, Nueva York.
Curtis Holloman nació y creció en Nueva York, criado únicamente por su madre, Gloria. Sin una figura paterna presente, Curtis aprendió desde muy joven el valor del trabajo duro, la responsabilidad y la dignidad. Creció bajo el amparo de una madre devota que trabajó jornadas dobles en el sistema de salud pública como enfermera para sacarlo adelante, transmitiéndole un orgullo silencioso por sus raíces afroamericanas y una ética de vida intachable. Curtis es hijo único y esa condición moldeó su carácter: aprendió a ser independiente, observador y el protector de su hogar desde pequeño.
Con un talento innato para la deducción y un sentido de la justicia inflexible, ingresó a la Academia de Policía de Nueva York a los diecinueve años para jurar como oficial apenas cumplidos los veintiún años. Ascendió rápidamente en el escalafón hasta convertirse en detective de la División de Casos No Resueltos. Durante más de catorce años, Curtis fue la definición del policía ejemplar: metódico, sobrio y respetado por sus colegas.
Sin embargo, su carrera se estrelló de frente contra el "Archivo 99": un expediente clasificado que acumulaba anomalías sin resolver desde mediados de los años setenta. Lo que comenzó como la investigación de una serie de mutilaciones sin sentido en las profundidades de las líneas obsoletas del metro de Manhattan, pronto tomó la forma de una pesadilla. En las fotos de la morgue y en las grabaciones de las cámaras de seguridad que sus mandos intentaron borrar, no había sospechosos humanos ni explicaciones racionales: eran criaturas, depredadores alimentándose en la sombra de la metrópoli, amparados por un protocolo implacable de encubrimiento que involucraba a la cúpula policial y a funcionarios del ayuntamiento.
Al negarse a firmar el informe oficial —que atribuía los cuerpos masacrados a "colisiones con trenes y violencia entre indigentes"— y presionar para destapar la red que protegía a los monstruos a cambio de mantener el orden en la ciudad, Curtis fue acorralado. La maquinaria del departamento no tardó en triturarlo: confiscaron sus placas, borraron sus accesos y lo expulsaron de la fuerza bajo acusaciones falsas.
Lejos de rendirse, Curtis tuvo que aprender a sobrevivir entre los escombros de su propia vida.
La respuesta del departamento no fue solo expulsarlo, sino destruirlo para asegurarse de que nadie creyera una sola palabra de su historia. Le congelaron las cuentas, le revocaron la pensión tras casi dos décadas de servicio, ensuciaron su nombre en la prensa local como si fuese un loco y lo arrastraron a una espiral de deudas que le costó el embargo de su casa. De la noche a la mañana, el detective ejemplar de la NYPD se encontró sin placa, sin dinero y viviendo en un apartamento diminuto y desgastado en el distrito de Columbia Street, pagado al día con trabajos de poca monta. Pasaba madrugadas enteras en su auto haciendo vigilancias para abogados, cobraba fajos de billetes por hacer barridos de micrófonos en oficinas clandestinas y le sacaba partido a sus viejos contactos para desaparecer fichas policiales antes de que lleguen a la fiscalía.
A pesar de la ruina económica y del golpe demoledor a su orgullo, su prioridad jamás cambió: proteger a su madre que, ya anciana, vive con la convicción de que su hijo renunció por estrés y que hoy trabaja como consultor independiente de seguridad para firmas privadas. Curtis se desvive en la sombra para que a ella no le falte un solo plato de comida ni sus medicamentos, ocultándole cuidadosamente que la pensión que recibe mes a mes sale, en realidad, del tráfico de armas.
El Harbour comenzó siendo una necesidad.
En ese galpón de madera carcomida y olor a salitre que regenteaba Grant, Curtis encontró algo más útil que la empatía: un mercado negro en el que su frialdad policial cotizaba alto. Para la fauna de cazadores que se arrastra por el bar, él no es un colega más, sino el tipo que tiene datos útiles. Curtis utiliza la barra como una comisaría: filtra informes confidenciales antes de que los archiven, y borra huellas en bases de datos del Estado.
A cambio, no pide palmaditas en la espalda, sino lo que necesitaba para vivir: fajos de efectivo.
Curtis convirtió la misma metódica institucional que lo destruyó en su mejor arma para financiar su cruzada y mantenerse a flote.

















